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sobre Girona
Capital provincial con uno de los barrios judíos mejor conservados; famosa por sus casas sobre el río Onyar
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Las campanas de la catedral marcan el ritmo del Barri Vell desde hace siglos. Cuando repican con fuerza, el sonido baja por las escaleras de la catedral, cruza las calles estrechas y acaba llegando al Onyar. En la Girona medieval las campanas servían para avisar de incendios, reuniones del consejo o peligro en los caminos. Aún hoy siguen funcionando como una especie de reloj público para el casco antiguo.
La ciudad que se construyó sobre sí misma
El origen de Girona está en Gerunda, la fundación romana que vigilaba la Vía Augusta y el paso natural entre el interior y la costa. Ese primer núcleo ocupaba la actual Força Vella, una posición elevada entre los ríos Ter, Onyar, Güell y Galligants. La forma del casco antiguo todavía sigue esa lógica defensiva.
Tras la caída romana, los carolingios reforzaron las murallas en el siglo IX. Muchas de esas estructuras siguen formando parte del trazado actual. A partir del siglo XII la ciudad creció con más intensidad y el Call judío llegó a ser uno de los centros intelectuales hebreos más activos de la Corona de Aragón.
Las calles del Call responden a la trama medieval: estrechas, irregulares y con tramos cubiertos. No era un recurso pintoresco. Permitía protegerse del clima y controlar mejor el movimiento dentro del barrio. En algunas calles la distancia entre fachadas cambia según la altura, un detalle que se aprecia bien al levantar la vista hacia los pisos superiores.
La catedral que rompe todas las reglas
La Catedral de Santa Maria resume varias épocas en un mismo edificio. La cabecera es románica, el grueso del templo gótico y la fachada principal pertenece al periodo barroco.
El elemento que llama la atención es la nave única. Con casi 23 metros de ancho, suele citarse como la nave gótica más ancha construida de una sola pieza. La decisión de levantarla así se tomó a comienzos del siglo XV, cuando el cabildo optó por un espacio único en lugar de tres naves tradicionales. El resultado es una sala enorme, sostenida por pilares muy robustos.
En el interior se conserva el llamado Tapiz de la Creación, una pieza textil del siglo XI. No es grande solo por tamaño, también por rareza: representa escenas del Génesis junto a animales y figuras que proceden de la tradición de los bestiarios medievales. Girona estaba entonces conectada con rutas de peregrinación y comercio que llevaban imágenes y relatos de lugares lejanos.
El agua que dibuja la ciudad
Los ríos condicionan la forma de Girona. El Onyar atraviesa el centro histórico y el Ter marca el límite norte del casco antiguo.
Los puentes cuentan bien esa evolución. Algunos tienen origen medieval, aunque han sido reformados muchas veces. Otros pertenecen al siglo XIX, cuando la ciudad empezó a abrirse más allá de las murallas. El puente metálico sobre el Onyar, construido en esa época por ingenieros franceses, introdujo una estructura industrial que contrasta con las fachadas antiguas.
Las casas que dan al río forman hoy una de las imágenes más conocidas de Girona. Los colores actuales se fijaron en una intervención municipal de finales del siglo XX que intentó recuperar la gama cromática tradicional. No todas las tonalidades responden exactamente a las capas históricas, pero el conjunto mantiene la relación entre arquitectura y río que siempre ha definido este tramo de la ciudad.
Caminar sobre la historia
El Paseo Arqueológico bordea el lado norte del casco antiguo y permite seguir el trazado de las murallas. Algunos tramos conservan partes carolingias, aunque lo que se ve hoy es el resultado de muchas reconstrucciones. Durante siglos las murallas se reutilizaron como base de viviendas y almacenes.
Los llamados Baños Árabes datan del siglo XII. En realidad siguen el modelo de las termas romanas, aunque la decoración interior incorpora elementos que recuerdan al mundo islámico. Funcionaban como baños públicos en una ciudad donde el agua corriente no llegaba a las casas.
Más allá de su función higiénica, estos lugares servían para cerrar tratos y conversar. La Girona medieval vivía del comercio textil y del tránsito de mercancías entre el interior y la costa.
Recorrer Girona con algo de contexto
Una buena forma de empezar es la plaza del Vi, centro administrativo desde la Edad Media. El edificio del ayuntamiento ocupa el lugar donde estuvo el antiguo hospital de la ciudad. Bajo los soportales se instalaba durante siglos el mercado.
Desde allí la calle de la Força sube hacia el corazón del antiguo barrio judío. Conviene caminar despacio y mirar las fachadas: muchas rejas y portales pertenecen a reformas de los siglos XVI y XVII, cuando el barrio ya había cambiado de población tras la expulsión de los judíos.
Si se desciende luego hacia el Onyar por las calles que conectan con Ballesteries se llega a la línea de puentes. Desde allí se entiende bien cómo la catedral domina la colina.
La Devesa queda al otro lado del río. Es un parque amplio, plantado con largas alineaciones de plátanos que crean corredores de sombra. Los fines de semana suele haber movimiento tranquilo: paseo, mercados ocasionales y gente leyendo o charlando en los bancos.
Antes de salir del casco antiguo muchos pasan por la pequeña escultura de la leona en una calle cercana al río. La tradición popular dice que quien la besa acaba regresando a Girona. Más que una superstición, funciona como broma local que ya forma parte de la ciudad.