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sobre Vic
Capital de Osona con un templo romano y una plaza mayor emblemática
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A las ocho de la mañana, la niebla se agarra a la plana de Vic como una manta de llana gris. Desde el campanario de la catedral, que es el más alto de Cataluña, se ve cómo el sol lentamente va desgarrando esa tela y deja ver el campanario redondo del antiguo convento de los capuchinos, los tejados de teja vidriada que brillan como escamas de pez, y más allá, la silueta serpenteante de los Pirineos que parecen dibujados con lápiz de plata.
En la plaça Major, el mercado de los sábados —que se celebra desde el año 872 cuando el conde Guifré el Pilós va i otorgà carta de poblament— ya huele a butifarra fresca y a pan recién hecho. Los puestos se disponen en círculo, como hace más de mil años, y los vendedores gritan en catalán sus ofertas mientras los clientes tocan, huelen y comparan. La plaza, rectangular y porticada, tiene esa piedra desgastada que solo se consigue con siglos de pisadas, y en sus soportales se reflejan las luces de navidad que todavía cuelgan de diciembre.
La ciudad que camina despacio
Vic no es un pueblo que se deje ver en una tarde. Hay que recorrer por sus calles empedradas, donde los coches van lentos porque las piedras están sueltas y el agua de la lluvia forma charcos que reflejan las fachadas modernistas. La ruta del modernismo, que dura apenas una hora y media, te lleva desde la casa de la terrissa, con sus balcones de hierro forjado que parecen flores marchitas, hasta el antiguo casino, donde los vigueses jugaban a cartas bajo lámparas de opalina que aún conservan el olor a tabaco de los domingos.
En el museo Episcopal, que muchos no saben que tiene la mejor colección de arte románico de Europa, la luz entra a raudales por los ventanales y hace brillar los frontales de altar del siglo XII. Las tallas de madera, oscuras y terrosas, tienen esa expresión hierática que tanto gustaba a los monjes de Ripoll. El silencio es absoluto, roto solo por el ruido de tus propios pasos sobre el parquet. Si vienes un martes por la mañana, tendrás las salas para ti solo.
El tiempo de los santos
Vic tiene nueve santos canonizados, más que cualquier otra ciudad catalana. Caminar por la ruta de los santos es seguir el rastro de aquellos que caminaron antes: Santa Caterina de Vic, que según la tradición va caure als peus del Sant Crist quan el portaven processó; Sant Ot, bisbe que va consagrar la catedral l'any 1038; o Sant Julià i Santa Basilissa, màrtirs que van patir sota Dioclecià. El recorregut passa per l'església de la Pietat, on les parets encara conserven l'humitat de segles, i acaba al claustre de la catedral, on els capitells romanics mostren escenes de la vida quotidiana: un pagès llaurant, una dona filant, un cavaller amb espasa.
La catedral, que va ser consagrada per l'abat Oliba quan Vic era capital de comtat, té aquella olor particular de les esglésies velles: encens, fusta vella i pedra. El seu campanari, de 46 metres, domina la ciutat com un vigilant centenari. Si puges els 190 esglaons —i val la pena fer-ho—, la recompensa és veure com la plana s'estén fins a Montserrat en dies clars, i com els camps de conreu formen un mosaic de colors segons l'època: verd de blat tendre a la primavera, daurat de civada a l'estiu, marró de terra llaurada a la tardor.
Cuando el tiempo se detiene
La feria de San Tomás, el 21 de diciembre, transforma Vic en un mercado medieval que huele a especias y a miel. Los artesanos vienen de toda Cataluña y montan sus tenderetes en madera y lona, imitando como se comerciaba hace ochocientos años. Es el día que más gente se come una butifarra de Vic —que tiene denominación de origen desde 1999— entre dos rebanadas de pan de pueblo, y donde los niños prueban por primera vez el pa de pessic, ese bizcocho esponjoso que las abuelas hacen con huevos de corral.
Pero Vic no es solo fiestas. Es también esa hora del día, sobre las cinco de la tarde, cuando los bares de la plaça Major llenan sus terrazas y se oye el chacoloteo de las tazas de café y el murmullo de conversaciones en catalán. Los viejos juegan a las cartas bajo los soportales, protegidos del viento que baja de la Plana, y las palomas se posan en la fuente del centro esperando migas de pan. Si te sientas en una de las terrazas y pides un vermut de la casa, te darán una aceituna y una anchoa que sabe a mar a pesar de que el mar está a cien kilómetros.
Lo que no te cuentan en las guías
Vic en invierno tiene una luz especial, ceniza y baja, que hace que las piedras de la catedral parezcan de plata vieja. En verano, en cambio, el calor se apodera de la plana y el pueblo huele a resina de pino y a tierra seca. Los mejores días para visitar son los de lluvia fina, cuando la niegra baja del Pirineo y envuelve la ciudad como un sudario. Entonces las luces de las tiendas crean reflejos dorados en el empedrado mojado, y el olor a pan recién hecho sale de las panaderías como una nube cálida.
Si vienes en coche, aparca en el paseo de la Generalitat y olvídate del vehículo. Vic se recorre andando, despacio, dejándose sorprender por los detalles: la reja herrumbrosa de un palacio abandonado en la carrer de la Seda, el rastro de los clavos en la madera de una puerta del siglo XVII, el sonido de los campanazos que marcan las horas desde hace mil años. Y si tienes hambre, no busques restaurantes con estrellas. Entra en cualquier bar de toda la vida, pide una butifarra amb mongetes —la combinación que los romanos ya hacían— y deja que el tiempo se detenga mientras muerdes el pan crujiente y sientes cómo la grasa de la butifarra se mezcla con el sabor suave de las alubias del ganxet.
Vic no es un pueblo para marcar en una lista. Es para volver.