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sobre La Selva del Camp
Villa con un rico patrimonio medieval y renacentista a los pies de la montaña
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La primera vez que oí hablar de turismo en La Selva del Camp fue en un bar de Reus, mientras un tipo de bigote impresionante me explicaba que allí hacían una de las ollas más serias de la zona. “Es como la escudella, pero con más carnaza”, dijo, levantando las manos como si sujetara una marmita invisible. Tardé un par de años en acercarme a comprobarlo. La segunda vez que salió el nombre del pueblo fue cuando alguien mencionó que tiene un puente medieval bastante alto para un sitio de poco más de cinco mil vecinos. Un puente de esos que no te esperas.
El pueblo que aparece entre almendros
Llegué un sábado de noviembre, cuando los almendros del entorno ya han perdido la alegría y parecen escobas secas. La carretera desde la AP‑7 es recta, de las que te dejan la cabeza en piloto automático, y de repente —zas— aparece la silueta del castillo sobre un pequeño turón.
La Selva no es bonita en el sentido de foto rápida para redes. Es más bien como esa amiga que no se arregla demasiado pero luego te cae mejor que nadie. Casas de piedra apretadas, calles que suben con ganas y un aire de pueblo antiguo que se nota en cómo están colocadas las cosas.
El casco viejo tiene bastantes callejones estrechos, algunos torcidos como si se hubieran ido adaptando a lo que había. En la plaza Mayor vi a varios abuelos jugando a las cartas con una concentración que ya quisieran muchos árbitros de fútbol. Me acerqué un momento y uno me preguntó si era de la tele. Le dije que no, que solo había venido a comer.
“Pues prueba la olla”, respondió. “Pero no en cualquier sitio”.
Cuando los conventos marcaban el ritmo del pueblo
En el siglo XVII el pueblo acumuló varios edificios religiosos de los grandes. Aún quedan dos conventos importantes: el de Sant Agustí y el de Sant Rafael. Hoy se usan para actividades culturales y cosas del día a día del municipio, que es el destino habitual de estos lugares cuando pasa el tiempo.
El claustro de Sant Agustí llama la atención. Es largo —bastante más de lo que imaginas al entrar— y las columnas claras le dan un aire tranquilo, de esos sitios donde bajas la voz sin darte cuenta.
La iglesia de Sant Andreu también juega en otra liga para un pueblo de este tamaño. Empezaron a levantarla a finales del siglo XVI y las obras se alargaron décadas, algo bastante habitual en aquella época. El interior es amplio y el retablo principal está cargado de dorados, barroco sin complejos.
El Pont Alt y el paseo de los Escorralons
El Pont Alt es probablemente la imagen que más sorprende cuando llegas a La Selva. Tiene unos 57 metros de largo y ronda los 13 de altura, así que cuando lo cruzas te das cuenta de que no era una obra menor para su tiempo. Se cree que su origen está en época medieval y durante siglos fue paso clave para entrar al pueblo.
Yo lo crucé varias veces: una porque tocaba, otra para asomarme y otra porque desde arriba el paisaje del barranco tiene su gracia.
Desde esa zona arranca el recorrido de els Escorralons, un pequeño paseo que serpentea por callejones muy estrechos. El nombre viene de “escurçons”, que en catalán se usa para referirse a las víboras. No vi ninguna, por suerte. Algunos tramos son tan estrechos que, si vas con mochila grande o has comido fuerte, acabas girando el cuerpo para pasar.
La olla de La Selva
Llegó el momento clave del día. Encontré un comedor de los de toda la vida, con mesas grandes y ambiente familiar. Pedí la famosa olla de La Selva.
La trajeron en una cazuela de barro generosa. Dentro había de todo: una pilota grande, costilla de cerdo, butifarra, morcilla, garbanzos, col, patata y, cuando toca temporada, también setas. Es uno de esos platos que parecen pensados para pasar el invierno sin prisas.
El cocinero me comentó que el secreto suele estar en el sofrito y en dejar que todo repose bien antes de servir. No sé si fue la técnica o que yo llegaba con hambre, pero el plato quedó limpio.
De postre cayeron panellets, muy típicos por aquí cuando llega el otoño. Almendra, azúcar y poco más. Sencillos, pero funcionan.
Vermut, plaza y ritmo de pueblo
Después de una comida así, el cuerpo pide parar un rato. La plaza de la Font es buen sitio para sentarse un momento. Pedí un vermut de grifo con unas aceitunas aliñadas y me quedé viendo pasar la tarde.
El dueño del local —de esos que parecen haber pasado media vida detrás de la barra— me contó que algunos años montan feria medieval y el pueblo se llena de puestos y gente vestida de época. “Viene bastante gente”, decía, “pero aún se reconoce el pueblo de siempre”.
Antes de irme compré unos panellets para casa. Ya en la gasolinera de la carretera, el dependiente vio la bolsa y me preguntó si venía de La Selva. Cuando asentí, sonrió.
Y creo que ahí está la clave del sitio. No es un lugar al que vengas a tachar algo de una lista. Es más bien ese tipo de pueblo al que entras por curiosidad, comes bien, das un paseo corto y te vas con la sensación de haber pasado unas horas agradables.
La próxima vez seguramente volveré en época de vendimia, cuando el movimiento del vino se nota más por la comarca. Un paseo por el casco viejo, un buen plato caliente y un vermut antes de irse. A veces el plan no necesita mucho más.