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sobre Espinelves
Pueblo de cuento en el Montseny; famoso por su feria del abeto y arquitectura románica
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La niebla tarda en levantarse en las mañanas frías de invierno. Se queda un rato suspendida entre los pinos y los prados que rodean el pueblo, como si no tuviera prisa por marcharse. En esos minutos silenciosos se entiende bastante bien cómo es el turismo en Espinelves: tranquilo, muy ligado al bosque y a un ritmo que poco tiene que ver con las prisas de otros lugares del Montseny.
El pueblo está a unos 750 metros de altura, en el límite norte del macizo, dentro de la comarca de Osona. Viven aquí algo más de doscientas personas. No es un núcleo grande ni pretende serlo; más bien funciona como un pequeño claro entre bosques donde las casas se agrupan alrededor de la iglesia y unas pocas calles.
Caminar por el centro es algo breve y pausado. El suelo de algunas calles aún conserva tramos empedrados y las fachadas de piedra tienen ese tono grisáceo que coge la cal cuando pasan los inviernos húmedos. Si uno se fija, aparecen detalles pequeños: una pila de leña junto a una puerta, el olor a humo de chimenea cuando cae la tarde, el sonido de un tractor que atraviesa la calle principal y desaparece en dirección a los campos.
Los abetos forman parte del paisaje y también de la economía local desde hace décadas. Aun así, el entorno inmediato mezcla especies: robles, abedules y pinos ocupan buena parte de las laderas que rodean el núcleo. En verano el verde es espeso y continuo; en invierno el bosque se vuelve más silencioso, con el suelo húmedo y oscuro.
La iglesia y el pequeño núcleo antiguo
La iglesia de Sant Vicenç se levanta en la parte central del pueblo. El origen es románico, aunque con reformas posteriores que se notan en la fachada y en el campanario. Desde algunos puntos de las calles cercanas aparece de repente entre los tejados.
Dentro todo es sencillo: una sola nave, bancos de madera robustos y una luz bastante tenue cuando el día está nublado. A primera hora de la mañana suele estar casi vacía. En invierno el interior guarda ese frío suave de las paredes gruesas.
Alrededor se concentran las casas más antiguas. Muchas mantienen portales bajos y ventanas pequeñas, pensadas más para resistir el clima que para abrirse al paisaje. En algunas esquinas aún se adivina el origen de antiguas masías integradas después en el núcleo.
Caminos que salen del pueblo
Desde el propio centro parten varias pistas y senderos que se internan en el Montseny. No hace falta alejarse mucho para quedar rodeado de bosque. A pocos minutos caminando el sonido del pueblo desaparece y solo queda el crujido de las ramas o el agua de alguna riera después de las lluvias.
Hay rutas cortas que se pueden hacer en un par de horas y otras que conectan con collados y zonas más altas del macizo. La señalización existe, aunque conviene llevar un mapa o revisar el recorrido antes de salir, porque algunos caminos forestales cambian con el tiempo o tras las tormentas.
Un detalle práctico: después de días de lluvia el terreno puede estar bastante embarrado. El suelo aquí retiene bien la humedad.
Diciembre y el movimiento de los abetos
Durante buena parte del año Espinelves es muy tranquilo. Pero en diciembre el ambiente cambia. La venta de abetos navideños atrae a mucha gente de toda Cataluña y las carreteras de acceso se llenan de coches durante los fines de semana.
En los campos cercanos se ven filas ordenadas de árboles cortados y familias comparando tamaños mientras el aire huele a resina fresca. El pueblo gana bullicio durante esos días, algo poco habitual el resto del año.
Si prefieres caminar con calma por las calles o salir al bosque sin demasiado ruido, es mejor venir fuera de esas fechas o entre semana.
Un pueblo pequeño que vive mirando al bosque
Espinelves no tiene grandes monumentos ni un casco urbano extenso. Lo que define el lugar es la relación constante con el bosque que lo rodea: la leña apilada en invierno, los caminos que salen hacia las laderas, el olor húmedo de la tierra cuando llueve.
Es un sitio que se entiende mejor caminando despacio y escuchando lo que pasa alrededor: una campana que suena a lo lejos, el viento moviendo las copas de los árboles o el silencio de una tarde fría en la plaza.