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sobre Llagostera
Municipio estratégico entre Girona y la Costa Brava; casco antiguo amurallado y ruta del carrilet
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Llagostera es como ese primo que acaba jugando en el fútbol profesional viniendo de un pueblo de unos 9.000 habitantes: al principio te sorprende que esté ahí, pero cuando miras un poco entiendes que algo tenía. Turismo en Llagostera funciona un poco igual. No es Girona ni un pueblo de la Costa Brava, pero cuando paras un rato ves que aquí pasan cosas.
El pueblo que olía a corcho
Llegas por la C‑65 y enseguida te das cuenta de que esto no es un pueblo de playa ni uno de montaña al uso. Durante décadas aquí el aire olía a corcho tostado. Llagostera fue uno de los centros de la industria corchera de la zona, con talleres que fabricaban tapones para media Cataluña.
Hoy esa actividad ya no marca el ritmo del pueblo como antes, aunque todavía queda alguna empresa del sector. Si quieres entender de qué iba todo aquello, el museo local instalado en una antigua casa señorial lo explica bastante bien: herramientas, maquinaria y maquetas que ayudan a imaginar cómo era trabajar el corcho cuando esto sonaba a serrín y martillos.
El casco viejo se recorre rápido. Es de esos lugares donde en veinte minutos te haces una idea general, pero si vas sin prisa empiezas a fijarte en detalles: restos de muralla aquí y allá, un portal que recuerda que esto estuvo fortificado y casas que se apoyan unas en otras como si llevaran siglos haciéndolo.
El castillo medieval desapareció hace tiempo; en su lugar queda el edificio del ayuntamiento, levantado sobre el mismo punto alto. Y la iglesia de Sant Feliu sigue marcando el perfil del núcleo antiguo. Hay días en que se puede subir al campanario en visitas organizadas durante fiestas o ferias del pueblo; desde arriba el paisaje se abre hacia Les Gavarres y la llanura.
Donde la bici es religión
Llagostera es una de las paradas de la Vía Verde del Carrilet, la ruta que sigue el antiguo tren entre Girona y Sant Feliu de Guíxols. Son algo más de cincuenta kilómetros muy usados por ciclistas y gente que camina.
Los domingos por la mañana el pueblo se llena de maillots y bicis apoyadas en cualquier bar o banco. Verás grupos que paran a desayunar con esa mezcla de cara de sueño y barro en las piernas que solo trae una ruta larga.
Además, el municipio está pegado a Les Gavarres, y ahí entra en juego una red bastante amplia de rutas BTT. Algunas son pistas suaves que puedes hacer sin pensar demasiado; otras empiezan tranquilas y acaban con cuestas que te hacen replantearte por qué saliste de casa con la bici. Si no conoces la zona, mejor empezar por los recorridos más fáciles y ya verás hasta dónde llegas.
Cuando el bolet manda
La primera vez que llegué fue un 12 de octubre y el pueblo estaba lleno de gente con cestas de mimbre y navajas pequeñas. Los boletaires habían tomado la plaza.
La Fira del Bolet es uno de esos fines de semana en que Llagostera cambia de ritmo. Paradas, degustaciones, gente enseñando orgullosa lo que ha encontrado por el monte… Si te gustan las setas, el ambiente tiene algo contagioso.
A lo largo del año también suelen organizarse jornadas gastronómicas vinculadas a productos o momentos del calendario agrícola. Funcionan de manera sencilla: durante unos días se preparan menús o platos relacionados con ese tema, y el pueblo gira un poco alrededor de ello. La de las setas es la más conocida, pero hay otras que miran a tradiciones del campo y a recetas bastante antiguas de la zona.
El equipo que desafió a la lógica
Durante años el nombre de Llagostera sonó en toda España por el fútbol. El club local llegó a jugar en categorías profesionales, algo que en un municipio de este tamaño suena casi a broma entre amigos.
El campo municipal es pequeño, muy de pueblo, con la sensación de que todo está cerca: el banquillo, la grada, el bar del campo, la gente comentando la jugada. Aunque ahora el equipo compite en categorías más modestas, sigue siendo parte de la identidad local. Si coincide partido cuando pasas por aquí, merece la pena asomarse un rato.
Lo que no te cuentan los folletos
- En julio suele celebrarse un mercado ambientado en época romana. Ver el casco antiguo lleno de túnicas tiene su punto curioso.
- En la plaza mayor hay un menhir procedente de la zona de Montagut que se trasladó al centro del pueblo en los años ochenta. No todos los días te encuentras una piedra prehistórica en mitad de una plaza.
- En los alrededores hay varias fuentes y caminos muy usados por la gente del pueblo para pasear o salir a correr. Si te alejas cinco minutos del centro ya estás entre campos.
¿Tiene sentido venir a Llagostera? Depende de lo que busques. Si quieres un decorado medieval perfecto, en la provincia hay pueblos más fotogénicos. Pero si te interesa ver un lugar que mezcla industria antigua, monte cercano y vida bastante normal, aquí se entiende bien cómo funciona el interior del Gironès.
Yo lo haría así: paseo por el casco viejo, algo de bici o caminata por la vía verde, y luego seguir camino hacia la costa o hacia Girona. En pocas horas te haces una buena idea del sitio. Y, como suele pasar con estos pueblos, lo interesante no es tanto lo que ves como la sensación de cómo se vive aquí.