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sobre Vilassar de Dalt
Pueblo interior con castillo y parque acuático famoso
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El primer documento que menciona Vilassar de Dalt se suele fechar en 978. En ese momento el territorio dependía de la órbita condal de Barcelona, en una costa todavía expuesta a incursiones y a disputas de frontera. La torre del castillo, levantada aproximadamente un siglo antes según la tradición local, vigilaba el paso natural entre la franja litoral del Maresme y el interior del Vallès. La posición explica el asentamiento: control del camino y del territorio agrícola cercano.
La piedra que explica el pueblo
El castillo no responde a la imagen romántica que suele asociarse a la palabra. Es una fortificación funcional. Conserva tramos de muralla muy antiguos y una torre cilíndrica que sobrevivió a reformas posteriores, sobre todo entre los siglos XIII y XV. Desde el siglo XX está protegido como monumento histórico.
Dentro se conserva un archivo privado notable. Reúne miles de pergaminos y varios manuscritos medievales que documentan contratos, cultivos, censos y diezmos. Ese fondo permite seguir la vida cotidiana del lugar durante siglos. Más que el edificio en sí, lo valioso es esa continuidad documental.
La iglesia parroquial se levanta junto al castillo. La actual es posterior a la destrucción de la anterior durante la Guerra Civil. El edificio intenta mantener el volumen del templo gótico que existía antes, aunque el interior es mucho más sobrio. Esa ruptura histórica se nota en el centro del pueblo: el espacio religioso cambió, pero la plaza del castillo siguió siendo el punto donde se organiza la vida civil.
Un teatro con historia atlántica
En 1867 el municipio impulsó la construcción de un teatro. El proyecto fue de Rafael Guastavino, entonces al inicio de su carrera. Años después desarrollaría en Estados Unidos la técnica de bóveda tabicada que aparece en muchos edificios públicos de Nueva York o Boston.
El Teatre La Massa utiliza ese mismo sistema constructivo: bóvedas ligeras de ladrillo que trabajan por geometría más que por estructura metálica. El edificio es modesto en tamaño, pero el principio técnico es el mismo que Guastavino aplicaría después en obras mucho mayores. El teatro sigue activo y mantiene buena acústica, algo que ya se señalaba en las crónicas locales del siglo XIX.
El museo que nadie espera
En una casa modernista de comienzos del siglo XX se encuentra el Cau del Cargol. El nombre no es figurado. La colección reúne miles de caracoles y conchas procedentes de distintos lugares del mundo.
El origen está en la afición científica de Josep Antoni de la Ferrería, naturalista y coleccionista. Las vitrinas siguen organizadas de forma bastante directa: piezas clasificadas, etiquetas mecanografiadas y poca escenografía. El conjunto recuerda más a un gabinete de estudio que a un museo contemporáneo. También habla de una época en que el coleccionismo naturalista tenía cierta presencia en la burguesía del Maresme.
La apertura depende muchas veces del voluntariado local, así que conviene comprobar antes si está accesible ese día.
Cocina de interior con memoria marinera
Vilassar de Dalt está a pocos kilómetros del mar pero administrativamente quedó separado de la costa cuando Vilassar de Mar se constituyó como municipio en el siglo XIX. Aun así, la cocina local conserva platos vinculados a la tradición marinera.
Uno de ellos es el arròs a la marinera que todavía aparece algunos días en menús sencillos del pueblo. Suele prepararse con sepia, algún marisco y pescado conservado en aceite o confitado. El sofrito, como en buena parte de la comarca, incorpora ñora y tomate. Es una cocina doméstica más que de carta elaborada.
Caminar por el casco antiguo
El núcleo histórico de Vilassar de Dalt se recorre sin dificultad. La plaza del Castillo marca el centro. Desde allí parten varias calles estrechas que suben hacia la parte alta del pueblo.
La calle de la Creu conserva escalones muy gastados por el uso. En muchas casas se distinguen dos etapas constructivas: plantas bajas de piedra anteriores y pisos encalados que responden a reformas del siglo XIX, cuando las preocupaciones higiénicas cambiaron bastante la apariencia de los pueblos.
En la parte superior se encuentra la ermita de la Mare de Déu de Loreto, levantada en el siglo XVII según la tradición local. A partir de ese punto el camino entra en la Serralada Litoral. En pocos minutos el paisaje cambia a pinar mediterráneo y aparecen las primeras vistas abiertas hacia la costa.
También existe un pequeño recorrido señalizado alrededor del castillo que conecta varios edificios históricos del centro. Las placas explicativas son discretas y se limitan a indicar fechas y funciones.
Lo que conviene saber
El castillo suele abrir al público algunos fines de semana o en visitas organizadas por el ayuntamiento. Los horarios pueden variar, así que conviene consultarlos antes de ir.
El Cau del Cargol normalmente abre los sábados por la mañana y, a veces, también por la tarde si hay voluntarios disponibles. La entrada suele ser gratuita y se mantiene gracias a pequeñas aportaciones.
El casco antiguo tiene calles estrechas y cambios frecuentes de sentido. Si se llega en coche, resulta más sencillo aparcar en la parte baja del municipio y subir andando.
La fiesta mayor se celebra tradicionalmente alrededor de Sant Genís, a finales de agosto. Durante esos días el centro se llena bastante más de lo habitual.
Vilassar de Dalt no impresiona por tamaño ni por monumentos espectaculares. Lo interesante es cómo encajan sus piezas: la torre que controlaba el paso, el teatro decimonónico ligado a la emigración arquitectónica hacia América, un museo nacido del coleccionismo científico y un casco antiguo que todavía conserva la lógica del antiguo pueblo agrícola del Maresme.