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sobre Montgat
Puerta del Maresme con tradición marinera y la subasta de pescado cantada
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Montgat es como ese vecino que vive en el mismo portal que tú desde hace años y solo saludas de pasada. Está ahí, pegado a Barcelona, con tren cada poco rato, y casi nadie se baja. Hasta que un día lo haces por casualidad y descubres que el tipo este que tenías al lado guarda una playa bastante tranquila, un rincón de pescadores que todavía huele a mar y no a paella recalentada, y una pequeña lonja donde el pescado cambia de manos con bastante más movimiento del que uno esperaría en un sitio tan pequeño.
El pueblo que no quería ser barrio
La historia de Montgat se parece a la de alguien que decide independizarse aunque sea en un piso pequeño. Durante siglos fue parte de Tiana y no se convirtió en municipio propio hasta el siglo XX. El término municipal es diminuto —apenas unos pocos kilómetros cuadrados— y eso se nota: en Montgat todo queda cerca.
La estación de tren tiene bastante que ver con cómo creció el pueblo. La línea que pasa por aquí forma parte del primer ferrocarril de la península, el que unía Barcelona con Mataró a mediados del XIX. La estación es pequeña, casi de maqueta, con esa estética de edificio ferroviario antiguo que hoy cuesta encontrar. Cuando la ves desde el andén parece más un decorado que una parada de cercanías.
Donde los barcos se quedan en la arena
Una cosa curiosa de Montgat es que no tiene puerto deportivo. Aquí las barcas siguen entrando directamente por la playa y se sacan con raíles y rodillos, un sistema bastante antiguo que aún se usa en algunos puntos del Mediterráneo.
A veces se puede ver cómo llega el pescado y cómo se mueve en la lonja local, uno de esos espacios funcionales, casi industriales, donde todo gira alrededor del género del día. No siempre es fácil coincidir con el momento de actividad, pero si pillas movimiento entiendes rápido cómo ha funcionado este tramo de costa durante generaciones.
La playa que usan los que viven cerca
La playa de Montgat no es la típica imagen de catálogo. La arena es más bien gruesa y el agua cambia bastante según el día y el temporal. Pero tiene una ventaja clara: suele estar menos apretada que muchas playas cercanas a Barcelona.
En verano viene bastante gente de los barrios cercanos, claro, pero aun así no suele tener esa sensación de toalla sobre toalla que aparece en otros puntos del litoral. Y fuera de temporada se queda casi vacía, con el tren pasando detrás y los pescadores preparando las barcas.
La ermita en la colina
Si te alejas un poco del paseo marítimo y subes hacia la parte alta aparece la ermita de Sant Martí. Es un edificio muy antiguo, de origen medieval, con muros gruesos y ese aspecto sobrio típico del románico rural.
Desde la zona de la ermita se abre bastante la vista: el mar a un lado, los bloques de Badalona hacia Barcelona y toda la franja del Maresme estirándose hacia el norte. Con el tren pasando junto a la costa cada pocos minutos, el contraste entre paisaje antiguo y vida diaria es bastante curioso.
Cuando bajar del tren tiene sentido
Montgat no es un destino al que la gente organice un viaje largo. Es más bien una pausa entre Barcelona y otros pueblos del Maresme. Pero precisamente por eso mantiene un ritmo bastante normal: vecinos paseando al perro, gente que baja a la playa después del trabajo, pescadores preparando las barcas.
Mi consejo es sencillo: bájate del tren y camina sin prisa. Mira la zona de las barcas, acércate al paseo marítimo y luego sube hacia la parte alta del pueblo. En un rato lo has recorrido casi todo.
Y al volver al andén, con el tren llegando en unos minutos, te das cuenta de algo: llevabas años pasando por aquí camino de otros sitios y nunca habías probado a bajar. A veces un sitio tan pequeño solo necesita eso.