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sobre Cabrils
Villa gastronómica del Maresme situada en un valle interior cercano a la costa
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A las nueve de la mañana, cuando el sol todavía no ha quemado del todo la bruma del Maresme, los pinos de Can Vehils huelen a resina caliente y a pan recién hecho que se escapa por la ventana de alguna cocina. Desde el camino de Sant Cristòfol llega el murmullo constante de la C‑32, pero también ese silencio breve que tienen los pueblos antes de que empiece el movimiento del día. El turismo en Cabrils suele empezar entendiendo ese contraste: la autopista pasando cerca y, unos metros más arriba, la pequeña ermita de Sant Cristòfol recordando que este lugar fue durante siglos un puñado de masías entre huertas.
El sabor de un pueblo que se multiplicó por nueve
A principios del siglo XX Cabrils rondaba los ochocientos vecinos. Hoy supera con holgura los siete mil. El crecimiento fue rápido, sobre todo desde finales del siglo pasado, y aún se percibe esa mezcla entre urbanizaciones recientes y un núcleo que conserva gestos antiguos.
Basta bajar por la calle Major para encontrar algunos de esos rastros. La torre de Can Amat, por ejemplo, mantiene el matacán de piedra y el acceso elevado que tenían muchas casas fortificadas de la zona, pensado para tiempos menos tranquilos que los de ahora. Muy cerca está la masía de Can Vehils, también fortificada, que hoy tiene otro uso muy distinto. Los muros gruesos siguen ahí, con ese tono ocre que coge la piedra cuando lleva siglos viendo pasar inviernos húmedos del Maresme.
La iglesia de la Santa Creu empezó a levantarse a comienzos del siglo XVIII y tardó décadas en completarse, algo bastante habitual en templos de pueblos pequeños. El campanario mira hacia el valle donde durante mucho tiempo se cultivaron las patatas de Cabrils, una variedad local que los vecinos mayores todavía recuerdan con cierta nostalgia. Hoy quedan huertos, pero muchos menos que antes.
Tres cruces y un mar que no se ve
La ruta de les Tres Creus suele arrancar en la plaza de la Vila y enseguida se mete en el pinar. No es larga —algo más de cuatro kilómetros—, pero tiene subidas que se notan en las piernas. El sendero atraviesa la sierra que separa Cabrils del Vallès, entre encinas, pino carrasco y suelo cubierto de agujas secas que crujen al pisarlas.
La primera en aparecer suele ser la Creu de Terme, que marcaba uno de los límites antiguos del municipio. Si el día está despejado, el aire trae un olor salino muy leve: el mar queda relativamente cerca, aunque desde muchos puntos no llegue a verse.
Más arriba está la Creu de Montcabrer. Desde ese punto el pueblo se distingue bien: tejados rojizos, calles en pendiente y, salpicadas aquí y allá, las piscinas de las casas que reflejan la luz como pequeños espejos. La tercera, la Creu de l’Abella, es más discreta y queda algo escondida entre pinos.
Entre semana el camino suele estar tranquilo. Los fines de semana aparecen más ciclistas y gente que sube a caminar desde los pueblos vecinos.
El tiempo de las cocas y la butifarra
En el centro del pueblo todavía hay hornos y bares donde la vida gira alrededor de la mesa más que del turismo. A media mañana el olor a masa dulce sale a la calle cuando empiezan a sacar bandejas de brioche y cocas.
En Pascua se prepara una mona sencilla, esponjosa, con huevo cocido en el centro, muy distinta de las versiones más recargadas que se ven en las ciudades. Y durante buena parte del año es fácil encontrar coca de recapte: base de pan, escalivada hecha esa misma mañana y, a veces, butifarra.
La coca de Sant Joan aparece en las vitrinas la tarde del 23 de junio. Con piñones tostados y crema o fruta confitada, según la casa. En muchos sitios se hacen pocas y cuando se acaban, se acabaron; no suele haber segunda hornada de madrugada.
Cuándo ir y qué evitar
Primavera es cuando mejor se entiende el paisaje de Cabrils: romero, tierra húmeda y las últimas huertas activas en los márgenes del pueblo. Septiembre también tiene buen ritmo, con ambiente en las calles por las fiestas locales.
En agosto, sobre todo por la tarde, el calor se queda atrapado entre las calles y caminar cuesta arriba se hace pesado. Si vienes en coche, compensa dejarlo en las zonas más altas o cerca del cementerio y bajar andando al centro. Las calles del casco antiguo son estrechas y aparcar cerca de la plaza no siempre es fácil.
Al caer la tarde, cuando la luz se vuelve más dorada y empiezan a cerrarse las persianas, Cabrils recupera algo del ritmo de antes. No el de los ochocientos vecinos de hace un siglo, pero sí ese momento breve en que el pueblo se queda casi en silencio y el olor del pinar vuelve a imponerse sobre el ruido de la autopista.