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sobre Gisclareny
El municipio más pequeño de Cataluña situado en un entorno de alta montaña espectacular
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Recuerdo la primera vez que subí a Gisclareny. Venía de un pueblo del Berguedà bastante más movido. Aparqué, cerré la puerta del coche y lo primero que pensé fue: aquí no pasa casi nada. Y lo curioso es que, al cabo de diez minutos, eso empezó a parecerme buena noticia.
La subida ya avisa de lo que vas a encontrar. Carretera estrecha, bosque espeso y curvas que te obligan a ir sin prisa. Cuando llegas arriba no hay grandes plazas ni calles animadas. Hay silencio, algunas casas de piedra y las montañas ocupando todo el horizonte.
Cómo es Gisclareny
Gisclareny es diminuto. Apenas una treintena de vecinos repartidos por masías y pequeños núcleos. No es el típico pueblo compacto donde todo gira alrededor de una plaza grande. Aquí las casas aparecen dispersas, como si cada una hubiera elegido su propio balcón natural sobre el valle.
Las construcciones mantienen ese aire de montaña del Berguedà: piedra oscura, tejados inclinados y balcones que miran al bosque. Das una vuelta caminando y en poco rato has visto el centro.
La iglesia de Sant Martí queda en uno de los puntos principales del núcleo. Es románica, de origen medieval, aunque con cambios de distintas épocas. Nada ostentoso. Muros gruesos, líneas simples y ese aspecto sobrio que tienen muchas iglesias de montaña.
Mirar al Pedraforca desde aquí
Uno de los motivos por los que mucha gente sube hasta Gisclareny es el Pedraforca. Esa montaña con forma de horquilla que sale en medio catálogo de excursiones de Catalunya.
Desde aquí se ve muy bien. No lo tienes encima como en otros pueblos del Berguedà. Más bien aparece al fondo, limpio, recortado. Como si alguien lo hubiera colocado ahí para que lo mires un rato.
Cerca del núcleo salen pistas y caminos desde los que la vista se abre todavía más. Algunos tramos pasan por antiguos caminos de carro. A ratos aparecen fuentes, claros en el bosque o restos de antiguas carboneras.
Caminar por los alrededores
El verdadero plan en Gisclareny es caminar. Sin más.
Los bosques mezclan pino negro, haya y abeto. En otoño el suelo se llena de hojas y el paisaje cambia mucho de color. En verano se camina a la sombra casi todo el tiempo, algo que se agradece cuando aprieta el calor en el fondo del valle.
Hay senderos que suben a prados altos y pequeños collados desde donde se ve el valle del Bastareny. Otros conectan antiguas masías que siguen repartidas por la montaña. Conviene llevar mapa o track. Con niebla, orientarse aquí no siempre es tan fácil como parece.
Cuando llega la nieve
En invierno el lugar cambia bastante. Si cae una buena nevada, los caminos del bosque quedan cubiertos y el paisaje se vuelve mucho más silencioso.
Algunos días se ven huellas de animales cruzando los senderos. Corzos, jabalíes o rapaces planeando por encima del valle. Caminar con raquetas por estas laderas puede ser buena idea, pero solo si el tiempo acompaña y se va bien equipado. La montaña aquí no es enorme, pero tampoco conviene tomársela a la ligera.
Un pueblo muy pequeño
Gisclareny funciona a otra escala. Las celebraciones del calendario suelen ser sencillas y muy locales. Cosas que se organizan más para los vecinos que para atraer gente de fuera.
Y quizá ahí está la gracia. No es un sitio donde pasar todo el día saltando de un plan a otro. Más bien es ese tipo de lugar al que subes, caminas un par de horas, te quedas mirando el Pedraforca un rato y bajas de nuevo al valle con la sensación de haber estado un poco al margen del ruido.