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sobre La Vall de Bianya
Valle de masías y ermitas románicas; paisaje bucólico y tranquilo
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A esa hora en que la niebla todavía se queda baja sobre los prados, el valle huele a hierba húmeda y a madera. El sol tarda un poco en entrar entre las lomas. Cuando lo hace, ilumina despacio los campos y las masías dispersas. Así empieza muchas mañanas el turismo en La Vall de Bianya: caminando por un camino rural donde apenas pasa un coche y donde el único sonido constante es el agua del río.
El municipio suma algo más de mil trescientos habitantes repartidos en pequeños núcleos y masías aisladas. No hay un centro único que concentre todo. Las casas aparecen entre prados, detrás de un muro de piedra o al final de una pista estrecha. Muchas mantienen tejados de teja rojiza y portales anchos, pensados para la vida agrícola. Algunas siguen activas; otras se han restaurado sin perder la estructura original.
La Vall de Bianya se abre entre montañas suaves de la Garrotxa. Desde muchos puntos del valle se distingue la silueta de la Serra de Cabrera al fondo. No es un paisaje dramático. Es más bien continuo: prados que se enlazan con bosques de robles y hayas, huertos pequeños cerca de las casas y caminos que cruzan todo sin demasiada señalización.
Caminar por esos senderos exige fijarse bien en los cruces. A veces la ruta pasa entre dos prados y parece que se pierde. Luego reaparece junto a un muro cubierto de musgo o una fuente antigua. Son recorridos tranquilos, usados también por gente del valle para ir de un núcleo a otro.
Entre los edificios más antiguos aparecen varias iglesias románicas repartidas por el territorio, como Sant Martí del Clot o Sant Esteve de Vallfogona. Son construcciones pequeñas, de piedra oscura y campanarios sencillos. Muchas permanecen cerradas buena parte del año. Aun así, acercarse hasta ellas tiene sentido: suelen estar en lugares apartados, rodeadas de campos o de bosque.
El paisaje cambia bastante con las estaciones. En primavera los prados se vuelven de un verde muy intenso y el río baja con más agua. En otoño, los robledales se llenan de tonos ocres y el suelo cruje bajo las botas. El invierno es silencioso y húmedo. El verano trae más movimiento, sobre todo los fines de semana.
Moverse en coche requiere paciencia. Las carreteras son estrechas y con curvas suaves entre los campos. En bicicleta se utilizan mucho, porque el tráfico suele ser escaso. Conviene ir con atención en los tramos sin arcén.
La cocina de la zona sigue ligada al campo cercano: carne de cordero o ternera, embutidos, setas cuando llega la temporada y guisos que se sirven calientes incluso cuando fuera hace fresco. En épocas con más visitantes puede haber mesas completas, así que es habitual llamar antes de acercarse a comer.
El río Bianya atraviesa el valle sin prisa. En algunos tramos se ven pescadores, siempre dentro de los periodos permitidos. Cerca del agua crecen alisos y fresnos, y el suelo suele estar blando incluso en días secos.
Si se quiere recorrer la zona andando, conviene empezar temprano. A media tarde la luz cae detrás de las montañas y el valle cambia rápido de tono. Los prados se vuelven más oscuros y el aire se enfría. Entonces el silencio vuelve a imponerse, igual que por la mañana.