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sobre Santa Maria de Besora
Pueblo de montaña con el espectacular salto del Mir y castillo
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A primera hora, cuando la niebla todavía se queda atrapada en los fondos del valle, Santa Maria de Besora suena más a bosque que a pueblo. Algún coche aislado, el ladrido de un perro a lo lejos, el crujido de grava bajo las ruedas. Desde el pequeño alto donde está el cementerio, en los días despejados se dibuja una línea de montes suaves que anuncian el Prepirineo. Pinos, manchas de haya y prados que cambian de color según la estación.
Santa Maria de Besora es un municipio muy pequeño de la comarca de Osona —apenas 164 habitantes— y eso se nota enseguida. No hay un casco compacto ni calles que formen un conjunto histórico al uso. El núcleo es breve y las casas aparecen separadas por huertos, campos o pequeños parches de bosque.
La iglesia y el pequeño núcleo
La iglesia parroquial de Santa Maria marca el centro del pueblo. Es un edificio de origen románico, reformado con el paso de los siglos, con muros gruesos y pocas aberturas. En los días fríos la piedra mantiene un tono gris azulado que contrasta con el verde del entorno.
Alrededor hay pocas casas, algunas rehabilitadas y otras con ese aire práctico de las construcciones rurales que nunca buscaron llamar la atención. A media tarde suele escucharse algún tractor regresando por la carretera estrecha que atraviesa el núcleo.
Caminos entre masías y bosque
Gran parte del término municipal se reparte entre masías dispersas y pistas forestales. Muchas de esas casas siguen habitadas o vinculadas a la ganadería y al trabajo del campo. Algunas conservan estructuras antiguas —probablemente de los siglos XVII o XVIII— con portales de madera pesada y tejados de teja inclinada.
Las pistas de tierra que las conectan atraviesan bosques mixtos donde aparecen robles, pinos y hayas. En primavera el suelo se cubre de hierba húmeda y flores pequeñas; en otoño el mismo camino queda tapizado de hojas ocres y rojizas.
Caminar por aquí no suele presentar grandes desniveles, pero los cruces de pistas pueden despistar. Si se piensa recorrer la zona a pie conviene llevar mapa o track. Hay tramos donde la señal de móvil desaparece sin avisar.
Mirar hacia el valle del Ter
A veces el bosque se abre de golpe y aparece el paisaje. Desde algunas colladas o bordes de pista se alcanza a ver el valle del Ter, bastante más abajo. Al sur se intuye la silueta del Montseny cuando el aire está limpio; hacia el norte asoman las primeras montañas prepirenaicas.
No hay miradores señalizados. Son lugares que se descubren casi por accidente: un claro junto a un campo, una curva donde la vegetación se aparta unos metros.
Si te quedas quieto un rato, el sonido dominante vuelve a ser el del monte: hojas que se mueven, algún ave que cruza el cielo y poco más.
Fauna discreta, si madrugas
Al amanecer o al final de la tarde no es raro ver corzos salir del borde del bosque hacia los prados. También hay jabalíes, aunque normalmente se detectan antes por las huellas removiendo la tierra que por verlos directamente.
Las rapaces aprovechan las corrientes que suben del valle. En días claros se quedan planeando durante minutos sobre las laderas.
Algo práctico antes de venir
Santa Maria de Besora no funciona como un destino turístico al uso. El pueblo es pequeño y los servicios son limitados, así que si planeas pasar varias horas por la zona conviene traer agua o algo de comida.
La mejor hora suele ser temprano por la mañana o al final de la tarde, cuando el bosque está más silencioso y la luz entra lateral entre los árboles. En pleno verano, a mediodía, el calor se queda atrapado en algunas pistas y caminar se vuelve más pesado.
Y un detalle sencillo: conduce despacio. Las carreteras son estrechas y es habitual encontrarse tractores o ganado cruzando de un lado a otro. Aquí el ritmo sigue siendo otro.