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sobre Vilassar de Mar
Villa marinera famosa por su mercado de flor y planta ornamental
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Las cinco de la tarde en el Passeig Marítim y el sol baja lo justo para que las casas de pisos se vuelvan de color miel. Desde el banco donde estoy —el de la segunda fila, el que da a la arena— se oye el traqueteo del tren cada poco rato y llega olor a pinar desde detrás del paseo, mezclado con el chisporroteo de una paella en alguna terraza cercana. Vilassar de Mar tiene esa manera tranquila de mostrarse: primero el mar, luego las calles, y al final las historias que guarda el pueblo.
El rastro de los que volvieron con sacos de azúcar
En el siglo XIX este tramo del Maresme vio marcharse a muchos hombres rumbo a Cuba. Salían en barco desde la costa y algunos regresaban años después con dinero suficiente para levantar casas que todavía hoy rompen la línea baja del casco antiguo: fachadas altas, miradores redondos, balcones de madera pintada.
A ese conjunto se le suele llamar Ruta del Indiano. No hace falta mapa: basta con caminar desde la Riera hacia las calles del centro y levantar la vista. Aparecen detalles muy concretos —rejas de hierro con formas de palmera, azulejos de colores en los portales, galerías acristaladas orientadas al mar— que cuentan mejor que cualquier panel de dónde venía el dinero.
A finales de verano el pueblo suele dedicar un fin de semana a recordar ese pasado con una fiesta inspirada en aquella época. Las calles se llenan de ropa blanca, música y puestos de comida. Si te acercas, tómate tu tiempo para pasear a primera hora de la mañana, cuando todavía están montando las paradas y el olor a café tostado se mezcla con el del mar.
Un burro en el campanario y otras historias que aquí se cuentan sin bajar la voz
A los vecinos de Vilassar se les conoce como penjaases, “colgaburros”. El apodo viene de una anécdota antigua que todavía se repite entre risas: la historia de un burro que, según la tradición local, acabó izado hasta lo alto del campanario para que se comiera la hierba que crecía allí arriba.
Hoy el episodio se recuerda de forma simbólica durante las celebraciones de Sant Joan. La noche huele a pólvora de petardos y a coca recién horneada, y en la plaza se mezcla gente de todas las edades, muchos todavía con arena en los pies después de pasar el día en la playa.
La iglesia de Sant Joan es el centro de esa plaza. El edificio actual tiene partes reconstruidas después de la guerra, y si te acercas con calma se distingue la piedra más clara entre los muros antiguos. A pocos minutos caminando aparece la Torre d'en Nadal, una torre de vigilancia de época costera que todavía se mantiene en pie. Es lo bastante alta para que se vea desde el tren cuando la línea pasa junto al mar.
Flores, fresas y un mar que cambia de color según la hora
Detrás del paseo marítimo, tierra adentro, aparecen los invernaderos. Desde lejos parecen grandes túneles de plástico blanco apoyados sobre la tierra. En ellos se cultivan muchas de las flores que luego salen hacia mercados mayoristas de la zona.
Entre esos caminos de tierra todavía quedan pequeñas parcelas donde se plantan fresas del Maresme. En temporada no es raro ver cajas de madera junto a alguna carretera secundaria o a la entrada de un campo. Son pequeñas y no siempre salen perfectas, pero el sabor tiene ese punto ácido que recuerda a fruta de verdad.
El mar aquí no es azul brillante todo el día. A menudo tira a verde grisáceo, sobre todo por la mañana temprano, cuando la luz todavía llega baja y el agua parece más espesa. Si te apetece bañarte con calma, las primeras horas del día suelen ser las más tranquilas. Después, cuando llega el tren desde Barcelona y la playa se llena de familias, el ambiente cambia bastante.
Cuándo ir y cómo moverse por el pueblo
Vilassar funciona durante todo el año. En invierno el paseo queda casi vacío y el ruido del tren se escucha mucho más claro entre estación y estación. En verano, sobre todo los fines de semana, la playa y el centro se llenan rápido.
Si buscas un término medio, finales de primavera y principios de junio suelen ser buenos momentos: ya hace calor suficiente para acercarse al agua y el pueblo mantiene un ritmo bastante cotidiano.
El centro se recorre bien andando. Las calles cercanas a la Riera y a la plaza de la iglesia son estrechas y con bastante tráfico local, así que si vienes en coche conviene dejarlo cerca de la estación o en las zonas de aparcamiento próximas al paseo y seguir a pie.
Al caer la noche, la Torre d'en Nadal queda recortada contra el cielo oscuro. Desde allí la costa se ve como una línea de luces que sigue el tren hacia Barcelona. Cuando pasa el último convoy de la tarde, el ruido metálico se aleja y el paseo vuelve a quedarse en silencio, con ese olor a sal húmeda que se queda pegado a la piel incluso después de volver a casa.