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sobre Olèrdola
Destaca por el conjunto monumental de Olèrdola con restos íberos y medievales
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Olèrdola es como ese primo que solo ves en los funerales: lleva siglos ahí, tiene historias para aburrir, pero nadie le pregunta nunca. Yo fui el primero de mi grupo de amigos en visitar Olèrdola y cuando lo conté me miraron como si hubiera dicho que me había apuntado a ajedrez.
“¿Olèrdola? ¿Eso no es donde hacen el cava?”
No exactamente. Eso pasa un poco más abajo, en la plana. Aquí arriba la cosa va de rocas, murallas y de mirar el Penedès desde un sitio donde lleva viviendo gente más de dos mil años.
La piedra que fue capital
Subí en coche hasta el aparcamiento del conjunto arqueológico un sábado de primavera. Desde Barcelona es un rato corto por la C‑15, pero el paisaje cambia rápido: empiezan los viñedos y te entra esa sensación de “a ver si el GPS se ha liado”.
La colina de Sant Miquel aparece de golpe. No es una montaña espectacular, pero domina toda la llanura del Alt Penedès. Desde arriba se entiende enseguida por qué los íberos se instalaron aquí hace unos 2.500 años. Luego llegaron los romanos, y siglos después, en el X, los condes de Barcelona levantaron una ciudad fortificada que durante un tiempo tuvo bastante peso en la zona.
Hoy lo que queda es un recinto arqueológico grande, con murallas, restos de viviendas y varios puntos desde los que se ve medio Penedès. El castillo suele estar en trabajos de restauración por fases —algo bastante habitual en este tipo de sitios—, así que es posible que algunas partes no se puedan visitar cuando vayas. Aun así, caminar por la muralla ya merece la subida. Te da la sensación de estar en un balcón natural sobre viñas.
Sant Miquel, la iglesia que se resiste a desaparecer
En medio del recinto está la iglesia de Sant Miquel. Es de esas construcciones que parecen empeñadas en seguir en pie pase lo que pase. Se levantó en el siglo X, sufrió ataques en época andalusí y fue reconstruida a finales del mismo siglo.
Por dentro es sobria, piedra desnuda y silencio. Ese olor a edificio antiguo que mezcla humedad, polvo y siglos acumulados.
En el exterior hay varios sarcófagos medievales excavados en piedra. Algunos visitantes se sientan allí a descansar, algo que según comentan es bastante habitual entre la gente del pueblo cuando sube a pasear. Resulta curioso pensar que esos bloques de piedra llevan ahí casi mil años y ahora hacen de banco improvisado.
Durante muchos siglos esta iglesia fue la parroquia del lugar. Con el tiempo, cuando la zona se volvió más segura y la vida se fue trasladando a la llanura, la población abandonó la colina y las parroquias se movieron también. Olèrdola quedó como un recuerdo de lo que había sido.
El Penedès visto desde arriba
Después de bajar del yacimiento me moví por las carreteras pequeñas que cruzan el municipio. Aquí el paisaje cambia: casas dispersas, campos de viña y pueblos pequeños repartidos por la plana.
Si te apartas un poco de las carreteras principales encuentras caminos agrícolas que serpentean entre viñedos. No siempre están señalizados como rutas formales, pero muchos se pueden recorrer caminando sin problema. Es ese tipo de paseo tranquilo donde lo único que oyes es el viento y algún tractor a lo lejos.
En días claros, desde algunos puntos elevados se distingue incluso la silueta de Montserrat en el horizonte, recortando el cielo de forma inconfundible.
Lo que realmente vas a encontrar en Olèrdola
El municipio no funciona como un destino turístico clásico. La vida diaria gira más alrededor de los pueblos de la llanura y de la actividad agrícola que del visitante que llega a ver ruinas.
Por eso aquí no hay calles llenas de tiendas ni colas para entrar en monumentos. El pequeño museo arqueológico está junto al yacimiento y ayuda a entender lo que estás viendo cuando paseas por la colina, pero el protagonismo real lo tienen las piedras, el paisaje y el silencio.
Mi consejo: sube por la mañana, recorre el recinto sin prisa y siéntate un rato en la muralla a mirar las viñas del Penedès. No necesitas mucho más. A veces los sitios funcionan mejor así, sin demasiada escenografía alrededor.