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sobre Sant Pere de Torelló
Municipio a los pies de las montañas de Bellmunt con santuario famoso
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El olor a leña quemada te alcanza antes de ver el pueblo. Es la central de biomasa, dicen los de aquí, que calienta muchas casas con restos de madera de la antigua tradición tornera de la zona. Un humo blanco que a veces se mezcla con la niebla de la Vall del Ges y hace que Sant Pere de Torelló amanezca con un aire tibio, como si alguien hubiera encendido una estufa enorme en mitad del valle.
Desde la carretera que baja hacia el núcleo, el pueblo aparece encajado entre montañas. Las casas se agrupan alrededor de la iglesia mientras el macizo del Bellmunt se levanta detrás, oscuro a primera hora de la mañana. Predomina la piedra, tejados inclinados, alguna fachada más trabajada que recuerda el pasado industrial de la zona. En otoño la luz cae baja sobre los hayedos de alrededor y el valle se vuelve ocre y dorado. Octubre suele ser buen momento para venir: los senderos están húmedos, el aire huele a hojas y aún no ha llegado el frío duro del invierno.
El camino que sube a Bellmunt
La subida al santuario de Bellmunt empieza entre campos y masías dispersas. Son unos siete kilómetros de ascenso y bastante desnivel, así que conviene tomárselo con calma si se hace a pie. Cuando el cielo está limpio, desde arriba se abre una vista amplia sobre Osona y, hacia el norte, la línea del Pirineo aparece como una sombra azulada.
El santuario, colgado en la cresta, parece más alto de lo que realmente es. En verano, cuando cae la noche y se encienden las luces del edificio, es común ver nubes de insectos atraídos por el resplandor. Los del pueblo hablan de “les alades”, las hormigas con alas que aparecen esos días y cubren el suelo alrededor del santuario.
El regreso puede hacerse por pistas forestales que atraviesan la zona de la Grevolosa, uno de los hayedos más conocidos de esta parte de Osona. En otoño el suelo se cubre de hojas y no es raro cruzarse con gente buscando setas con cestas. Los fines de semana de octubre el ambiente cambia bastante: llegan muchos coches desde el área de Barcelona y algunos caminos se llenan rápido.
El sabor de la Vall del Ges
En las carnicerías del pueblo la butifarra sigue colgando de ganchos metálicos detrás del mostrador. Blanca, negra, a veces más especiada. Es una cocina muy ligada a la matanza del cerdo y a lo que dan estas montañas.
A media mañana es habitual ver a gente tomando coca de llardons con café. Crujiente, con ese punto salado de la manteca que obliga a beber un poco más de lo previsto. También aparecen postres de leche cuajada o quesos frescos de la comarca, sencillos, de sabor directo.
Aquí la comida no gira alrededor del turismo. Los sitios donde se sienta la gente suelen ser los mismos de siempre y el ambiente es más de conversación tranquila que de carta pensada para visitantes.
Cuando el pueblo se mueve
En invierno suele celebrarse la Fira de Sant Sebastià, una feria antigua ligada al campo y al ganado. Si el tiempo acompaña —o incluso si no lo hace— las calles se llenan de puestos y de vecinos de los pueblos cercanos que vienen a pasear y comprar embutido o herramientas.
Con la primavera aparecen las paradas de libros y rosas alrededor de la plaza del ayuntamiento. Y hacia finales de verano llega la fiesta mayor. Es entonces cuando regresan muchos que viven fuera: gente que trabaja en Vic, en Barcelona o que emigró hace años. Las matrículas extranjeras aparecen en las calles estrechas del centro y por la noche se oyen conversaciones en catalán mezcladas con acentos de media Europa.
Durante esos días el pueblo cambia de ritmo. Hay más ruido, más mesas en las plazas y ese olor a castañas o a vino compartido que se queda flotando en el aire cuando cae la noche.
Madera, talleres y lo que queda de la tornería
Sant Pere de Torelló fue durante décadas un lugar de tornos y piezas de madera. Todavía quedan talleres donde el olor a serrín fresco se escapa por las puertas abiertas, mezclado con barnices y cola. Algunas naves se han modernizado y trabajan con maquinaria nueva, aunque el oficio sigue teniendo algo de manual, de mirar la veta antes de cortar.
En la comarca se mantienen escuelas y pequeños talleres vinculados a la artesanía y al diseño. De vez en cuando salen historias curiosas: equipos escolares que compiten en concursos tecnológicos o proyectos que nacen en antiguos espacios industriales.
Al caer la noche el pueblo se queda bastante oscuro. Basta caminar un poco hacia las afueras para oír el agua del Ges bajando entre árboles. Si el cielo está despejado, las estrellas aparecen con una claridad que en las ciudades cuesta recordar.
Los santperencs —a veces se llaman entre ellos “socarracristos”, medio en broma— suelen decir que su pueblo no necesita adornos. Es un lugar de valle y montaña, de humo de leña por la mañana y caminos que siempre acaban subiendo. Y así, más o menos, sigue.