Artículo completo
sobre Sarrià de Ter
Municipio industrial pegado a Girona por el norte; tradición papelera
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las siete de la tarde, sobre el puente que cruza el Ter en Sarrià de Ter, el aire huele a agua corriente y a pan recién hecho que se escapa de alguna casa cercana. El río baja espeso y verdoso, arrastrando ramas que vienen de más arriba, de la montaña. A esa hora empiezan a pasar los ciclistas que regresan de Girona por el carril bici que sigue la ribera. Van sin prisa. En el descampado junto a la antigua fábrica de hilaturas, un grupo de chavales juega a fútbol mientras cae la luz.
El turismo en Sarrià de Ter no funciona como en otros pueblos de la provincia. Aquí casi todo ocurre a escala cotidiana: gente que vive, trabaja en Girona y vuelve en bici, vecinos que pasean junto al río al caer la tarde, huertos que todavía resisten entre la carretera y el agua.
La luz que atraviesa las paredes
El edificio de las antiguas escuelas, obra de Rafael Masó, se levanta en la calle Mayor con una mezcla muy reconocible de ladrillo visto, hierro pintado y geometría sencilla. Los ventanales altos dejan pasar una luz limpia que por la mañana cae en ángulo sobre el suelo de madera. No es un edificio monumental. Hay que mirarlo con un poco de calma para ver cómo encajan las piezas.
Si pasas temprano, cuando el sol todavía está bajo, las sombras de los marcos dibujan triángulos sobre la fachada. No suele haber carteles ni explicaciones delante; el edificio forma parte del tejido del pueblo, sin más ceremonia.
A poca distancia está El Coro, también vinculado a Masó. Se reconoce por la torre y por el aire de equipamiento vecinal de otra época. El modernismo aquí no tiene nada que ver con el de Barcelona: es más contenido, más práctico. El espacio interior se utiliza a veces para actividades culturales o reuniones del pueblo, aunque el edificio pasa muchos días en silencio.
El río que lo explica todo
El Ter marca el ritmo del lugar. Basta caminar por cualquiera de los senderos que siguen la ribera —no todos están señalizados— para entender cómo se organiza Sarrià alrededor del agua.
Hay tramos con sauces inclinados sobre el río, otros con cañaverales donde se esconden patos y gallinetas. A veces aparece una bicicleta apoyada en la barandilla, o alguien pescando en silencio. El carril bici conecta fácilmente con Girona, así que es habitual ver a gente que lo usa para ir y venir del trabajo.
En invierno el río huele a tierra húmeda y a hojas deshechas. En verano cambia: llega el olor seco de la grava caliente y el murmullo constante de las ruedas de bici sobre el asfalto del paseo.
Sarrià queda un poco en medio de todo: Girona a pocos minutos, la autopista cerca, y el campo todavía pegado a la ribera. Muchos cicloturistas pasan de largo camino de rutas más largas. Los vecinos, en cambio, usan este tramo como quien usa una plaza.
El sabor de lo cotidiano
De vez en cuando se instala un pequeño mercado semanal bajo una marquesina. Son pocas paradas: verduras de huerta, algo de fruta, embutidos de la zona. Se oye más catalán que otra cosa y la mayoría de la gente ya se conoce.
En las casas se cocina lo que toca por temporada: escudella cuando aprieta el frío, bacalao los días señalados, verduras salteadas que vienen de los huertos cercanos a la vega del Ter. Si paseas por algunas calles a última hora de la tarde, el olor a ajo sofriéndose en aceite sale por las ventanas abiertas.
No es gastronomía pensada para visitantes. Es simplemente lo que se ha comido aquí siempre.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Sarrià de Ter no tiene una temporada clara. En verano hay más movimiento porque mucha gente se mueve en bici por el carril del Ter, y los paseos al atardecer se llenan un poco más. En otoño el río suele bajar con más agua y el paisaje cambia de color.
Entre semana, a primera hora de la mañana, el tráfico hacia Girona puede cargar bastante las carreteras de acceso. Si vienes a caminar junto al río, es mejor hacerlo fuera de ese momento.
La iglesia de Sant Julià queda en el centro del pueblo, con su campanario visible desde varias calles. A veces está abierta, otras no. Cuando la encuentras cerrada, los escalones de la entrada sirven igual para sentarse un rato y escuchar las campanas y el ruido lejano del tráfico que va hacia la ciudad.