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sobre Alpens
Pueblo de montaña conocido por su tradición en la forja y sus calles empedradas con encanto
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A las siete de la mañana, la plaza de Alpens está fría y en sombra. El sol tarda en llegar aquí, detenido por la línea de pinos al este. Se oye el golpe de una puerta de madera, el motor de un tractor que se pone en marcha. El turismo en Alpens no es un espectáculo; es la sensación de llegar a un lugar que no espera a nadie.
El pueblo se encuentra en el límite norte de Osona, donde el mapa comienza a arrugarse hacia el Ripollès. Para llegar hay que desviarse y subir, dejando atrás el ruido de la carretera principal. La curva final revela un núcleo compacto, tejados de pizarra oscura sobre muros de mampostería. Viven aquí poco más de doscientas personas.
Las calles y la iglesia de Sant Pere
Las calles son cortas, con pendientes suaves. La piedra de las fachadas no es decorativa; es gruesa, con juntas profundas. Por la mañana tiene un tono gris azulado, que se calienta a un color terroso cuando la luz de la tarde la alcanza. Las puertas son de madera robusta, las ventanas pequeñas.
La iglesia de Sant Pere se levanta en el centro, con la severidad del románico rural. Sus muros son macizos, con pocos vanos. Dentro, el aire huele a piedra y a cera antigua. La plaza que la rodea es el punto desde donde todo parte: las conversaciones breves entre vecinos y los caminos que se pierden entre los prados.
El paisaje tras las últimas casas
Basta cruzar la última calle para que el pueblo termine. Ahí empiezan los prados inclinados, delimitados por vallas de madera ya gastada, y los bosques de pino que trepan por las lomas. Entre ellos se ven masías, algunas con humo saliendo de la chimenea incluso en mayo.
Estas construcciones tienen un peso visual distinto: paredes anchas, techos bajos y pesados, diseñados para aguantar el viento que baja del norte. En enero, la niebla se instala en los valles y no se mueve hasta mediodía. En agosto, el aire carga el olor dulzón de la hierba segada y la resina caliente.
Caminar sin prisa
Desde los bordes del pueblo salen senderos que siguen el trazado viejo de los payés. Cruzan arroyos por piedras planas y pasan junto a campos ahora en barbecho. No siempre hay señalización clara; conviene tener una referencia o preguntar en el pueblo si se planea una ruta larga.
En una hora andando se alcanzan algunas lomas desde donde la vista se abre hacia el norte de Osona. Hacia el norte, en días despejados tras la lluvia, el horizonte muestra una silueta más áspera, lejana: son los primeros contrafuertes pirenaicos. Si ha llovido, varios tramos se convierten en un barro pegajoso y resbaladizo, especialmente en las pistas forestales.
Sobre dos ruedas
Las carreteras comarcales que serpentean alrededor tienen poco tráfico. Son estrechas, con curvas cerradas que obligan a reducir la velocidad y a fijarse en el bosque que casi roza el asfalto.
Es común ver ciclistas de carretera encarando las subidas constantes, breves pero exigentes. Para la bicicleta de montaña hay pistas forestales que atraviesan zonas boscosas, aunque tras lluvias persistentes la tierra se vuelve blanda y pesada.
Los ritmos del año
Durante meses, Alpens se mueve con la cadencia lenta de un núcleo pequeño. El ambiente cambia ligeramente en verano y durante sus fiestas, cuando regresan familias con raíz aquí.
La fiesta mayor suele ser a finales de agosto. Hay música en la plaza y una cena comunal. En invierno se mantienen algunas celebraciones del calendario religioso, intimistas, pensadas para quien vive aquí todo el año.
Si buscas ver el pueblo con más movimiento, esos últimos días de agosto son un buen momento. Si lo que quieres es caminar por los alrededores y no cruzarte más que con algún pastor, ven en una mañana de abril o de octubre. El aire tiene una transparencia distinta y el suelo del bosque todavía conserva humedad de la noche.