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sobre Sant Quirze Safaja
Pueblo en un entorno de riscos y bosques con el espacio de San Miguel del Fai
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A primera hora, cuando aún no pasan coches por la carretera que cruza el término, Sant Quirze Safaja suena sobre todo a hojas moviéndose y a algún perro que ladra a lo lejos. El aire suele bajar fresco desde el bosque. El pueblo está a unos 600 metros de altura y queda rodeado de encinas y robles que cubren buena parte de las laderas.
El turismo en Sant Quirze Safaja tiene más que ver con caminar despacio por estos caminos que con buscar monumentos. Es un municipio pequeño del Moianès, con algo más de seiscientos habitantes, y la vida diaria gira alrededor de casas dispersas, huertos y pistas forestales que entran y salen del bosque.
Barcelona queda a alrededor de una hora en coche. Esa distancia se nota. Aquí no hay tráfico continuo ni calles llenas de gente. En días despejados, desde algunos claros del término se alcanzan a ver perfiles lejanos del Montseny y, hacia el sur, la silueta dentada de Montserrat.
La iglesia y las masías dispersas
La iglesia de Sant Quirze i Santa Julita se levanta cerca del centro del núcleo. El edificio mezcla partes antiguas con añadidos posteriores. Los muros de piedra son sobrios, casi lisos, y el campanario se ve desde varios puntos del pueblo cuando se abre el paisaje entre las casas.
Buena parte del término está ocupado por masías repartidas por colinas suaves. Algunas quedan a la vista desde los caminos rurales: muros gruesos, portales anchos y tejados de teja curva. Muchas siguen habitadas y funcionan como viviendas privadas, así que lo normal es observarlas desde la pista o desde el sendero.
El paisaje alrededor es el típico del Moianès: bosque mediterráneo denso, claros donde aparecen campos y barrancos poco profundos. Después de varios días de lluvia, el olor a tierra húmeda se queda bastante tiempo en el aire, sobre todo por la mañana.
Caminar por los bosques del Moianès
Los caminos que rodean Sant Quirze Safaja son cortos y bastante llevaderos. Algunos conectan masías entre sí; otros se internan en el bosque y terminan en pistas más anchas usadas por vecinos y trabajos forestales.
En otoño el suelo se cubre de hojas de roble y encina. El color del bosque cambia durante unas semanas y el suelo cruje al andar. Es también la época en la que más gente sale a buscar setas. Conviene informarse antes sobre las normas de recolección que aplica la zona y evitar remover el suelo fuera de los senderos.
Quien camine temprano puede ver rapaces planeando sobre los claros. Ratoneros y otras aves similares suelen aprovechar las corrientes de aire cuando el sol empieza a calentar las laderas.
Un pueblo pequeño y sus fiestas
En agosto suele celebrarse la fiesta mayor. Durante unos días la plaza concentra la mayor parte del movimiento del pueblo: música, comidas colectivas y actividades organizadas por los propios vecinos.
La festividad de Sant Quirze, en junio, mantiene un carácter más local. Es habitual que participen familias que tienen raíces aquí aunque ya vivan en otras poblaciones cercanas. En pueblos de este tamaño esas fechas siguen funcionando como punto de encuentro anual.
Cómo llegar y cuándo ir
La forma más habitual de llegar desde Barcelona es subir por la C‑17 hasta la zona de Centelles y después enlazar con la C‑59 en dirección a Moià. Desde allí salen carreteras secundarias que conducen a Sant Quirze Safaja en pocos minutos.
El coche es casi necesario para moverse por la zona. Muchas masías y senderos quedan lejos del pequeño núcleo y el transporte público es limitado.
Si buscas caminar por el bosque, el otoño y la primavera suelen ser los momentos más agradables. En verano algunas pistas quedan muy expuestas al sol durante las horas centrales del día, y en invierno la humedad del bosque puede hacer que ciertos tramos estén resbaladizos tras varios días de lluvia.
Sant Quirze Safaja no gira alrededor de grandes monumentos. Lo que hay son caminos tranquilos, casas aisladas entre encinas y esa sensación de estar en un lugar donde el ritmo lo marcan el bosque y las estaciones. Aquí el plan suele ser sencillo: aparcar, echar a andar y ver hasta dónde llega el sendero.