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sobre Seva
Pueblo a los pies del Montseny conocido por su fiesta de la seta
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El olor a castañas asadas aparece antes incluso de cruzar el cartel de Seva. En otoño, cuando el Montseny empieza a enfriarse de verdad, el humo de las chimeneas se queda bajo en el aire y a veces se mezcla con la niebla que baja hacia el valle. Las hojas de castaño cubren los caminos con una capa marrón oscura y, al pisarlas, suenan secas bajo las botas.
La hora en que el pueblo despierta
A las ocho de la mañana, la plaza Mayor suele estar casi vacía. Algún vecino pasa despacio camino de la panadería y, si hace frío, la conversación se queda corta y las manos se esconden en los bolsillos. La iglesia de Santa María domina el centro del pueblo con su piedra clara, y a esa hora el sonido más constante suele ser el agua de algún pequeño torrente que baja entre las casas.
Seva aparece mencionada en documentos muy antiguos —del siglo X—, aunque lo que se ve hoy es la superposición de muchas épocas. Calles en cuesta, casas de piedra oscura, portales de madera gastada. Si se camina sin prisa por el núcleo antiguo aparecen pequeños detalles: una reja con forma de hoja, un escudo casi borrado en una fachada, números pintados a mano que probablemente llevan ahí décadas.
La montaña alrededor
Seva vive muy pegada al Montseny. La Muntanyà queda justo encima del pueblo, cubierta de castaños y robles, y durante años se asoció a las pruebas ecuestres de los Juegos Olímpicos de 1992, que se celebraron en esta zona. Hoy el monte se recorre de otra manera: caminos forestales, senderos y rutas que muchos vecinos hacen andando o en bicicleta.
No es terreno completamente suave. Hay tramos que obligan a empujar la bici o a subir despacio, respirando ese aire frío que baja del macizo. A cambio, en algunos claros se abre el paisaje hacia la Plana de Vic, con un horizonte amplio y bastante silencioso entre semana.
Agua y sombra a un paseo del centro
El Gorg de la Pastera queda a un paseo del pueblo siguiendo el curso del torrente. El sendero baja entre árboles y termina en una pequeña poza donde el agua se remansa entre rocas pulidas.
En verano es uno de esos lugares donde acaban apareciendo familias del pueblo, sobre todo por la tarde. El agua suele estar fría incluso en los días de más calor. Quien se mete lo nota enseguida en los tobillos. Al salir, el sol y el camino de vuelta hacen el resto.
Conviene ir con cuidado y con calzado con suela que agarre: las piedras cerca del agua resbalan con facilidad.
Castañas, humo y días cortos
Si hay un momento en que Seva cambia de ritmo es el otoño. Los bosques alrededor se llenan de ocres y rojos y las castañas empiezan a caer con golpes secos sobre las hojas.
Tradicionalmente, en octubre se celebra aquí una feria dedicada a la castaña. Las fechas pueden variar según el año y la cosecha, pero el ambiente suele ser sencillo: brasas en la plaza, humo que se queda atrapado entre las casas y vecinos pelando castañas todavía calientes.
Es uno de esos olores que se queda en la ropa durante horas.
Cuándo ir y qué esperar
Si buscas calma, mejor evitar algunos fines de semana muy concurridos del otoño, cuando llega bastante gente desde Barcelona y otros puntos cercanos. Entre semana el ambiente es mucho más pausado y el pueblo recupera su ritmo habitual.
Noviembre también tiene algo especial aquí. La niebla de la Plana de Vic a veces cubre todo hasta media mañana, dejando solo las partes altas al sol. Desde Seva se ve cómo esa capa blanca se levanta poco a poco.
No es un lugar lleno de tiendas ni de grandes reclamos. Seva funciona más bien como un pueblo vivido: vecinos que se cruzan en la plaza, caminos que salen hacia el bosque y un paisaje que cambia bastante según la estación.
Y si vienes en otoño, lo más probable es que te lleves ese olor dulce de castañas asadas pegado a la chaqueta durante el resto del día. A veces, eso es lo que más se recuerda.