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sobre Masquefa
Municipio en crecimiento con el centro de recuperación de anfibios y reptiles
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Las campanas de Sant Pere de Masquefa dan las ocho de la mañana mientras el sol todavía pelea con la boira que a veces se descuelga desde las viñas del Penedès. En un bar ya hay movimiento: café corto, pan tostado, el murmullo de dos hombres que comentan el precio de la uva de este año. La camarera limpia la barra de formica con un trapo húmedo mientras escucha sin levantar demasiado la vista. A esa hora el pueblo se mueve despacio, como si aún no hubiera decidido si es un lugar de campo o un barrio lejano de Barcelona.
Masquefa no es un sitio de postal. Es más bien un cruce de caminos donde la vida cotidiana —tren, trabajo, huertos, naves industriales— convive con restos de un pasado más rural que todavía se adivina en los márgenes.
Un pueblo estirado a lo largo del camino
Caminar por Masquefa es seguir una vía que durante siglos fue paso entre el interior y Barcelona. El casco antiguo no se organiza alrededor de una gran plaza clara y ordenada; las calles se estiran siguiendo el antiguo camino, con casas que parecen haberse ido colocando donde cabían.
La iglesia de Sant Pere i la Santa Creu se levanta justo donde la calle se abre un poco más. La piedra cambia de color según la hora: gris por la mañana, casi dorada cuando el sol cae hacia Montserrat. Dentro suele haber ese olor frío de las iglesias antiguas, mezcla de cera gastada y humedad. Algunas paredes conservan restos de pintura que obligan a acercarse mucho para distinguir las figuras.
Desde los puntos algo más altos del pueblo se ve bien el paisaje de la Anoia: parcelas de cultivo, masías aisladas y, cada vez más cerca, urbanizaciones que han ido creciendo en las últimas décadas. El tren sigue marcando el ritmo diario. Por la mañana salen convoyes hacia Barcelona cargados de gente que trabaja fuera; al final de la tarde vuelven con el mismo cansancio silencioso de cualquier línea de cercanías.
Si vienes en coche, conviene aparcar en las calles más exteriores y entrar andando. El centro se recorre rápido y así evitas dar vueltas innecesarias.
Cuando la industria cambió el olor del aire
Durante buena parte del siglo XX, una fábrica textil situada en el pueblo alteró la vida diaria de Masquefa. Era un edificio grande, de ladrillo y ventanales amplios, pensado para aprovechar al máximo la luz natural. Mucha gente de la zona acabó trabajando allí.
Quienes vivieron aquella época recuerdan el sonido del silbato que marcaba los turnos y el olor químico que a veces se quedaba suspendido en el aire. El pueblo dejó de depender solo del campo: aparecieron horarios fijos, salarios regulares, otra forma de organizar el día.
Hoy ese espacio se utiliza para actividades municipales. Aulas, biblioteca, instalaciones deportivas. Si te fijas al subir las escaleras o mirar el techo de algunas salas todavía aparecen rastros de la fábrica: ganchos metálicos, vigas gruesas, el suelo que cruje con cada paso.
Lo que sale del horno a mediodía
A media mañana empieza a oler a masa caliente en el centro del pueblo. En los hornos tradicionales siguen preparando cocas saladas con verduras asadas: pimiento, berenjena, cebolla bien tostada. La masa es fina y crujiente por los bordes, algo más blanda en el centro.
Es comida de paso: se compra, se dobla en un trozo de papel y se come caminando o sentado en cualquier banco. Durante años fue también la comida rápida de quienes salían de trabajar de la fábrica o del campo.
Los fines de semana, en los restaurantes de carretera de los alrededores, las parrillas suelen estar encendidas desde pronto. El humo de encina se mezcla con la humedad de la mañana y deja ese olor persistente a carne a la brasa que se queda en la ropa.
Un centro dedicado a reptiles y anfibios
A las afueras está el CRARC, el Centro de Recuperación de Anfibios y Reptiles de Cataluña. Aquí llegan tortugas, lagartos y serpientes que han sido recogidos por agentes rurales o particulares.
En algunas salas mantienen tortugas mediterráneas en terrarios preparados para que puedan hibernar y recuperar comportamiento natural antes de ser liberadas. También trabajan con incubación de huevos y con programas de reintroducción en distintos puntos de Cataluña.
La visita suele ser tranquila y bastante pedagógica. No es un zoológico: el enfoque está más en explicar cómo viven estos animales y por qué muchos acaban en problemas cuando alguien los recoge del campo o los mantiene en casa.
Cuándo acercarse
La primavera es cuando el paisaje alrededor de Masquefa se ve más vivo. Los campos de cultivo empiezan a cambiar de color y el aire todavía no tiene el calor seco del verano. Para caminar por los caminos rurales de alrededor es el momento más agradecido.
En verano, sobre todo en agosto, el pueblo baja mucho el ritmo. Muchas persianas quedan cerradas y la actividad se desplaza hacia las urbanizaciones cercanas o hacia la costa.
El inicio del otoño tiene algo especial: durante la vendimia el ambiente de los pueblos vecinos del Penedès se cuela también aquí. En algunos patios y pequeños espacios agrícolas aún se ven remolques llenos de uva y se nota en el aire ese olor dulzón del mosto recién prensado.
Al caer la noche, cuando el último tren del día se marcha y el tráfico de la carretera se apaga un poco, Masquefa vuelve a un silencio más antiguo. Quedan las luces de algunas ventanas, un perro que ladra a lo lejos y el sonido ocasional de un coche atravesando el pueblo camino de otro sitio. Aquí la vida sigue ese ritmo intermedio: ni completamente rural, ni del todo urbano. Un lugar de paso donde, si te quedas un rato más, empiezan a aparecer los detalles.