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sobre L'Escala
Famosa villa marinera conocida por la anchoa; alberga las ruinas griegas y romanas de Empúries
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A las seis de la mañana, el aire de L'Escala huele a salmuera recién vertida y a madera húmeda de las barcas. En el muelle, los pescadores sacuden las redes con un gesto que aquí se repite desde hace generaciones. Las anchoas todavía saltan entre cubetas de plástico azul mientras alguien limpia la cubierta con una manguera. A esa hora temprana —cuando el turismo en L'Escala todavía duerme— el pueblo se parece más a un puerto de trabajo que a un destino de playa.
El sabor que se queda en los dedos
La primera vez que pruebas una anchoa de L'Escala recién salida del salazón entiendes por qué aquí no hablan mucho de recetas complicadas. Basta pan, aceite y esa carne firme, salada sin ser agresiva, con un fondo que recuerda un poco a la almendra.
En el Museo de la Anchoa y de la Sal, instalado en un antiguo edificio cercano al puerto, explican cómo se hacía la conserva cuando todo se hacía a mano: capas de pescado, capas de sal y paciencia. Los tiempos de curación cambian según el productor, pero la idea siempre es la misma. Si pasas un rato dentro —aunque solo sea media hora— sales con ese olor persistente de sal y pescado que luego reconoces por todo el pueblo.
El xató que se sirve en muchas casas y locales del Empordà rara vez llega a la mesa con estética de fotografía. Es escarola, bacalao desmigado, anchoas y avellanas, todo mezclado con una salsa espesa que deja el plato marcado. Tradicionalmente se come en invierno, entre enero y marzo, cuando el viento de tramontana limpia el cielo y la ensalada tiene más sentido que en pleno agosto.
Arena que cuenta historias
La playa de les Barques no es grande, pero concentra bastante memoria. Junto al paseo hay un banco de piedra con una placa discreta que recuerda un episodio de enero de 1939: miles de republicanos esperaron aquí barcos que nunca llegaron. Mucha gente pasa por delante sin detenerse.
Después de los días fuertes de tramontana, la arena cambia de sitio y a veces aparecen pequeños fragmentos rojizos de cerámica. Suelen ser restos antiguos que el mar devuelve y vuelve a esconder. Si recoges uno, no es raro que alguien del pueblo te diga medio en broma que lo devuelvas al agua.
La cala Montgó queda a varios kilómetros, y llegar caminando por el camino de ronda tiene su gracia si el día no aprieta demasiado. El sendero serpentea entre pinos y roca clara. En el agua se ven las manchas oscuras de posidonia antes incluso de mojarse los pies. Si llegas temprano —antes de media mañana en verano— todavía hay silencio. A partir del mediodía la cala cambia de ritmo.
Piedras que hablan griego
Empúries queda a unos tres kilómetros y mucha gente llega andando siguiendo la línea de costa. El camino tiene tramos de tierra y otros más abiertos al mar; en días claros el golfo de Roses aparece entero, con ese azul algo metálico que cambia según la hora.
Las ruinas reúnen dos ciudades superpuestas: primero la griega, fundada hacia el siglo VI a. C., y después la romana que creció alrededor siglos más tarde. Pasear entre ambas es fácil porque están una al lado de la otra, separadas más por el tiempo que por la distancia.
En verano la piedra acumula calor durante todo el día. Al caer la tarde, cuando el sol baja y el recinto empieza a vaciarse, el aire huele a romero seco y a polvo caliente. Si te sientas un momento mirando al mar se oyen las cigarras de los campos cercanos y poco más.
Cuando el pueblo se pone la camisa
A finales de octubre suele celebrarse la Fiesta de la Anchoa. Es uno de los pocos momentos del año en que el centro del pueblo gira claramente alrededor de la pesca y no del verano. Se montan mesas largas, se limpian anchoas a la vista y se habla mucho de sal, de temporadas buenas y de temporadas flojas.
Evita el 15 de agosto si puedes. Es el punto en que los apartamentos están llenos y la playa de Riells acaba cubierta de toallas una al lado de la otra.
Entre semana, en junio o en septiembre, el ritmo cambia. El paseo marítimo vuelve a sonar a conversaciones tranquilas, el pan de la mañana aún está tibio cuando abren las tiendas y puedes sentarte un rato en el muelle viendo entrar las barcas sin que nadie tenga prisa por levantarse.
Si decides llevarte anchoas a casa, ciérralas bien en la maleta. No tanto por el olor —que acaba apareciendo igual— sino porque durante unos días cada vez que lo notes recordarás este puerto. Y eso, al volver, se agradece.