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sobre Calella
Importante destino turístico de playa con un faro icónico y gran oferta hotelera
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A las seis de la mañana, la arena gruesa de la playa de Garbí todavía conserva la huella de la marea. Los primeros nadadores cruzan la línea de agua con ese andar decidido de quienes conocen la temperatura del Mediterráneo según el mes. Desde el faro, cuando la luz se apaga después de toda la noche, el pueblo empieza a encenderse poco a poco: ventanas iluminadas en los bloques de los años setenta, persianas que suben en las casas bajas del centro, olor a pan caliente que sale de alguna panadería de la calle Sant Jaume.
El turismo en Calella casi siempre se concentra en el paseo y en la franja de playa, pero el pueblo se entiende mejor caminándolo despacio por dentro. Conviene dejar el coche en alguno de los aparcamientos o solares que rodean el centro y seguir a pie. En varias calles todavía se reconocen las casas de antiguos tejedores: fachadas estrechas, ventanas agrandadas para que entrara más luz sobre los telares. A media mañana la claridad rebota en las paredes claras y todo adquiere ese tono azul pálido que tienen algunos días de la costa cuando sopla brisa de mar.
El faro sobre la costa del Maresme
El faro se levanta sobre el promontorio que separa el núcleo urbano de las calas que miran hacia Sant Pol. El acceso suele hacerse en visitas guiadas y el interior se sube por una escalera metálica estrecha que va girando sobre sí misma. Mientras se asciende, el olor a sal se mezcla con el metal y con el aceite de la maquinaria.
Arriba, la costa del Maresme se abre en una línea larga y bastante recta: las playas de arena gruesa de Calella, el paseo marítimo paralelo a las vías del tren, y detrás el verde oscuro del Montnegre cuando el día está despejado. Antes del faro actual hubo aquí una torre de vigilancia. En esta parte del litoral eran frecuentes los avisos de corsarios, y las hogueras servían para alertar a los pueblos cercanos.
Si subes, merece la pena hacerlo temprano o a última hora de la tarde. A mediodía el sol cae de lleno sobre la plataforma y apenas hay sombra.
Los refugios que guardan el eco de la guerra
Bajo la plaza de l’Església hay una entrada discreta que lleva a uno de los refugios antiaéreos excavados durante la Guerra Civil. El túnel se abre en la roca con paredes irregulares donde todavía se ven las marcas de las herramientas. A los lados quedan bancos corridos de madera y pequeños huecos donde se colocaban lámparas.
Durante los bombardeos de 1938 buena parte de la población se protegía aquí abajo. Los ataques sobre la costa del Maresme formaban parte de las operaciones aéreas que salían desde Mallorca, algo que también ocurrió en otras localidades cercanas. Hoy dentro solo se oye el goteo del agua filtrándose por la piedra y el eco de los pasos, pero el espacio mantiene esa sensación cerrada de lugar pensado para esperar.
La visita suele hacerse acompañada, y conviene llevar algo de abrigo incluso en verano: la temperatura bajo tierra es fresca todo el año.
Recuerdos de la Calella textil
Antes de que el verano trajera hoteles y apartamentos, Calella vivía en gran parte del textil. En algunas cocinas del centro todavía se preparan platos que se asocian a esa época: ensaladas contundentes con bacalao, anchoa y salsa de ñora, o guisos sencillos pensados para quienes pasaban el día en los talleres.
El olor del romesco caliente, con ese fondo ligeramente ahumado de la ñora tostada, aparece a menudo en las cartas de invierno. No es una cocina pensada para lucirse, más bien para comer con pan y sin prisa. En conversaciones con gente mayor del pueblo todavía sale esa imagen de la Calella que olía a lana húmeda y a tintes, mucho antes de que el protector solar dominara el aire del paseo en agosto.
Cuando el ritmo baja
Octubre cambia bastante el ambiente. Con menos visitantes de verano, el paseo vuelve a ser de quienes viven aquí todo el año: gente paseando al perro al atardecer, ciclistas que suben hacia el Montnegre, conversaciones largas en los bancos de la plaza.
Algunas ferias y mercados de temporada suelen aparecer en estas fechas, con productos de la sierra cercana —miel, quesos, embutidos— y puestos de artesanía. No siempre caen en los mismos días, así que conviene mirar la agenda municipal si se quiere coincidir.
La escena más tranquila llega el domingo por la tarde, cuando el tren hacia Barcelona se llena y el paseo queda casi vacío. Las sombras de las palmeras se alargan sobre las baldosas y vuelve a oírse el mar con claridad, sin el ruido constante de agosto. Entonces Calella recupera un ritmo más lento, el de las conversaciones desde los balcones y el de la brisa que llega desde el agua cuando cae la luz.