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sobre Palafolls
Municipio agrícola y residencial con un castillo en ruinas y arquitectura moderna
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El castillo de Palafolls se ve desde la carretera. Está ahí, encima del monte, como vigilando que nadie se escape por la C‑32. Basta con girar la cabeza mientras conduces, pero si quieres subir, deja el coche cerca del cementerio y empieza a caminar. Son unos minutos de subida por pista.
Las vistas compensan: el delta del Tordera, los invernaderos hacia la costa y, en días claros, la silueta del Montseny. El castillo es medieval y está protegido como bien patrimonial, pero no esperes torres enteras ni murallas de película. Quedan tramos de piedra, un patio y paneles que explican que desde aquí se controlaba la antigua vía entre Girona y Barcelona. Hoy lo que se ve moverse es el tráfico de las autopistas.
Lo que encontrarás (y lo que no)
El casco antiguo es pequeño. Un puñado de calles, algunas plazas y poco más.
La iglesia de Sant Genís aparece documentada muy pronto en los archivos medievales. La primitiva quedó en ruinas y está a unos minutos del núcleo actual. La parroquia que se usa hoy es la de Santa María, levantada a finales del siglo XIX por el arquitecto Miguel Garriga i Roca. Por fuera tira a neogótico; por dentro, lo normal en una iglesia de pueblo: bancos de madera, silencio y olor a cera.
Entre ambas queda la biblioteca municipal. Es un bloque de hormigón bastante rotundo, obra vinculada al arquitecto Enric Miralles. No intenta parecer antigua ni integrarse demasiado. A algunos les chirría; a otros les da igual mientras funcione, y suele funcionar bien. Si llueve, es buen sitio donde resguardarse un rato.
Comer sin darle muchas vueltas
No hay barrio gastronómico ni nada parecido. Hay bares y cafeterías repartidos por el centro y por las avenidas principales, como en cualquier pueblo de tamaño medio.
La cocina es la que toca en esta parte de Catalunya: butifarra con mongetes, algo de escalivada, bocadillos y pa amb tomàquet en casi todas las mesas. En días de fiesta es fácil ver coca de llardons. Menú de mediodía suele haber en varios sitios del pueblo, pensado más para gente que trabaja allí que para turistas.
Caminar por el entorno
Si te apetece andar, lo más sencillo es acercarte al río Tordera. Hay caminos agrícolas y senderos que siguen el curso del río varios kilómetros. El terreno es plano y se camina fácil entre campos, choperas y parcelas de cultivo.
No esperes miradores ni grandes hitos del camino. Es más bien un paseo tranquilo. Lleva agua porque no hay demasiados servicios por el camino. En verano los mosquitos aparecen al atardecer; en invierno el río baja oscuro y el aire huele a barro de las orillas.
Fiestas y días con más movimiento
La Festa Major suele celebrarse a principios de septiembre. Montan atracciones y un escenario para conciertos y orquestas en la plaza. El pueblo se llena bastante esos días.
El Carnaval es más doméstico: comparsas locales, disfraces hechos en casa y el entierro de la sardina para cerrar. También hay celebraciones ligadas a Sant Genís a finales de agosto, cuando aún queda gente de la costa moviéndose por la zona.
Si vienes justo en esas fechas, cuenta con más coches y más ruido de lo habitual.
Consejo directo
Palafolls se recorre rápido: castillo, paseo por el centro y poco más. En una mañana está visto.
El aparcamiento dentro del casco no sobra, así que suele ser más fácil dejar el coche en las avenidas de entrada y caminar unos minutos.
No hay estación de tren en el pueblo. La más cercana está en la zona de Malgrat, a varios kilómetros, así que toca taxi, bus o un buen paseo.
Si ya estás por el norte del Maresme, puede encajar como parada corta entre la costa y el interior del Tordera. Y ya. Palafolls es un pueblo normal que sigue con su vida mientras la mayoría pasa de largo hacia la playa. A veces eso también tiene su punto.