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sobre Monistrol de Calders
Pueblo tranquilo rodeado de rieras y formaciones rocosas curiosas
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El olor a tierra mojada llega desde las huertas junto al río, mezclándose con el aroma de la leña quemada en alguna chimenea matinal. Monistrol de Calders se despierta así, con el valle aún en sombra y el primer sol tocando solo los tejados rojizos del anfiteatro de casas. Este pueblo del Moianès, de poco más de setecientas personas, tiene esa escala que permite oír conversaciones desde la calle y ver quién sale a comprar el pan.
A unos diez kilómetros de Moià, el municipio se reparte entre el pequeño núcleo urbano y un entorno rural de masías, campos y bosque mediterráneo. Los fines de semana cambia su ritmo, con la llegada de excursionistas desde el Vallès o Barcelona. En verano, el calor del interior catalán se hace denso a mediodía. Para caminar, conviene madrugar o esperar a la tarde, cuando el aire se mueve de nuevo entre los árboles.
El núcleo antiguo y la iglesia de Sant Pere
El centro gravita alrededor de la iglesia parroquial de Sant Pere de Monistrol de Calders. No es un edificio llamativo; su base es románica, pero reformas posteriores han ido modificando su silueta a lo largo de los siglos. Se integra entre las casas, como una más.
Caminar por estas calles requiere mirar hacia abajo y hacia los lados. Aparecen dinteles de piedra con fechas borrosas, portones de madera que esconden patios interiores, muros gruesos de piedra y cal que aún guardan el frescor nocturno hasta bien entrada la mañana. El pueblo está pegado al río Calders, y tras una buena lluvia, el rumor del agua llega hasta las últimas casas.
Masías, campos y bosque del Moianès
El paisaje alrededor tiene la paleta cambiante del Moianès. Campos de cereal que pasan del verde intenso en abril al dorado pajizo de julio. Manchas de bosque mediterráneo donde la encina y el pino dan sombra irregular. Entre ellos, masías dispersas: algunas con geranios en los balcones, otras con tejados vencidos y zarzas trepando por los muros.
En primavera, los márgenes de los caminos se llenan de amapolas y margaritas. A finales de agosto, el polvo se levanta en nubecillas tras cada paso, y el aire huele a tomillo seco y tierra caliente.
Las ruinas del castillo de Calders
Sobre una colina cercana permanecen los restos del castillo de Calders. Quedan trozos de muralla y algunos arranques de muro que dibujan la planta de lo que fue. La subida se hace por senderos o pistas; lleva calzado que agarre bien, porque hay tramos con piedra suelta.
La vista desde arriba explica la ubicación: un dominio claro del valle y las rutas que lo atraviesan. Se ven las colinas redondeadas, los campos como un mosaico y los pequeños pueblos pegados a las laderas.
Caminos tranquilos entre pueblos cercanos
Varias pistas rurales salen del pueblo hacia Calders o Santa Maria d’Oló. Son recorridos habituales para senderismo o bicicleta, con desniveles suaves que atraviesan bosque claro y extensiones abiertas de cultivo.
No hace falta un mapa exhaustivo. Basta seguir una pista, cruzar una riera seca en verano y volver por otro camino. Al atardecer, la luz rasante acentúa los surcos de los campos y alarga las sombras de los árboles solitarios. Si vienes en julio o agosto, las horas entre las doce y las cuatro son duras para caminar. Hay largos tramos sin sombra.
Fiestas y calendario local
La fiesta mayor gira en torno a Sant Pere, a finales de junio. Es cuando el pueblo se llena más: música en la plaza, mesas largas para comer al aire libre y caras que no se ven el resto del año. En enero llega Sant Antoni, con la bendición de animales y la tradición del tronc: una costumbre agrícola que aún mantienen algunas familias.
Monistrol no es un destino preparado para el turismo masivo. La gente viene a pasar el día caminando, a recorrer las carreteras secundarias del Moianès o a sentarse en un banco junto al río. Desde Barcelona se tarda algo menos de una hora en coche, por eso muchos llegan temprano con la mochila y se van antes del anochecer.