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sobre Gavà
Municipio que combina playa
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A las ocho de la mañana, la bruma del mar cubre la desembocadura del Llobregat y los espárragos de Gavà brillan con el rocío en los huertos que aún sobreviven entre naves y carreteras. Desde el camino de ronda se oye el murmullo de las olas mezclado con el despertar de los chiringuitos: sillas arrastrando, cafeteras silbando, alguien cantando en catalán mientras levanta la persiana. Es el momento en que Gavà decide si quiere ser pueblo o ciudad. El aire huele a sal y a pan recién hecho, pero también a queroseno del aeropuerto, que queda muy cerca y recuerda que Barcelona está a un paso.
El filón verde que cambió el Neolítico
Las Minas Prehistòriques de Gavà aparecieron de forma casi accidental durante unas obras a mediados del siglo XX. Al remover la tierra salió a la luz la variscita, un mineral verde que en el Neolítico se utilizaba para fabricar cuentas de collar y pequeños amuletos. Bajo el suelo del actual municipio hay una red de galerías excavadas hace unos 6.000 años.
Hoy se pueden visitar en grupos pequeños. La bajada es por escaleras metálicas que se hunden en la roca húmeda, con casco y luz tenue. Dentro la temperatura cae de golpe incluso en verano y el olor es de tierra mojada y piedra cerrada. Los guías suelen explicar cómo trabajaban aquellos mineros prehistóricos, sacando fragmentos de variscita que después viajaban por rutas de intercambio por buena parte del Mediterráneo. Cuando sales otra vez al exterior, la luz del día siempre parece demasiado blanca.
De la serra al mar, pasando por un castillo que casi ha desaparecido
Subir al castell d’Eramprunyá ayuda a entender cómo se coloca Gavà entre la sierra del Garraf y el delta. El camino suele empezar en Bruguers, entre pinos y roca rojiza, y va ganando altura poco a poco durante varios kilómetros.
Arriba quedan restos de muros y cimientos, más sugerencia que castillo. Desde ese punto la vista se abre hacia el delta del Llobregat: Viladecans extendido en plano, el aeropuerto con los aviones entrando y saliendo cada pocos minutos, y más al fondo la línea del mar. Los domingos de primavera aparecen familias con bocadillos y algún ciclista que ha alargado la ruta. Conviene llevar agua: en el camino no suele haber fuentes y el sol cae directo incluso fuera del verano.
Cuando la playa aún huele a algas
Los cuatro kilómetros de arena de Gavà Mar empiezan donde termina el paseo marítimo. Aquí el paisaje cambia según la época del año. En invierno, con viento de levante, el mar levanta espuma y el paseo queda casi vacío; solo se oyen perros corriendo y las olas golpeando las dunas.
Entre octubre y marzo es cuando mejor se aprecia la franja de vegetación que protege la playa. En verano pasa más desapercibida entre toallas y sombrillas. A principios de junio todavía hay mañanas tranquilas para caminar largo rato por la orilla, con ese olor fuerte a algas que se secan al sol.
En algunos días de finales de verano, sobre todo después de temporales, pueden aparecer medusas en la arena o flotando cerca de la orilla. Conviene mirar bien antes de meterse al agua.
Abril, cuando el pueblo huele a espárrago
La Fira de l’Espàrrec marca el calendario local cada primavera. Durante unos días el centro se llena de puestos y de cestas con espárragos blancos y verdes recién cortados. Es un cultivo muy ligado al delta del Llobregat, donde la tierra arenosa y el agua cercana han permitido mantener huertos durante generaciones.
En las paradas suelen verse manojos largos, casi blancos en la base. En muchas casas se siguen preparando de la forma más simple: hervidos y con aceite de oliva y sal. Otros los sirven con romesco o acompañando platos de temporada.
Si prefieres verlos sin tanta gente, el mercado municipal suele tener producto local mientras dura la campaña. A primera hora de la mañana aún llegan con tierra pegada al tallo.
Cómo llegar y cuándo venir con calma
Gavà tiene estación de tren en la línea que conecta Barcelona con el sur del Baix Llobregat y el Garraf, así que llegar desde la capital es sencillo. En coche, la autopista de la costa y las rondas permiten entrar rápido, aunque a ciertas horas el tráfico del aeropuerto y de las playas complica el acceso.
En julio y agosto, sobre todo por la tarde, la carretera hacia Gavà Mar se llena y aparcar cerca de la arena puede llevar paciencia. Si buscas otra cara del lugar, prueba un día entre semana de primavera. Hay luz hasta tarde, los campos del delta están en movimiento y el aire trae a la vez olor de mar y de romero caliente.