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sobre Molins de Rei
Villa histórica junto al Llobregat famosa por su Feria de la Candelaria
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El nombre de Molins de Rei viene de los molinos harineros que funcionaron aquí desde la Edad Media. El río Llobregat, justo antes de llegar a su delta, se ensancha en este punto. Ese remanso natural ofrecía la fuerza motriz necesaria. En 1188, Alfonso II de Aragón concedió el permiso para construirlos, un hecho que ligó para siempre la vida del pueblo al curso del agua y al camino real hacia Barcelona.
Durante siglos, la economía local se sostuvo en esa tríada: el caudal del río, la fertilidad de la huerta y el tránsito constante de personas y mercancías.
El puente que definió un cruce
El Pont Vell, terminado en el siglo XVIII bajo el reinado de Carlos III, cristaliza la importancia estratégica del lugar. Formaba parte del camino real que unía Madrid con Barcelona, y durante generaciones fue el paso obligado sobre el Llobregat en esta zona. Su estructura de cinco arcos de medio punto en sillares resiste el tiempo, aunque el tráfico ahora discurra por otros puentes.
Quedarse un momento en él permite entender la geografía. En uno de sus pilares, una marca recuerda el nivel que alcanzó el agua durante la riada de 1962, un episodio que arrasó huertas y talleres y dejó una huella profunda en la memoria del valle.
Huerta, fábricas y la memoria del trabajo
El paisaje del Baix Llobregat se transformó con la llegada del Canal de la Infanta a principios del siglo XIX. La irrigación intensificó la agricultura y Molins de Rei quedó literalmente rodeado de huerta. Aún hoy, entre el casco urbano y el río, persisten parcelas delimitadas por márgenes de piedra seca donde se cultivan verduras.
La revolución industrial llegó más tarde, en el último tramo del mismo siglo. Varias fábricas textiles se instalaron junto al río para aprovechar su energía. Algunas de sus naves, reconvertidas, siguen en pie. Barrios como el de la Plaça de Palau conservan la traza y el ambiente de aquella época obrera, donde vivían jornaleros de la huerta y operarios de las fábricas.
La Candelera, un ritmo agrícola
La Fira de la Candelera se celebra a principios de febrero desde hace más de doscientos años. Su origen es puramente agrícola y ganadero: era el momento de abastecerse de herramientas, animales y simiente para la temporada. Aunque ha crecido hasta ocupar gran parte del centro urbano, no ha perdido del todo su carácter. Entre sus paradas aún es posible encontrar productos vinculados a la horticultura local, un vestigio del pasado rural que dominaba el ritmo anual del pueblo.
La perspectiva desde Olorda
Al oeste del municipio se alza el Puig d’Olorda, una elevación de unos 400 metros que pertenece a la sierra de Collserola. Subir hasta su cima por los caminos históricos que comunicaban el valle con el interior proporciona la clave geográfica. Desde allí se abarca la vista completa: la llanura aluvial cultivada, el tejido urbano de Molins de Rei y, hacia el noroeste, la silueta inconfundible de Montserrat. Esta panorámica explica por qué este emplazamiento fue durante siglos un nudo de comunicaciones.
Un paseo por Molins de Rei no requiere mucho tiempo. El centro histórico es compacto. Caminar desde el Pont Vell hasta la iglesia de Sant Miquel, observando las trazas del río y los vestigios de la antigua vía real, basta para leer las capas de su historia. Todo parte, siempre, del Llobregat.