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sobre Castellterçol
Villa histórica cuna de Enric Prat de la Riba rodeada de bosques
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El turismo en Castellterçol tiene algo de excursión improvisada. Sabes cuando sales de Barcelona sin demasiadas expectativas, pensando más en estirar las piernas que en descubrir nada concreto. Pues suele empezar así. Dejas atrás el Vallès, el coche empieza a subir poco a poco y el aire cambia. No sé si es pino, romero o simplemente que hay menos coches, pero huele a campo de verdad. Y Castellterçol va bastante de eso.
El pueblo que olía a lana antes que a turista
Castellterçol es de esos sitios que mucha gente descubre casi por accidente. Durante años el Moianès ha sido para muchos poco más que ese territorio entre Barcelona y Manresa por el que pasas sin parar. Hasta que un día alguien menciona unas neveras de hielo y acabas aquí un domingo.
Lo curioso es que este pueblo, que hoy parece tranquilo y bastante a su aire, tuvo una industria textil potente. Durante siglos la lana movía buena parte de la economía local, y llegó a tener más peso del que uno imaginaría viendo el tamaño del sitio.
Al llegar, una de las primeras referencias es la iglesia de Sant Fruitós. Tiene ese aspecto robusto de muchas iglesias catalanas de pueblo grande: piedra seria, volumen considerable y esa sensación de que siempre ha estado ahí vigilando la plaza. Das una vuelta por el centro, miras un par de calles que suben y bajan sin demasiado orden y piensas algo muy normal aquí: “vale, ¿por dónde empiezo?”
Porque Castellterçol no te lanza los monumentos a la cara. Es más de ir encontrándolos.
Los pozos que guardaban el invierno
La excusa más habitual para venir son las neveras de hielo. Dicho así puede sonar raro, pero cuando las ves se entiende mejor.
No son pozos al uso. Son estructuras grandes, de piedra, excavadas en el terreno y pensadas para almacenar hielo durante meses. En invierno se recogía hielo de balsas o zonas donde se helaba el agua, se compactaba dentro y luego se cubría para que aguantara hasta el verano. Desde aquí se transportaba a ciudades cercanas, donde ese hielo tenía bastante valor.
Hoy se puede hacer una ruta a pie que conecta varias de estas neveras por el bosque. Son unos cuantos kilómetros tranquilos, de esos que haces charlando más que mirando el reloj.
Te aviso de algo: después de ver dos o tres, empiezan a parecerse bastante entre ellas. Pero el paseo merece la pena. Si el día está nublado o con niebla baja, el bosque tiene un punto misterioso que le va muy bien al plan.
Consejo práctico: lleva agua o algo de comer. No es una ruta donde vayas encontrando servicios cada cinco minutos.
El castillo que da nombre al pueblo
Si miras el nombre del pueblo, lo lógico es pensar que habrá un castillo. Y sí, lo hay.
El Castell de Castellterçol está en una pequeña elevación cerca del núcleo urbano. La parte menos emocionante es que es una propiedad privada, así que no se puede visitar por dentro. Lo que sí se puede es acercarse hasta la zona y ver las murallas exteriores y la silueta del conjunto.
El origen del castillo se remonta a la Edad Media, y el nombre del pueblo parece venir de un personaje llamado Terciol o Terçol, relacionado con la zona en los primeros siglos de la repoblación. Los detalles exactos cambian según la fuente, pero la idea general es esa.
Desde el centro la subida es corta y bastante llevadera. De esas que luego te sirven de excusa para el aperitivo.
Cuando el pueblo gira alrededor del cerdo
Si coincides con la época buena del invierno, Castellterçol cambia bastante el ambiente. La Festa Major d’Hivern y la feria vinculada a Sant Fruitós suelen celebrarse hacia finales de enero y llenan el pueblo de puestos y movimiento.
Aquí el protagonista suele ser el cerdo y todo lo que sale de él. Embutidos, elaboraciones tradicionales y bastante producto de la zona. También aparece la trufa negra cuando es temporada, que en esta comarca tiene bastante tradición.
Otra costumbre conocida es la escudella popular que preparan en carnaval. Es una de esas ollas enormes que se hacen entre vecinos y que, más allá de la receta, tiene gracia por el ambiente que se monta alrededor.
El Museu del Pagès, mucho más interesante de lo que parece
El Museu del Pagès suena, sobre el papel, a parada rápida. Pero suele acabar siendo de lo más curioso de la visita.
Está instalado en una masía antigua y explica cómo era la vida rural de la zona antes de que llegaran las comodidades modernas. Herramientas agrícolas, espacios de trabajo, la cocina tradicional… cosas que ayudan a entender cómo funcionaba el campo en esta parte de Catalunya no hace tanto tiempo.
Sales de allí con la sensación de que nuestros abuelos vivían con bastante menos espacio, bastante más trabajo físico y mucha más paciencia.
Y un detalle: en el pueblo es fácil encontrar productos hechos aquí o en pueblos cercanos. Si ves pan de almendra o dulces parecidos en alguna tienda, merece la pena probarlos.
Mi verdad sobre Castellterçol
Castellterçol no es el típico destino de foto rápida y lista de monumentos. Es más bien un pueblo para caminar un rato, comer bien y curiosear sin prisa.
Las calles suben y bajan, las casas son de piedra y el ritmo es bastante tranquilo. Hay momentos en los que parece que no pasa nada… y justamente esa es parte de la gracia.
Si vienes con la idea de hacer la ruta de las neveras, comer algo por el pueblo y dar una vuelta por el centro, el plan encaja bien en un día.
Y si todavía te quedan ganas de caminar, por los alrededores hay varios caminos que suben hacia ermitas y miradores. El santuario de Sant Julià d’Úixols, por ejemplo, queda en una zona elevada desde la que se ve bien todo el entorno del Moianès. La subida tiene su trabajo, sobre todo después de comer, pero las vistas ayudan a olvidarte del esfuerzo.
No es París ni pretende serlo. Pero para un domingo de aire limpio y botas de caminar, Castellterçol funciona bastante bien.