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sobre Hostalric
Villa amurallada dominada por una gran fortaleza militar; conjunto monumental medieval
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Hostalric conserva la cicatriz de muchas guerras. En la pared de una casa de la calle Mayor aún se lee “Capità” pintado con cal hace más de dos siglos: señalaba el alojamiento de un oficial destinado en el castillo. La carta de población que Guerau VI de Cabrera otorgó en 1243 hablaba de tierras y fueros, pero no mencionaba que este promontorio volcánico —basalto formado hace millones de años— acabaría siendo uno de los puntos estratégicos del viejo Principado.
La piedra que ordenó el territorio
Desde el siglo XIV aparecen referencias documentales a la muralla, y con ella Hostalric pasó a ser una de las llaves de la Selva. El recinto —algo más de medio kilómetro— no era un gesto monumental, sino una infraestructura militar que controlaba el paso natural entre Barcelona y Francia siguiendo la franja litoral. Diez torres defendían el conjunto; varias de ellas todavía se pueden recorrer.
El castillo, asentado sobre el antiguo cono volcánico, explica también la forma del pueblo: calles que descienden buscando el llano y casas apoyadas directamente sobre la roca. A finales del siglo XVII la fortaleza sufrió graves daños durante los conflictos con Francia. La reconstrucción posterior, ya en el contexto de la monarquía borbónica, adaptó el recinto a la ingeniería militar moderna. Los planos del ingeniero Jorge Próspero de Verboom transformaron la vieja fortaleza medieval en una plaza fuerte con polvorines, revellines y galerías protegidas, pensadas para resistir artillería pesada. Durante la Guerra de la Independencia el castillo volvió a ser sitiado; las fuentes hablan de un bombardeo intenso que dejó buena parte del caserío destruido.
El poder de los Cabrera
La llamada ruta de los Cabrera —un paseo de alrededor de dos kilómetros— ayuda a entender el papel político del lugar. El linaje, originario de la zona de Osona, acabó controlando buena parte del noreste catalán durante la Baja Edad Media.
El recorrido une espacios que tuvieron función administrativa dentro del vizcondado: la plaza donde se situaba el palacio vizcondal, la iglesia de Santa María y los edificios donde se ejercía la jurisdicción local. Los Cabrera administraban justicia civil y criminal y controlaban un territorio amplio que incluía buena parte de la actual comarca de la Selva y áreas del entorno del Montseny.
En el castillo hay un pequeño espacio interpretativo instalado en antiguos cuarteles. Allí se explica la organización del vizcondado con mapas y algunas piezas originales —sellos, llaves, documentos— que ayudan a situar la importancia política que llegó a tener Hostalric dentro de esa red feudal.
El gusto de lo que quedó
Una casa histórica del casco antiguo alberga hoy un centro dedicado al Sent Soví, el recetario medieval catalán del siglo XIV. No se limita a mostrar manuscritos: también se investiga y se difunden técnicas culinarias documentadas en ese libro, cuando especias como la canela o el azúcar tenían un valor muy distinto al actual.
En las pastelerías locales todavía se ven elaboraciones tradicionales como la coca de llardons, hecha con masa fina, trozos de tocino y piñones. Son recetas sencillas que han sobrevivido más por costumbre que por reivindicación histórica.
También sigue presente la ratafía, el licor de hierbas típico del entorno del Montseny. Suele elaborarse con una mezcla de plantas y nueces verdes maceradas en aguardiente durante semanas. La combinación exacta cambia de casa en casa. En las celebraciones populares —sobre todo las que se organizan en torno a Pascua o durante la fiesta mayor de agosto— es habitual que aparezcan botellas preparadas en familia.
Caminar la muralla
El paseo por la muralla —algo más de un kilómetro— permite entender de un vistazo por qué Hostalric se construyó aquí. Desde algunas torres se abre la vista sobre la llanura de la Selva en dirección al mar. El promontorio volcánico domina el corredor natural por el que históricamente circulaban mercancías y ejércitos entre la costa y el interior.
El camino que rodea el castillo sigue el antiguo perímetro defensivo. Todavía se distinguen parapetos y posiciones desde las que se vigilaba el paso por el valle. A los pies del cerro discurre hoy la carretera que en buena medida reproduce un eje de comunicación muy antiguo.
Abajo corre el río Tordera, que marca la transición entre la Selva y el Maresme. En épocas secas el cauce se podía cruzar con relativa facilidad; en tiempos de guerra era una frontera más.
Hostalric se recorre en pocas horas, pero su forma actual es el resultado de varios siglos de función militar y administrativa. Las inscripciones que aparecen en algunas fachadas de la calle Mayor —“Capità”, “Coronel”— recuerdan que aquí dormían los oficiales encargados de vigilar ese paso estratégico. Hoy la muralla sigue en pie, aunque ya no custodia ninguna frontera. Y quizá por eso se entiende mejor que nunca.