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sobre Fornells de la Selva
Municipio residencial al sur de Girona; conocido por su afición al modelismo ferroviario
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El olor a pan recién hecho te encuentra en la plaza a primera hora, cuando todavía se oye algún coche aislado cruzando la carretera y las persianas se levantan despacio. En Fornells de la Selva la mañana empieza así: con gente entrando y saliendo de la panadería, saludos cortos, bolsas de papel calientes en las manos. Girona está a pocos minutos, pero aquí el ritmo sigue siendo de pueblo. Se nota en esas conversaciones breves en la puerta, en cómo todo el mundo parece saber quién es quién.
El tiempo se mueve diferente
La estación de tren ayuda a entenderlo. No es grande ni especialmente llamativa, pero marca el pulso del lugar. Algunos viajeros bajan con la bicicleta y enfilan enseguida la vía verde del Carrilet, que pasa cerca del municipio y atraviesa esta parte del Gironès entre campos y arboledas. Otros esperan el tren mirando el móvil, con Girona a un salto y Barcelona un poco más allá.
La vía verde es una de las maneras más claras de leer el paisaje de Fornells. Sales pedaleando y, en pocos minutos, el pueblo queda atrás y empiezan los campos abiertos. En primavera el aire cambia cada pocos metros: primero tierra húmeda de cultivo, luego el olor verde de los márgenes y los árboles. El terreno es llano y fácil, algo que agradecen quienes van con niños o simplemente quieren rodar sin prisa.
Si levantas la vista desde el camino, la torre de la iglesia de Sant Cugat aparece por encima de los tejados. El edificio tiene origen antiguo y su silueta robusta —con muros gruesos y contrafuertes visibles— recuerda que estas iglesias rurales eran también refugio cuando el territorio era más incierto que ahora.
Cuando el barro hizo pueblo
El propio nombre de Fornells suele relacionarse con antiguos hornos vinculados al trabajo de la tierra y la cerámica. El valle del Onyar, con suelos arcillosos en algunos tramos, favoreció durante siglos ese tipo de oficios. Todavía hoy, cuando se remueve la tierra en huertos o campos cercanos al río, no es raro que aparezcan fragmentos de teja o cerámica antigua.
El Onyar pasa discreto por aquí, mucho más tranquilo que cuando cruza Girona. Aun así, los vecinos mayores recuerdan crecidas importantes en el siglo pasado. En algunas casas antiguas todavía se conservan marcas o historias familiares que hablan de aquellas riadas.
Hay también pequeños detalles que se cuentan de generación en generación. En una masía del término municipal, por ejemplo, existe un pequeño monumento dedicado a un perro llamado Tet. Es una construcción modesta, casi como una capillita de jardín. Nadie se pone demasiado solemne al explicarlo: simplemente forma parte de esas historias locales que sobreviven porque alguien las sigue señalando cuando pasa.
La feria que aparece cuando toca
Durante la primavera suele celebrarse una feria vinculada a la artesanía y a objetos antiguos relacionados con el trabajo y el campo. No siempre tiene el mismo tamaño ni exactamente el mismo formato cada año, pero mantiene ese aire de encuentro vecinal más que de evento pensado hacia fuera.
Aparecen herramientas viejas, piezas de maquinaria, bicicletas, radios, cosas que alguien guardaba en un cobertizo y decide sacar ese día. Las mesas se alargan con comida compartida y las conversaciones duran más que la propia feria.
La primavera es también uno de los momentos más agradables para acercarse a Fornells. Los almendros y otros frutales florecen en los márgenes de las carreteras secundarias y el campo todavía conserva el verde intenso de las lluvias. En verano el ambiente cambia: llegan las fiestas del pueblo, suenan sardanas en la plaza y las noches se alargan más de lo habitual.
Algunas cosas prácticas antes de venir
Fornells de la Selva no funciona como un destino turístico organizado. No hay un circuito marcado de visitas ni un centro de interpretación esperando al visitante. Aquí lo más normal es caminar un poco por el casco antiguo, acercarse a la iglesia y luego salir hacia los caminos agrícolas o la vía verde.
Si vienes en coche, lo más sencillo suele ser dejarlo en las zonas amplias cerca de los equipamientos deportivos o en calles más abiertas y continuar a pie. El centro tiene tramos estrechos y poco espacio para maniobrar.
Los fines de semana, sobre todo cuando hace buen tiempo, es habitual ver muchos ciclistas atravesando el municipio o haciendo parada breve antes de seguir ruta hacia Girona o hacia el Baix Empordà. Entre semana el ambiente vuelve a ser más tranquilo: se oyen las campanas, algún tractor en la distancia y el tren pasando a intervalos regulares, recordando que la ciudad está cerca aunque aquí la mañana siga oliendo a pan.