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sobre Sant Martí de Llémena
Municipio disperso en el valle volcánico del Llémena; naturaleza y tranquilidad
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El agua del río Llémena suena más que los coches a las siete de la mañana. El valle todavía está en sombra, el aire huele a tierra húmeda y a hierba cortada si es primavera. Así empiezan muchas mañanas en Sant Martí de Llémena, un municipio del Gironès donde el ritmo lo marca el curso del agua.
Queda a unos quince kilómetros de Girona. En coche se llega rápido, pero la carretera se estrecha al entrar en el valle. Aparecen huertos, muros de piedra seca, alguna masía con las persianas bajadas. No es un lugar para ir con prisa.
Un valle marcado por el agua
El pueblo se extiende a lo largo del río que le da nombre. El terreno lo ha ido modelando el agua: praderas junto al cauce, campos de cultivo en las laderas suaves y, cerrando el horizonte, manchas de bosque.
Las casas aparecen dispersas, algunas formando núcleos pequeños, otras solas junto a un camino. Muchas siguen habitadas. En los márgenes se ven huertas, gallineros, cobertizos con herramientas. No es una postal detenida, pero tampoco un sitio que haya cambiado de golpe.
Caminar por los senderos de tierra ayuda a entender la escala. Todo queda cerca, pero nunca parece apretado.
La iglesia y el núcleo
La iglesia de Sant Martí es el punto más reconocible. El edificio mezcla épocas distintas; hay partes que suelen atribuirse al románico y otras añadidas después.
Alrededor se agrupan algunas casas, una plaza pequeña y calles donde apenas pasa un coche. A media tarde, cuando la luz es baja, la piedra de las fachadas toma un tono dorado pálido. Es uno de esos momentos en que solo se oye el viento en los árboles.
El sonido del río
Uno de los paseos más sencillos es seguir los caminos que se acercan al agua. No siempre se ve el río desde el sendero, pero se escucha. En algunos tramos la corriente pasa entre rocas graníticas y forma pozas donde el agua se mantiene fría incluso en verano.
Después de lluvias fuertes el sonido cambia. El agua golpea las piedras con más fuerza y el valle entero parece respirar más hondo.
Conviene llevar calzado con suela firme. Algunos tramos son pedregosos y si el suelo está mojado, resbalan.
Senderos hacia el bosque
Desde el núcleo salen varios caminos que suben hacia las laderas. Entre encinas y robles aparecen claros desde donde se ve todo el fondo del valle.
En zonas como Les Avellanedes, el suelo en otoño queda cubierto de hojas secas que crujen bajo los pies. El olor cambia también: madera, tierra y la humedad que se queda en el aire cuando el sol empieza a caer.
No son rutas técnicas, pero algunas pendientes son constantes. En verano conviene evitarlas entre las doce y las cuatro. El calor se acumula entre las lomas.
Carreteras secundarias
Quien venga con bicicleta suele usar las carreteras que conectan los pueblos del valle. El tráfico es escaso y el terreno sube y baja sin grandes puertos.
En primavera y otoño, la luz de primera hora a veces encuentra el valle cubierto por una neblina baja que tarda en levantarse. Si llegas temprano, el paisaje tiene un tono gris azulado y apenas se oye nada más que el río.
Los fines de semana de verano hay más movimiento. Si buscas calma, lo mejor suele ser venir entre semana o llegar con el día. Aquí todo cambia según la hora.