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sobre Horta de Sant Joan
Pueblo medieval que inspiró a Picasso con un entorno natural espectacular junto a Els Ports
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A primera hora la piedra aún guarda el fresco de la noche. En Horta de Sant Joan las calles del casco antiguo están casi vacías y se oye más el roce de una persiana que el paso de la gente. El pueblo se encarama a una loma suave de la Terra Alta, a unos 542 metros de altitud. Aquí viven algo más de mil personas y el ritmo se nota: lento, de pasos cortos y conversaciones en la puerta de casa.
Alrededor se abre un paisaje seco y luminoso. Olivos de hojas plateadas, bancales de almendros y, más allá, las paredes abruptas de los Ports. La relación con ese entorno es constante. Basta salir unos minutos del casco urbano para oler el tomillo calentado por el sol o escuchar el viento moviendo las encinas.
El casco antiguo y la plaza porticada
Las calles suben y bajan sin mucho orden. Hay escaleras estrechas, portales de piedra gastada y balcones con barandillas de hierro que crujen cuando sopla el aire. En algunos muros la cal se ha ido desprendiendo y deja ver capas antiguas de yeso y piedra.
La plaza mayor aparece de pronto entre las callejuelas. El edificio renacentista del ayuntamiento ocupa uno de los lados con sus soportales de piedra. A media tarde la plaza se queda en sombra y el sonido de las voces rebota entre las arcadas.
Conviene recorrer esta parte del pueblo sin prisa y, si es posible, fuera de las horas centrales del verano. El calor aquí se queda atrapado entre las paredes.
Picasso y sus estancias en el pueblo
El nombre de Horta de Sant Joan suele aparecer ligado a Picasso. El pintor pasó temporadas aquí a finales del siglo XIX y principios del XX. El paisaje y las formas del pueblo le dejaron huella, algo que luego se reconoce en algunas obras de aquellos años.
El Centre Picasso ayuda a entender ese vínculo. No es un museo grande. Reúne reproducciones, fotografías y documentos que sitúan aquellas estancias del artista. Desde el propio centro salen recorridos señalizados que pasan por lugares relacionados con ese periodo.
El convento de Sant Salvador y la vista del valle
En la parte alta, algo separado del casco urbano, está el convento de Sant Salvador. El edificio se levantó en el siglo XVI y se ve desde muchos puntos del pueblo.
La subida es corta pero empinada. Desde la explanada se abre el paisaje: campos de olivos, barrancos secos y, al fondo, las montañas irregulares de los Ports. Al atardecer la luz cae lateral y las paredes de roca toman un tono rojizo.
Els Estrets y el río Canaletes
A pocos kilómetros aparece uno de los parajes más conocidos de la zona: Els Estrets. El río Canaletes se abre paso entre paredes de roca que se estrechan poco a poco hasta formar un paso angosto.
El agua suele ser clara y fría. En verano mucha gente se acerca a las pozas para refrescarse, aunque en temporada alta a veces se limita el acceso en coche hasta cierto punto. Conviene informarse antes y contar con un pequeño paseo a pie.
Las rocas, pulidas por el agua, pueden resbalar. Mejor llevar calzado que agarre bien.
Caminar por los Ports
Desde Horta salen senderos que entran directamente en el macizo dels Ports. Algunos atraviesan pinares abiertos; otros siguen antiguos caminos de piedra entre bancales abandonados.
El desnivel aparece sin avisar. Hay tramos que suben con fuerza y luego se suavizan en pequeñas mesetas donde el silencio es casi total. En días claros se alcanzan a ver largas franjas de olivares que cubren la Terra Alta.
Si se camina en verano, mejor empezar temprano. A partir del mediodía el sol cae fuerte y hay poca sombra.
Lo que se come en las casas de la Terra Alta
La cocina local gira alrededor de lo que da el campo. El aceite de oliva de la comarca tiene denominación de origen y aparece en casi todo. También son comunes las almendras, la miel oscura y los embutidos curados.
En muchas casas se siguen preparando guisos largos, de fuego lento, con carne y verduras. Platos contundentes que encajan bien con el clima seco del interior.
Horta de Sant Joan se entiende mejor caminando sin prisa. A primera hora o al caer la tarde, cuando el ruido baja y el pueblo vuelve a quedarse en silencio. Entonces la piedra recupera su color y el aire trae olor de leña o de tierra caliente desde los campos cercanos.