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sobre Manlleu
Ciudad industrial a orillas del Ter con un importante museo del patrimonio industrial
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Las diez de la mañana y el río Ter pasa por Manlleu con ese color verde oscuro que tienen los ríos de interior cuando llevan días de lluvia. Desde el Pont Vell se ve el meandro entero, el agua rodeando el casco antiguo con calma, y al fondo todavía se cuela el zumbido de alguna nave industrial. En el turismo en Manlleu ese sonido forma parte del paisaje: el mismo que escuchaban los trabajadores del siglo XIX cuando el textil marcaba el ritmo del pueblo y las calles se llenaban a primera hora con gente que bajaba hacia las fábricas con el almuerzo envuelto en un pañuelo.
El agua que lo construyó todo
El río aquí no es solo paisaje. Es el motivo por el que Manlleu creció donde está. Basta caminar junto al Ter para verlo: antiguas fábricas de ladrillo que hoy tienen otros usos, canales que aún atraviesan algunos tramos del casco urbano como cicatrices antiguas.
En el museo dedicado al río —instalado en una vieja fábrica— todavía se conserva maquinaria hidráulica que funcionaba con la fuerza del agua. Cuando la ponen en marcha durante algunas demostraciones, el metal vibra y el ruido se parece al de un tren lejano. El suelo tiembla ligeramente y el aire se llena de ese olor denso de aceite y hierro caliente que suele quedar pegado a la ropa de trabajo.
También hay recorridos guiados por el antiguo canal industrial. Caminas junto al agua y entiendes cómo se aprovechaba cada desnivel para mover molinos y maquinaria. De paso aparece una curiosidad histórica que aún se recuerda en el pueblo: Manlleu fue una de las pocas localidades catalanas que apoyaron a Felipe V en la Guerra de Sucesión, motivo por el que recibió el título de “Fidelísima”.
Subir al campanario (y bajar con las piernas temblando)
La torre de la iglesia de Santa María domina el perfil del casco urbano. Para llegar arriba hay que subir más de un centenar de escalones por una escalera estrecha de piedra, gastada por generaciones de vecinos.
A mitad de subida aparecen pequeñas ventanas que cambian la perspectiva cada pocos metros. Primero el río y los árboles de la ribera. Después los tejados apretados del centro. Más arriba asoman las antiguas chimeneas industriales que todavía recuerdan la época textil.
Cuando se llega al final, el viento suele entrar sin aviso. Desde arriba se entiende bien la geografía de Osona: el valle amplio, los campos alrededor del pueblo y, en los días claros, las sierras que anuncian el Prepirineo. En invierno el aire puede ser bastante frío, así que conviene subir con algo de abrigo aunque abajo parezca que sobra.
Coca de recapte y otros bocados
A mediodía, cuando las persianas de los comercios empiezan a bajar, algunas calles del centro huelen a masa horneada y verduras asadas. La coca de recapte aparece a menudo en las barras: base fina, escalivada y a veces butifarra. Es comida sencilla, muy ligada a los días de trabajo y a las salidas al campo.
En invierno es fácil encontrar platos de cuchara o guisos de carne con setas de la zona. La col con patata salteada con tocino —lo que en muchas casas llaman trinxat— sigue siendo comida de domingo lluvioso. Y cuando llega noviembre, las panaderías suelen llenar los mostradores de panellets pequeños y bastante densos, con la almendra muy presente.
Cuando el pueblo cambia de ritmo
A finales de verano llega la fiesta mayor y el centro se llena de música, mesas en la calle y olor a parrilla. Durante esos días cuesta reconocer el ritmo habitual del pueblo: hay más gente, más ruido y las noches se alargan bastante.
Otras celebraciones del calendario local tienen un aire más pausado. En primavera es habitual ver balcones con flores y procesiones pequeñas que recorren las calles antiguas. Y cuando se acerca el invierno, una feria ganadera de larga tradición reúne a agricultores y ganaderos de la comarca. Esa mañana el olor del pueblo cambia: heno, animales, café temprano.
Si se quiere ver Manlleu con más calma, conviene venir entre semana por la mañana. Entonces el río sigue su curso sin demasiados visitantes alrededor y el pueblo funciona como siempre: gente que va al trabajo, vecinos haciendo la compra, estudiantes cruzando el puente con las mochilas colgadas. Ahí se entiende mejor el lugar: primero fue un pueblo de río y de fábricas; lo demás llegó después.