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sobre Mataró
Capital del Maresme con patrimonio romano y modernista y un activo puerto
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A las seis de la tarde, el sol baja y pega directo en los depósitos del puerto. El metal brilla como espejos rotos y el aire huele a diésel y a sal. En el muelle, algunos pescadores descargan cajas con gamba roja todavía húmeda. Son las de aquí, las de Mataró, las que luego aparecen en muchas cartas del Maresme con un precio que casi siempre se acepta sin discutir. Mientras tanto, en la plaza de Santa Anna, un chico cruza con la tabla de surf bajo el brazo y pasa por la línea del tren que fue la primera de la península. Barcelona queda a media hora larga, pero el pulso de la ciudad es otro: más de paseo junto al mar, más de barrio.
La ciudad que fue Iluro
Mataró no empieza en la playa, sino un poco más arriba. Hace unos dos mil años los romanos levantaron Iluro en una zona ligeramente elevada respecto a la costa. Hoy lo más visible es el yacimiento de Torre Llauder, a un paseo del centro. Quedan partes de la villa: mosaicos geométricos, restos de termas, el sistema de calefacción que hacía circular aire caliente bajo el suelo.
Suele ser un lugar tranquilo. A media mañana solo se oyen los coches lejanos de la ronda y el viento entre los pinos del recinto. A veces algún gato se estira sobre las losas templadas por el sol. Muchas piedras del centro histórico salieron de canteras cercanas del Maresme, una piedra clara y relativamente blanda que se trabaja con facilidad. Si caminas con calma por algunas fachadas antiguas todavía se ven bloques reaprovechados con inscripciones latinas medio borradas.
El rastro de Gaudí antes de todo lo demás
Mucho antes de que su nombre quedara asociado a Barcelona, Antoni Gaudí recibió en Mataró un encargo modesto: la nave de una cooperativa obrera. La Nau Gaudí, levantada en el siglo XIX, sigue en pie y hoy se usa como espacio expositivo.
Lo interesante no es tanto lo que alberga dentro como el propio edificio. Las arcadas de ladrillo forman una especie de esqueleto repetido que recuerda a ramas abiertas. La luz entra lateral, rebotando en el suelo rojizo. Es una obra temprana, cuando Gaudí todavía estaba probando ideas estructurales que luego llevaría mucho más lejos.
En distintos puntos de la ciudad también se conservan edificios modernistas de arquitectos del momento. Si te gusta esa arquitectura, merece la pena caminar sin rumbo por el centro y levantar la vista: balcones de hierro trabajado, cerámica vidriada, portales pesados de madera.
Mercado, cocina y olores de invierno
El mercado del Rengle ocupa un edificio modernista con estructura de hierro y grandes ventanales superiores. A primera hora entra una luz blanca que cae sobre los mostradores de pescado. El olor cambia según el día: a marisco, a bacalao en salazón, a hierbas frescas.
En invierno aparecen platos muy ligados a la zona, como el xató, una ensalada contundente con bacalao, escarola y una salsa espesa de frutos secos y ñoras. Se come despacio, con pan al lado para no dejar nada en el plato. En algunas casas aún se prepara ratafía de forma casera, macerando hierbas y nueces verdes durante semanas.
También circula una historia curiosa: la llamada coca de Mataró, conservada en un museo marítimo extranjero, que habría sido un exvoto marinero ofrecido tras sobrevivir a una tormenta. No es algo que se vea en las panaderías actuales, pero forma parte del imaginario marítimo de la ciudad.
Cuándo ir y cuándo esquivar multitudes
A finales de julio la ciudad cambia de ritmo. Llegan Las Santes, las fiestas mayores dedicadas a Santa Juliana y Santa Semproniana. Hay gigantes, música de calle y mucha pólvora. Durante varios días el centro se llena y el ruido se alarga bien entrada la noche. A quien le guste el ambiente festivo le resultará fácil mezclarse con la gente; quien busque calma probablemente preferirá otras semanas.
La ermita de Sant Simó, algo apartada del núcleo urbano, suele tener romerías populares en primavera. El camino sube entre pinos y antiguas casas de veraneo. Desde arriba el mar aparece plano, con el puerto al fondo y la línea del tren marcando la costa.
Un detalle práctico: la estación de cercanías queda prácticamente junto al paseo marítimo, así que llegar en tren evita bastantes vueltas. Si vienes en coche, lo más cómodo es dejarlo en alguna zona de aparcamiento amplia cerca de los equipamientos deportivos y bajar caminando hacia el mar.
En verano, las playas más cercanas al centro se llenan pronto, a veces antes de media mañana. Si buscas algo más de espacio conviene caminar un poco hacia los extremos. Y si quieres ver el puerto tranquilo, madruga: hacia las siete de la mañana regresan algunas barcas, las gaviotas discuten sobre las cajas de pescado y el olor del mar todavía domina sobre todo lo demás.