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sobre Canet de Mar
Villa costera con un excepcional patrimonio modernista legado por Lluís Domènech i Montaner
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Viajar a Canet de Mar en tren tiene algo de truco sencillo, como cuando alguien te enseña una foto muy buena de su casa antes de que la visites. El momento llega justo después de Mataró: el Mediterráneo aparece de golpe, como si alguien hubiera levantado una persiana demasiado rápido. Si vas en el lado derecho del vagón y tienes ventanilla, durante un par de minutos todo parece una postal en movimiento: el mar pegado a las vías, barcas pequeñas alineadas como scooters aparcadas, y Canet de Mar mirando desde la colina. Ese es el tráiler. Luego toca ver la película.
Lo que viene después del tráiler
Canet de Mar es de esos pueblos que funcionan un poco como un barrio tranquilo de ciudad: tamaño manejable, todo cerca, y caras que se repiten. Viven algo más de quince mil personas, suficientes para que haya vida todo el año pero no tantas como para que pierdas la sensación de pueblo.
La gracia está en el contraste. Te bajas del tren de cercanías —el mismo que usan miles de personas para ir a trabajar a Barcelona— y a los pocos pasos estás en una rambla con bancos de piedra y jubilados charlando como si el reloj fuese opcional. Es como cambiar de canal sin tocar el mando.
La playa queda a nada. Dos kilómetros largos de arena bastante abierta. No es una cala escondida ni pretende serlo; se parece más a esas playas donde uno va con toalla, se baña, se seca y repite. En primavera aún se nota otra cosa curiosa: el Maresme sigue siendo tierra de fresas. Cuando llega la temporada, aparecen puestos en la rambla y la escena tiene algo de mercado improvisado. Compras una caja, te sientas en un banco y te das cuenta de que saben más a fruta que a azúcar, como cuando pruebas tomates de huerto después de meses de supermercado.
El castillo que se hizo viral antes que tú
El Castillo de Santa Florentina se ha vuelto famoso por salir en una serie bastante conocida. Pero cuando llegas allí la sensación es más cotidiana de lo que parece en pantalla. Hay colas, gente sacando fotos y familias enteras intentando que el abuelo mire a la cámara. Algo parecido a la puerta de una boda grande, pero con murallas.
El origen es medieval, aunque lo que llama la atención hoy es la reforma de principios del siglo XX. Domènech i Montaner metió vitrales, hierro trabajado y detalles modernistas con la misma alegría con la que alguien redecoraría una casa antigua sin miedo a mezclar estilos.
Eso sí, llegar tiene su pequeño peaje. Son unos dos kilómetros cuesta arriba. No es una etapa del Tour, pero tampoco es paseo de digestión. Piensa más bien en esa caminata que haces cuando aparcas lejos en verano y decides que “total, está aquí al lado”. Cuando llegas arriba se entiende el esfuerzo: patio amplio, piedra por todas partes y el mar colándose entre columnas.
Modernismo a escala de paseo
Canet presume de ruta modernista. Dicho así suena a circuito largo, pero en realidad se recorre casi sin darte cuenta. Es más parecido a ir levantando la vista mientras caminas por el centro.
La Casa Roura tiene colores y formas que recuerdan a un pastel demasiado decorado. El Ateneu Canetenc mantiene ese aire de edificio donde han pasado muchas cosas: biblioteca, reuniones, cursos. Dentro huele a papel viejo y a edificio usado, que suele ser buena señal.
Lo mejor es que aquí el modernismo no está encerrado en vitrinas. Está en balcones, en cerámica, en barandillas que parecen hechas con cuerdas de guitarra. Vas andando y de repente levantas la vista, como cuando descubres un detalle en una fachada que habías pasado por alto mil veces.
Comer sin complicarse
La comida en Canet suele moverse en esa liga sencilla que funciona bien. Pizarras con platos de siempre, frituras hechas al momento, y raciones pensadas para compartir sin demasiada ceremonia.
Los calamars a la romana aparecen mucho. Cuando están bien hechos salen redondos y dorados, como monedas. También es habitual encontrar cargols a la llauna en temporada. Huelen a ajo y a fuego de leña desde la otra punta de la calle, igual que pasa cuando alguien enciende una barbacoa y todo el vecindario se entera.
De postre a veces aparecen los llamados “vitralls”, galletas de colores que imitan vidrieras. Sobre la mesa parecen pequeños cristales de iglesia, pero en versión merienda.
Cuánto tiempo dedicarle
Canet de Mar funciona mejor si lo tomas como una visita de medio día largo. Algo parecido a cuando vas a casa de un familiar que vive cerca del mar: charlas, comes, das un paseo y antes de que anochezca ya estás pensando en volver otro día.
Un plan que suele cuadrar bien es llegar antes de comer, subir al castillo con la temperatura todavía amable, bajar luego hacia la playa y mojarte los pies un rato. Después algo de comer y un paseo por el centro mirando fachadas.
Cuando cae la tarde y se encienden las farolas de la rambla, el pueblo se queda con un ritmo muy tranquilo. No pasa gran cosa, pero tampoco hace falta. Como esos sábados en los que no has hecho nada espectacular y, aun así, vuelves a casa con la sensación de haber aprovechado el día.