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sobre Caldes d'Estrac
Pequeña localidad costera conocida como Caldetes famosa por sus baños termales y arquitectura modernista
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A las seis de la tarde, el agua termal chorrea por los grifos de la fuente del Passeig dels Anglesos y desaparece por los desagües sin que nadie la mire. En Caldes d'Estrac esa agua forma parte del paisaje cotidiano. Los caldetenses la llaman "aigua de Caldes" y la cruzan de largo: tienen derecho a usarla desde hace siglos, pero en pleno verano el paseo huele más a protector solar que a azufre. A la mañana siguiente cambia la escena. Cuando el sol empieza a calentar las tejas modernistas y los gatos merodean por el Muntanyà Park, la misma agua brota caliente en los baños termales del municipio y siempre aparece alguien con una toalla bajo el brazo, buscando aliviar la espalda o simplemente repetir un gesto que aquí se hace desde hace generaciones.
El olor del mar y el chasquido de la xinxa
La estación de Rodalies deja caer a los viajeros a pocos minutos de la Platja dels Tres Micos. El tren frena, se abren las puertas y el aire salado entra de golpe. Desde el andén ya se oye el chasquido seco de las xinxas golpeando contra la roca, un gesto rápido que algunos pescadores usan para abrir pequeños crustáceos entre los charcos de la bajamar. Es un sonido corto, repetido, que acompaña las primeras horas del día.
La arena aquí no es blanca: tira a tostado oscuro y se pega a la piel húmeda. El paseo marítimo —con palmeras bajas y bancos de piedra que se calientan al sol— se llena en agosto de carros de playa, niños con cubos y redes enrolladas junto al espigón. Cuesta imaginar que, hace algo más de un siglo, esta misma franja de costa era el refugio veraniego de familias acomodadas de Barcelona que venían a pasar semanas enteras frente al mar.
En el extremo norte, la Torre Busquets (siglo XVI) se levanta como un cilindro de piedra gris. No hay mucha señalización: al acercarte se distingue el escudo familiar tallado bajo el alero, gastado por el viento marino. La Torre Verda, más baja y oscura, queda cerca de la riera. Y la Torre dels Encantats, bastante más antigua, aparece entre pinos cuando subes por los caminos del Muntanyà. No forman un castillo; eran torres de vigilancia dispersas, levantadas cuando la costa todavía temía las incursiones de piratas berberiscos.
Cuando Picasso dormía en Caldes
La Fundació Palau ocupa la antigua casa vinculada al poeta y ensayista Josep Palau i Fabre. Desde fuera es un edificio de ladrillo rojo y hierro oscuro; dentro, las salas son silenciosas y algo frescas incluso en verano. La colección gira en torno a la relación entre Palau i Fabre y Picasso. Hay dibujos rápidos, grabados, pequeñas piezas que parecen casi notas privadas más que obras pensadas para museo.
La luz entra desde arriba por un tragaluz y cae sobre los marcos con una claridad tranquila. A veces el vigilante comenta alguna anécdota de la relación entre ambos artistas o señala un detalle que suele pasar desapercibido. La visita se hace corta, pero deja esa sensación de haber encontrado algo inesperado en un pueblo pequeño de la costa.
Arroz negro y guisantes que se comen enteros
A principios de primavera el Maresme cambia de olor. Después de la lluvia, la tierra húmeda y los naranjos en flor dominan el aire. Es también la época del pèsol de la Floreta, un guisante muy apreciado en la comarca, pequeño y dulce, que se recoge antes de que la vaina endurezca.
Durante esos días muchos vecinos hablan de la Pesolada. El guisante aparece en platos muy distintos: con butifarra negra, en crema ligera o apenas salteado. A veces llega casi crudo, abierto y brillante, acompañado de pan muy fino que cruje al partirlo. El arroz negro con sepia y calamar suele cerrar la comida, oscuro y brillante, con el olor del sofrito todavía pegado al plato.
Cómo llegar y cuándo conviene evitar el gentío
La línea R1 de Rodalies conecta Barcelona con Caldes d'Estrac siguiendo la costa. El trayecto suele rondar los tres cuartos de hora, dependiendo del tren. Al bajar, el mar queda a un paseo corto.
En agosto el ambiente cambia bastante: el pueblo multiplica la población y la playa se llena desde media mañana. Si buscas un Caldes más tranquilo, junio y septiembre suelen ser meses agradecidos. El agua termal sigue brotando caliente y, cuando llega la fiesta mayor a principios de septiembre, las calles se llenan de música y de pólvora del correfoc, con las chispas dibujando círculos rojos sobre las fachadas oscuras.