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sobre La Pobla de Mafumet
Municipio dinámico con un casco antiguo restaurado y zonas verdes modernas
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La primera vez que pasé por La Pobla de Mafumet fue por error. Iba hacia Tarragona, me despisté con el GPS y acabé metido en un sitio que parecía recién sacado del plástico. Casas adosadas, calles anchas, y un montón de gente de treinta y pocos empujando carritos. Me bajé a mirar el móvil y pensé: “Esto no puede ser el típico pueblo del Tarragonès”. Y no, el turismo en La Pobla de Mafumet no va por donde muchos imaginarían.
El pueblo que creció a la sombra de la refinería
La Pobla de Mafumet es como ese primo que se fue a trabajar a la ciudad, volvió con un sueldo estable y de repente es el que tiene la casa más grande en las reuniones familiares.
A principios de los 90 no llegaba al millar de vecinos. Hoy pasa de los cuatro mil. El cambio tiene bastante que ver con el complejo petroquímico que se extiende por esta parte del Camp de Tarragona. Desde los años 70 la industria pesa mucho aquí, y eso se nota en cómo ha crecido el pueblo: urbanizaciones nuevas, muchas familias jóvenes y un ayuntamiento que suele presumir de tener las cuentas bastante ordenadas.
Lo curioso es que, paseando por el centro, no tienes la sensación de estar pegado a uno de los polos petroquímicos más grandes del Mediterráneo. Huele más a pan tostado y café de media mañana que a gasolina. Y cuando alguien habla de comida, tarde o temprano aparece el romesco en la conversación. Esto sigue siendo Tarragona.
Una iglesia que parece un pastel de boda
La iglesia de Sant Joan Baptista se ve antes de que te fijes en ella. Tiene ese aire de templo que se plantó en medio del pueblo cuando todo lo demás era mucho más pequeño.
Es neoclásica con detalles barrocos y el edificio actual se levantó en el siglo XVIII. El campanario es lo que más llama la atención: empieza cuadrado, luego se vuelve octogonal y remata con una cúpula que recuerda a esos pasteles de comunión que todos hemos visto alguna vez.
Dentro se guarda la Mare de Déu del Lledó, una talla románica del siglo XIII, pequeña —poco más de medio metro— pero muy vinculada al pueblo. Tradicionalmente se decía que procedía de una ermita cercana y que acabó aquí a comienzos del XIX.
A pocos pasos hay un lavadero público con los pilones de piedra todavía visibles. Hoy ya no lava nadie allí, claro, pero sigue siendo uno de esos rincones que explican cómo era la vida del pueblo antes de que llegaran las urbanizaciones nuevas. A veces verás estudiantes o gente joven haciendo fotos; muchos viven por la zona porque Tarragona está a un salto.
La casa que parece escapada del Parque Güell
Si entras al pueblo por la carretera principal hay algo que suele hacer que la gente levante el pie del acelerador: una casa cubierta de trencadís azul, verde y amarillo.
Es la llamada Casa Balei. La historia que cuentan los vecinos es bastante simple: su propietario empezó a decorar la fachada en los años 90 y, poco a poco, aquello acabó convertido en un mosaico enorme. No es un edificio oficial ni un proyecto artístico con cartel explicativo. Es más bien el resultado de mucho tiempo libre, paciencia y miles de trozos de azulejo.
Mientras los camiones pasan camino del polígono petroquímico, la casa sigue allí, chillando de color.
Fiestas que mezclan santo, castañas y monstruos
El calendario festivo aquí mezcla tradición de pueblo con cosas más recientes.
La fiesta de Sant Joan, en junio, es la que marca el inicio del verano: hogueras, petardos y mucha vida en la calle. En invierno llegan las celebraciones vinculadas a Sant Antoni, con animales y carros dando vueltas por el pueblo al estilo de los Tres Tombs que se ven en muchos lugares de Cataluña.
Y luego está la llamada Gran Nit de Monstres, en otoño. Es una mezcla curiosa entre Halloween y la Castanyada: castañas, panellets, disfraces y actividades para los críos. Puede sonar raro, pero cuando ves a las familias por la plaza entiendes por qué funciona.
También es habitual que la imagen de la Mare de Déu del Lledó salga en procesión algunos años alrededor de su festividad, algo muy ligado a la identidad del pueblo.
¿Merece la pena parar?
Depende de lo que busques.
Si vas detrás de murallas medievales o calles empedradas de postal, aquí no las vas a encontrar. La Pobla de Mafumet es más bien un pueblo que ha crecido rápido y que vive pegado a la realidad industrial del Camp de Tarragona.
Pero tiene algo curioso: puedes pasear por el núcleo, ver la iglesia, el lavadero y la casa del trencadís, y en una hora ya te has hecho una idea bastante clara de cómo funciona el lugar. Es como asomarse a un pueblo que ha cambiado mucho en poco tiempo y que, aun así, sigue teniendo vida de plaza.
Mi consejo: si estás por la zona de Tarragona y te pilla de paso, aparca un rato. Un café, una vuelta corta y sigues camino. A veces esos paréntesis rápidos son los que luego recuerdas cuando alguien te pregunta por pueblos de los que casi nadie habla.