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sobre La Pobla de Claramunt
Famosa por el Castillo de Claramunt uno de los mejores de Cataluña
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Hay castillos que parecen sacados de un anuncio de turismo medieval: perfectos, pulidos, con banderitas en las almenas. El de Claramunt no. Es más como ese primo que viene a las comidas de Navidad: tiene historia que contar, pero se le nota que ha vivido. Y visto lo visto —desde alrededor del año 990 está ahí plantado—, ha pasado por unas cuantas.
Cuando alguien habla de turismo en La Pobla de Claramunt, en realidad casi siempre está pensando en ese castillo que se ve desde la carretera. Y tiene lógica: domina todo el valle.
La primera vez que subí fue en plena resaca de un domingo de invierno. Vale, no fue mi mejor idea, pero sirve como referencia: si yo subí, cualquiera sube. Son unos 30 minutos desde el pueblo por un sendero que empieza con escalones de piedra y termina con ese momento en que piensas: “¿esto sigue siendo el camino o me he colado en el patio de alguien?”.
A mitad de subida ya se ve la Anoia convertida en un hilo de agua y el pueblo abajo, como si alguien hubiera tirado casas de juguete desde lo alto. Ahí es cuando te paras un segundo y piensas: oye, pues la caminata tenía sentido.
El castillo que no vende humo
Lo mejor del Castell de Claramunt es que no intenta aparentar lo que no es. Las ruinas son ruinas de verdad, no esa versión demasiado pulida que parece recién estrenada. Falta tejado en muchos sitios, hay vegetación creciendo donde antes habría salas y, en algunos muros, se notan heridas de conflictos que pasaron por aquí siglos atrás.
Aun así, hay detalles que te hacen detenerte. Un tramo de muralla con opus spicatum (las piedras colocadas en forma de espiga), los dos ábsides románicos de la iglesia del castillo que todavía siguen en pie y unas vistas que, cuando el día está claro, llegan hasta Montserrat.
La entrada suele gestionarse de forma bastante sencilla; a veces hay una pequeña caja para dejar una aportación. Dentro hay paneles que explican qué era cada espacio sin ponerse grandilocuentes.
Eso sí: arriba no hay bar ni fuente. Si subes en julio, lleva agua. Mucha.
El pueblo que se mudó de sitio por una riada
Cuando bajas del castillo entiendes otra cosa curiosa: La Pobla actual no está exactamente donde nació el pueblo.
En el siglo XIV una riada fuerte del río Anoia arrasó buena parte del núcleo antiguo. A partir de ahí se reorganizó el asentamiento un poco más arriba y más protegido. El resultado es el casco que se ve hoy, en el fondo de la hoya, cerca de la carretera entre Igualada y Vilanova del Camí.
Si paseas sin prisa (tampoco hay demasiada complicación: el centro se recorre rápido), aparecen calles estrechas, fachadas de piedra y alguna casa antigua con escudos ligados a los antiguos señores del lugar.
Por el camino salen la rectoría, la casa consistorial y la iglesia parroquial de Santa Maria. La portada tiene origen románico, aunque luego la tocaron en épocas posteriores. Dentro suele llamar la atención un retablo gótico que consiguió sobrevivir a guerras y cambios varios.
Calçots, cava y olor a brasa
Aquí no hay puerto ni marisco. Lo que manda alrededor son viñedos. La Pobla queda en esa franja donde la Anoia se mezcla con la cultura del vino y del cava del Penedès.
En otoño e invierno aparece otro clásico catalán: la calçotada. Los fines de semana se nota enseguida porque el aire huele a brasa desde lejos. En las zonas de merendero la gente se junta alrededor del fuego con las manos negras de salsa romesco y montones de calçots sobre la mesa.
La comida que sale en estas reuniones es la de siempre: butifarra con mongetes, pan con tomate, crema catalana. Y a veces alguna coca de recapte que sabe a cocina de casa.
Nada sofisticado. Pero sales rodando y contento.
El rastro de los que se fueron y los que se quedan
Con unos 2.300 habitantes, La Pobla mantiene ese equilibrio curioso: hay servicios básicos —farmacia, panaderías, supermercado— pero no verás escaparates pensados para turistas.
Lo que sí hay es vida normal. La plaza se anima cuando da el sol y la gente se sienta en los bancos a charlar o mirar el móvil mientras pasa la tarde. Si te ven dando vueltas con cara de despiste, un “bon dia” suele bastar para que alguien te indique por dónde tirar.
Si vas en coche, mucha gente combina la visita con alguna bodega de la zona (suelen funcionar con reserva previa) o con una parada en Igualada. Allí hay un museo dedicado a la industria de la piel que ayuda a entender por qué esta comarca tuvo tanta actividad textil y curtidos durante décadas.
Y si prefieres caminar, el río Anoia tiene tramos con senderos que conectan con Capellades. No es una ruta épica, pero sirve para ver cómo la ribera se ha ido recuperando después de años de actividad industrial.
Cuándo subir al castillo
El castillo se puede visitar todo el año, pero primavera y otoño suelen ser los momentos más agradecidos: temperatura suave y visibilidad buena.
En verano conviene madrugar o subir al atardecer. La piedra guarda el calor y la cuesta se nota más de lo que parece desde abajo.
Y en invierno, si ha llovido, ojo con el barro. Una vez bajé con el suelo así y aquello parecía un patinete sin frenos.
¿Cuánto tiempo necesitas? Con dos horas ves el castillo y das una vuelta por el pueblo sin correr. Si luego añades una comida tranquila o una parada en alguna bodega de la zona, la excursión se alarga sola.
La Pobla de Claramunt funciona un poco como aperitivo de la comarca: vas por el castillo, pasas un rato y acabas mirando el mapa para seguir explorando la Anoia. Y eso, al final, dice bastante del sitio.