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sobre Llançà
Villa marinera al norte del Cap de Creus; playas tranquilas y puerto activo
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A media tarde, cuando la tramuntana empieza a hacerse notar en el puerto, el muelle de Llançà cambia de ritmo. Las barcas cabecean un poco más de lo normal y las cuerdas golpean los mástiles con ese sonido seco que se oye desde lejos. El aire trae olor a sal y a gasoil de las embarcaciones pequeñas. Algunos vecinos se sientan a resguardo del viento, junto a la pequeña capilla del puerto, mientras el sol baja y vuelve cobrizo el agua de la bahía.
El puerto y el núcleo antiguo no están exactamente pegados, y eso se nota al caminar. Desde la zona del puerto la vista se abre hacia la bahía, con la costa recortándose hacia el Cap de Creus. Arriba, en el casco antiguo —lo que aquí llaman la Vila— las calles son más estrechas y empinadas. Quedan restos de muralla y alguna torre medieval integrada entre las casas. No hace falta buscar mucho: basta con subir despacio por las calles empedradas para ver cómo el pueblo se repliega sobre la colina, lejos del viento más fuerte.
El sabor de la bahía
La cocina marinera aquí sigue un patrón bastante claro: pescado de roca, sofrito lento y platos que se comen mejor cuando hace algo de viento fuera. El suquet aparece en muchas cartas, cada casa con su manera de hacerlo, normalmente con pescado de temporada y patata. No es un plato de exhibición; es más bien comida de mesa larga.
Las anchoas forman parte del paisaje de toda esta costa del Empordà. En Llançà se encuentran a menudo en salazón o conservadas en aceite, muy presentes en los bares del puerto y en las casas. Con pan y tomate funcionan casi como un aperitivo automático.
Por la mañana temprano, cuando todavía están abriendo las panaderías, es fácil cruzarse con bandejas de coca de recapte saliendo del horno: masa plana, verduras asadas, a veces algo de pescado o embutido. El olor a pimiento y cebolla asados se queda un rato flotando por la calle.
Caminos de piedra entre mar y montaña
Una de las cosas que mejor se entienden caminando por Llançà es lo cerca que están el mar y la sierra de Verdera. Detrás del pueblo empiezan senderos que suben hacia el monasterio de Sant Pere de Rodes. La subida es larga y constante, primero entre pinos bajos y matorral mediterráneo, con olor a romero cuando el suelo está seco. A medida que se gana altura, la costa del Alt Empordà aparece entera: el cabo de Creus al fondo y las pequeñas calas dibujando la línea de costa.
Hacia el norte, el Camí de Ronda conecta con Port de la Selva siguiendo los acantilados. No es un paseo de paseo marítimo: hay tramos de roca, bajadas incómodas y zonas donde conviene ir con buen calzado. A cambio aparecen pequeñas calas entre las rocas, algunas apenas una lengua de arena oscura y agua muy clara. A primera hora de la mañana suelen estar tranquilas; a medida que avanza el día empiezan a llegar kayaks y pequeñas embarcaciones.
Cuando el pueblo se reúne
Durante el invierno el pueblo recupera un ritmo más lento. Las fiestas de Sant Vicenç, hacia enero, suelen reunir a los vecinos alrededor de hogueras y comidas al aire libre si el tiempo acompaña. La tramuntana en esa época puede ser áspera, así que muchas conversaciones terminan buscándole la espalda al viento.
En verano el puerto concentra casi todo el movimiento. Pasear al atardecer es cuando mejor se ve la mezcla de gente: vecinos de toda la vida, familias que repiten cada año y bastantes visitantes franceses que cruzan la frontera para pasar el día.
Pero es en septiembre cuando Llançà vuelve a respirar con más calma. El calor afloja, el mar todavía mantiene buena temperatura y las terrazas dejan de estar llenas desde primera hora. Por las tardes se oyen grillos desde las zonas de huerta que quedan hacia el interior.
Dormir cuando el puerto se queda en silencio
Quedarse en Llançà cuando cae la noche cambia bastante la impresión del lugar. El paseo del puerto se vacía y quedan sobre todo los ruidos del agua golpeando suavemente el casco de las barcas y el tintinear de los cabos.
Por la mañana temprano —antes de las ocho— el movimiento vuelve poco a poco: alguien revisa redes, se oye abrir una persiana metálica, pasa el primer coche buscando aparcamiento cerca del muelle.
Si vienes en agosto, conviene madrugar para moverte por el pueblo o para salir a caminar por la costa. A media mañana el tráfico aumenta y aparcar cerca del puerto puede volverse lento. En junio y septiembre todo resulta más llevadero: el mar sigue invitando a bañarse y los senderos se recorren con bastante más silencio.
Y si la tramuntana entra fuerte, algo que aquí ocurre varias veces al año, el paisaje cambia por completo. El mar se vuelve más oscuro, el aire limpia el cielo en pocas horas y el puerto entero parece inclinarse hacia el norte. Es uno de esos días en los que se entiende bien la relación que este pueblo mantiene con el viento y con el mar.