Artículo completo
sobre Sant Julià de Vilatorta
Municipio residencial con casas modernistas y el monasterio de San Lorenzo cerca
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hablar de turismo en Sant Julià de Vilatorta obliga a empezar por una tradición muy concreta: las caramelles del 1 de mayo. A primera hora de la mañana, grupos de cantaires recorren las calles cantando coplas satíricas que comentan lo ocurrido durante el año —política, cosechas, sequía, lo que toque—. Los vecinos escuchan desde balcones y portales y suelen corresponder con comida o alguna aportación. La costumbre se documenta desde hace siglos y aquí se mantiene con una continuidad poco habitual.
El pueblo que creció en la ladera
Sant Julià se sitúa a unos 600 metros de altitud, justo donde la plana de Vic empieza a ondularse antes de entrar en les Guilleries. Esa transición se nota en el propio trazado del pueblo: calles en pendiente, casas escalonadas y caminos que buscan los puntos donde hay agua. El parque de les Set Fonts recuerda bien esa relación con los manantiales que históricamente abastecían al núcleo.
La iglesia parroquial aparece documentada ya a comienzos del siglo X. El edificio actual corresponde en buena parte al románico del siglo XII, aunque con reformas posteriores. Más que por su arquitectura —bastante sobria— interesa por su posición. Desde aquí se controlaba uno de los pasos naturales entre la plana y las primeras sierras. En el término también se menciona tempranamente el castillo de Sant Llorenç y, algo más apartado, la torre de Bellpuig, conocida como Castell dels Moros. Ese conjunto de puntos defensivos ayuda a entender cómo se organizaba el territorio medieval en esta parte de Osona.
Veraneantes y arquitectura de principios del siglo XX
A finales del XIX y principios del XX, Sant Julià empezó a atraer veraneantes procedentes sobre todo de Barcelona. La altitud moderada y la proximidad con Vic lo convertían en un destino accesible para pasar los meses de calor. De esa época quedan varias casas de veraneo y algunos edificios públicos de lenguaje modernista o noucentista.
El arquitecto local Miquel Pallàs participó en varios de estos proyectos. Sus obras utilizan materiales bastante comunes en la zona —ladrillo, cerámica, piedra— y adaptan el repertorio modernista a un entorno rural. No son edificios espectaculares, pero ayudan a entender ese momento en que muchos pueblos de Osona recibieron a una burguesía urbana que buscaba aire más fresco y cierta vida social de temporada.
El antiguo Colegio del Rosario pertenece a ese mismo contexto. Se levantó a comienzos del siglo XX como escuela vinculada a proyectos educativos de carácter agrícola y social. El conjunto combina aulas abiertas al exterior con espacios de huerto y jardín, siguiendo ideas pedagógicas bastante extendidas en la época. Hoy el edificio tiene otros usos, aunque aún conserva parte de la estructura original.
El aeródromo de la Guerra Civil
En los alrededores del municipio se conservan restos de un aeródromo construido durante la Guerra Civil. Se trataba de una instalación militar relativamente discreta: refugios excavados o protegidos con piedra, zonas de dispersión para los aviones y una pista adaptada al relieve. La ubicación, algo escondida entre las primeras elevaciones de les Guilleries, buscaba reducir la visibilidad desde el aire.
Hoy algunos de esos elementos pueden verse siguiendo un itinerario señalizado que atraviesa caminos forestales y antiguas masías. El recorrido permite situar este episodio dentro de la historia más reciente del territorio y entender cómo la geografía de la zona —bosques densos, relieve irregular— condicionó los usos militares durante el conflicto.
Comida de la zona y feria de otoño
La cocina local responde bastante a lo que se encuentra en buena parte de Osona: embutidos, platos de cuchara cuando hace frío y recetas sencillas ligadas al producto de huerta. La coca de recapte aparece con frecuencia en celebraciones y reuniones familiares, con verduras asadas y conservas caseras.
En otoño suele celebrarse la Fira de Sant Andreu, una feria agrícola vinculada tradicionalmente al ganado y a los productos del campo. Más allá de su tamaño —que no es grande— mantiene el carácter de mercado comarcal donde todavía se mezclan agricultores, vecinos y visitantes de la zona.
La ratafía, muy presente en toda la comarca, también forma parte del paisaje doméstico. Muchas familias siguen preparándola en casa cuando llega la temporada de hierbas y nueces verdes.
Cómo llegar y moverse por el entorno
Sant Julià de Vilatorta está a unos 15 minutos en coche de Vic. El acceso habitual es por carreteras comarcales que atraviesan campos de cultivo y masías dispersas, un paisaje bastante representativo de la plana de Osona antes de entrar en la zona más boscosa de les Guilleries.
El núcleo se recorre sin dificultad a pie. Para caminar un poco más, el entorno ofrece senderos que conectan con el parque de les Set Fonts, con ermitas cercanas o con pistas forestales que suben hacia las primeras alturas de la sierra. Son recorridos tranquilos, más pensados para pasear que para grandes travesías.