Artículo completo
sobre Cabrera de Mar
Pueblo con historia íbera y romana situado entre la montaña y el mar
Ocultar artículo Leer artículo completo
La niebla del mar entra por la ventanilla del coche mientras bajas la N‑II. Es agosto, sobre las diez de la mañana, y el asfalto ya empieza a soltar ese olor caliente de la costa en pleno verano. El turismo en Cabrera de Mar empieza casi así, sin anuncio previo: un cambio de aire justo después del túnel que la separa de Mataró. De repente llega el olor a pino, a tierra seca, y algo dulce que cuesta identificar hasta que aparecen los viñedos pegados a la carretera. Son uvas de mesa, claras y grandes, colgadas en los emparrados junto a las masías.
El castillo que aparece al final de la subida
El sendero SL‑C 115 arranca detrás del cementerio, entre pinos y una hilera de casas que a primera hora todavía están en silencio. Son algo más de tres kilómetros de subida continua, sin grandes dificultades, pero en verano conviene empezar temprano porque el sol cae de lleno en varios tramos de la pista.
A mitad de camino el mar ya se cuela entre los árboles, una franja gris azulada que cambia según la hora. Y entonces aparece el Castell de Burriac. Está colocado sobre el cerro como una atalaya natural, con el torreón redondo y los restos de muralla recortándose contra el cielo. Es una fortificación de origen medieval que vigilaba todo el Maresme.
Dentro el suelo es de tierra seca y piedras sueltas. Cuando sopla algo de viento huele a romero y a pino machacado. Desde arriba se entiende bien la elección del lugar: el valle entero queda abierto a los pies, con Vilassar hacia un lado y Mataró hacia el otro, y la autopista convertida en una línea fina entre campos y urbanizaciones. En días muy claros, dicen que se distingue la silueta de Barcelona al fondo del litoral.
Si subes en verano, mejor hacerlo a primera hora de la mañana o al final de la tarde. A mediodía la subida se vuelve más áspera de lo que parece sobre el mapa.
Las ruinas que siguen bajo las huertas
En el carrer de la Sagrera, una señal discreta indica la Villa Romana de Can Brossa. No hay grandes estructuras a la vista: alrededor hay casas bajas con jardín, rosales, pequeños huertos. Pero bajo ese suelo siguen apareciendo restos romanos cada cierto tiempo.
Esta zona formaba parte del territorio de Iluro, la ciudad romana que estaba donde hoy se levanta Mataró. Por el valle de Cabrera se repartían villas agrícolas, talleres de cerámica y pequeños asentamientos vinculados al cultivo y al comercio.
El ayuntamiento ha marcado un recorrido con varios puntos señalizados que se puede hacer andando en algo más de una hora. Son paneles sencillos, restos de muros, alguna estructura excavada. Frente a la masía de Can Dalmases —documentada desde la Edad Media— un olivo viejo da sombra al camino. La piedra del portal todavía conserva el relieve del escudo de los Cabrera: una cabra oscura sobre fondo claro, el mismo animal que aparece en el escudo del municipio.
Algunos vecinos cuentan que, al hacer obras en casa, han encontrado fragmentos de cerámica o piedras trabajadas. Aquí la arqueología suele aparecer cuando alguien cava más de lo previsto.
La playa pegada al túnel
La playa de Cabrera de Mar queda justo antes del túnel de la N‑II. Es un tramo de arena abierto entre dos espigones, sin demasiada infraestructura y con el tren pasando a pocos metros por detrás.
Durante el día suele ser tranquila. No hay filas de hamacas ni música alta; más bien familias del pueblo, gente que viene a nadar un rato y vuelve a casa antes de que caiga la noche. El agua, en días de mar calmada, suele verse bastante clara y el fondo es de arena durante bastantes metros.
A media tarde empieza a llegar más gente, sobre todo cuando la sombra de la montaña avanza hacia la orilla. Aparecen neveras portátiles, sillas plegables, perros que corretean cerca de la rompiente y grupos que se quedan hasta que la luz se vuelve más suave sobre el agua.
En septiembre cambia el ambiente: el mar aún guarda calor y la playa vuelve a quedarse medio vacía entre semana.
Cuándo ir y qué conviene tener en cuenta
La subida al castillo es mucho más agradable fuera de las horas centrales del día, especialmente entre junio y septiembre. Apenas hay sombra en algunos tramos.
En verano el pequeño aparcamiento de la playa puede llenarse rápido, sobre todo los fines de semana. Entre semana el ritmo vuelve a ser más local, con vecinos que vienen a caminar por la arena o a darse un baño corto al atardecer.
A finales de agosto y principios de septiembre es temporada de uva en el valle. A veces se ven cajas en las entradas de algunas fincas o pequeños puestos improvisados junto a los caminos agrícolas. Si preguntas, suelen explicarte de dónde viene cada viña y cómo ha salido la cosecha ese año.