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sobre Sant Quirze de Besora
Pueblo a orillas del Ter rodeado de montañas y bosques
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El tren entra en la estación como quien no quiere la cosa, casi se le olvida parar. Y eso es lo mejor que le puede pasar a Sant Quirze de Besora: que no se convierta en parada obligatoria, que siga siendo ese pueblo donde bajan cuatro y suben seis. A medio camino entre Osona y las primeras montañas del Pirineo, el pueblo se agarra al río Ter como quien se apoya en la barra del bar: sin prisa. El agua pasa, el tren pasa, y el pueblo sigue a su ritmo.
El castillo que se fue y el pueblo que se quedó
Subí al castillo de Besora pensando que encontraría algo tipo decorado medieval y, siendo honestos, lo que hay son piedras. Pero piedras con mucha historia. El castillo se levantó en la Alta Edad Media y acabó volando por los aires en el siglo XIX, en tiempos de guerras carlistas. Hoy queda sobre todo el sitio: una colina con vistas largas sobre el valle del Ter.
Desde arriba se entiende rápido por qué alguien decidió levantar aquí una fortaleza. El paisaje se abre y el río serpentea abajo. Tradicionalmente se cuenta que la condesa Ermesenda de Carcasona pasó aquí sus últimos días. Mirando el valle, uno entiende la lógica: hay lugares que invitan a quedarse quieto.
En el núcleo del pueblo, la iglesia parroquial mezcla estilos sin complejos. Tiene ese aire de reformas acumuladas con los siglos, como muchas iglesias de la comarca. Cerca quedan restos más antiguos vinculados a Santa María de Besora, con un campanario románico que sigue en pie como si no tuviera prisa por jubilarse.
Cuando el río movía las fábricas
Antes de que la palabra “streaming” existiera, aquí el espectáculo era el Ter. El río movía telares, martinetes y todo lo que necesitara fuerza constante. Por la zona se instalaron colonias textiles y pequeños complejos industriales que aprovechaban el agua como si fuese electricidad gratis.
Hoy lo que quedan son chimeneas, naves reconvertidas y algún tramo de canal. Paseando junto al río todavía se intuye cómo funcionaba todo aquello. Hay paneles y recorridos que explican ese pasado industrial mientras caminas, algo así como escuchar historias del pueblo pero con el río de fondo.
La tradición de la ratafía
En esta parte de Catalunya la ratafía no es un souvenir: es casi una costumbre doméstica. Hierbas, nueces verdes, paciencia y meses de maceración. En Sant Quirze y los pueblos de alrededor sigue habiendo gente que la prepara como se ha hecho siempre.
Si preguntas en el pueblo, alguien te explicará la receta con bastante seguridad… aunque luego cada casa tenga la suya. Es uno de esos licores que entran suaves y te hacen creer que sabes distinguir todas las hierbas, aunque en realidad estés diciendo que sí a todo.
La excursión que te deja las piernas avisadas
Por aquí pasan varias rutas que enlazan el valle con las sierras cercanas. Una de las más conocidas conecta Sant Quirze con los castillos de la zona y con el Salt del Mir, una cascada bastante seria cuando el río baja con ganas.
Son rutas largas, con desnivel y tramos de bosque donde el sendero sube sin pedir permiso. Sobre el mapa todo parece razonable; sobre el terreno ya es otra historia. Si vienes con idea de hacerla entera, mejor traer agua, algo de comida y tomárselo con calma. El paisaje compensa, pero las piernas se enteran.
Fiestas que siguen el ritmo del pueblo
La fiesta mayor suele celebrarse alrededor de Sant Quirze y Santa Julita, a mediados de junio, aunque a veces se mueve al fin de semana más cercano. Es el típico momento en que el pueblo se llena de actividades, música y gente que vuelve unos días.
En primavera también se organiza la feria de Sant Josep, bastante ligada a la tradición local. Y el carnaval, como en muchos pueblos de la zona, a veces se adelanta un poco respecto al calendario oficial. Aquí las cosas se hacen más por costumbre que por reloj.
Segundas residencias y primeras verdades
Sant Quirze de Besora ronda los dos mil habitantes. En verano se nota que hay muchas segundas residencias: de repente hay más movimiento en la plaza, más coches aparcados y más gente paseando hacia el río.
Aun así, no tiene pinta de parque temático rural. La vida diaria sigue bastante igual todo el año. El tren de la línea R3 conecta con Barcelona en algo más de una hora, así que hay quien sube el fin de semana a cambiar el aire de la ciudad por el del valle.
Mi veredicto de amigo
Sant Quirze de Besora no juega en la liga de los pueblos que salen en todos los carteles. Y casi mejor así. Es más bien ese tipo de sitio donde paras sin grandes expectativas y acabas pasando un rato a gusto.
Das un paseo junto al Ter, miras el pueblo desde la colina del castillo, te tomas algo en la plaza y cuando te quieres dar cuenta ya se ha ido la tarde. No hace falta mucho más. A veces los sitios funcionan justo por eso.