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sobre Sant Gregori
Puerta de entrada al Valle del Llémena; residencial y con mucha naturaleza cerca de Girona
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Sabes cuando vas a casa de un amigo y te dice: “vivo en un pueblo cerca de Girona”, y te imaginas un sitio con dos casas y un gato. Pues Sant Gregori es ese pueblo… pero con truco. El municipio ronda los 4.000 habitantes repartidos en varios núcleos que, en la práctica, funcionan como pueblos distintos. Hay un castillo que a veces se usa para celebraciones y, cuando el viento sopla desde cierta dirección, llega el olor de una fábrica de embutidos cercana que abre el apetito aunque acabes de desayunar.
Todo esto está a un paso de Girona, en la vall de Llémena, así que mucha gente llega pensando que será una excursión rápida. Y sí, lo es… pero tiene más capas de lo que parece desde el coche.
Un municipio repartido en pequeños pueblos
Una cosa curiosa de Sant Gregori es que no se entiende como un único pueblo compacto. El municipio está formado por varios núcleos —Sant Gregori, Cartellà, Constantins, Ginestar, Sant Medir y algunos más— repartidos por el valle. Vas enlazando uno con otro por carreteras cortas, campos y rieras, y da la sensación de ir saltando de pueblo en pueblo.
Durante los años setenta parte del territorio que históricamente estaba vinculado a la zona acabó integrándose en Girona, así que el mapa cambió bastante. Aun así, el municipio siguió funcionando con esta estructura dispersa que hoy sigue marcando la vida local.
Cada núcleo mantiene sus propias fiestas mayores y tradiciones. En verano suele haber bastante movimiento porque prácticamente cada pueblo celebra la suya en fechas distintas. Si te gusta curiosear verbenas de pueblo, con música en la plaza y vecinos que se conocen por el nombre, aquí siempre hay alguna en el calendario.
Castillos, casas fuertes y una ermita con otra vida
El edificio que más llama la atención es el Castell de Sant Gregori. Su origen se remonta a la Edad Media y con el tiempo ha pasado por varias reformas. Hoy es una propiedad privada y en ocasiones se utiliza para celebraciones, así que lo normal es verlo solo desde fuera. Aun así, impone bastante: piedra gruesa, volumen serio y esa sensación de que lleva siglos mirando el mismo valle.
En el término también aparece el llamado Castell de Tudela, que en realidad funciona más como casa fortificada histórica que como castillo de cuento. Es uno de esos edificios que recuerdan que este territorio fue zona de paso y de control del valle.
Y luego está la capilla de Sant Bartomeu de Segalars. Nació como ermita románica —suele mencionarse el siglo XII— pero hoy tiene un uso mucho más práctico: sirve como almacén agrícola. Puede sonar raro si vienes con la idea romántica del románico catalán, pero también explica bastante bien cómo se han reutilizado muchos edificios rurales cuando cambian los tiempos.
Bici por la vall de Llémena
Sant Gregori se ha hecho bastante conocido entre ciclistas de montaña. Desde aquí salen varias rutas señalizadas que recorren la riera de Llémena, caminos agrícolas y pistas que se meten hacia las colinas de alrededor.
No hace falta ser un experto. Hay recorridos largos y otros más cortos, y muchos se pueden adaptar sobre la marcha. Eso sí: el valle parece suave desde lejos, pero cuando empiezas a pedalear aparecen las cuestas. De esas que te hacen pasar de “voy tranquilo” a “vale, bajo y empujo la bici un momento”.
Pan, chocolate y otras excusas para acercarse
En otoño suele celebrarse una feria dedicada al pan y al chocolate que reúne a bastante gente de la zona. Es una de esas ferias pequeñas donde hay puestos, demostraciones y familias paseando sin prisa. No es gigantesca ni pretende serlo, pero tiene ambiente de pueblo vivo.
La gastronomía local también tira mucho de productos sencillos: embutidos, pan, cocas saladas como la coca de recapte… platos que encajan con el paisaje agrícola del valle. Y sí, cerca del municipio hay una conocida fábrica de embutidos. Cuando el aire viene del sur, el olor llega hasta el pueblo y convierte el paseo en algo parecido a caminar dentro de una charcutería gigante.
El consejo de un amigo
Sant Gregori funciona mejor como escapada corta desde Girona que como destino para pasar varios días. Es ese tipo de sitio al que vienes una mañana: das una vuelta por el núcleo principal, miras el castillo desde fuera, recorres algún tramo en bici o a pie por la vall de Llémena y acabas sentado en una plaza viendo pasar la vida del pueblo.
En pocas horas te haces una idea bastante clara del lugar.
No es el pueblo más espectacular de Cataluña ni pretende serlo. Pero tiene algo que engancha: varios pueblos en uno, un valle muy cerca de la ciudad y esa mezcla rara entre vida rural y proximidad a Girona que hace que todo resulte bastante fácil. Como cuando quedas con un amigo que vive a las afueras y acabas alargando la visita más de lo que pensabas.