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sobre Viladrau
Pueblo señorial en el Montseny; famoso por sus castañas
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Viladrau es de esos sitios que te hacen bajar el ritmo casi sin darte cuenta. Aparcas el coche, das dos pasos por el pueblo y, de repente, ya no miras el móvil cada cinco minutos. Me pasó la primera vez que fui: había subido al Montseny para caminar un rato y acabé pasando media mañana simplemente dando vueltas por el pueblo.
Este municipio del Montseny, a unos 800 metros de altitud, vive bastante pegado al bosque. Con poco más de mil habitantes, Viladrau funciona con una calma muy distinta a la de la llanura de Osona. No hay grandes monumentos ni una lista larga de “cosas que ver”. Lo que hay es montaña alrededor, aire fresco y esa sensación de estar en un sitio donde la vida va a otra velocidad.
El pueblo ganó fama hace más de un siglo por su clima. La gente de ciudad venía buscando veranos más suaves y algo de aire limpio, y esa idea todavía sigue flotando. Hoy mucha gente sube un día a caminar, a pasar unas horas fuera del ruido o a perderse un rato entre los bosques del Montseny.
Cómo es realmente el pueblo
El núcleo de Viladrau es pequeño y bastante fácil de recorrer a pie. Casas de piedra, balcones de madera, calles cortas que suben y bajan un poco. Nada monumental, pero sí bastante coherente con el paisaje que lo rodea.
La iglesia de Sant Julià y Santa Basilissa está en el centro y mezcla partes antiguas con reformas posteriores. No es un edificio que te tenga una hora dentro, pero encaja bien con el tamaño del pueblo.
A mí Viladrau me funciona mejor sin plan estricto. Pasear un rato, fijarte en una fuente escondida, en algún escudo antiguo sobre una puerta o en esos patios donde siempre parece haber leña apilada. Ese tipo de detalles que te encuentras cuando caminas sin prisa.
El Montseny empieza prácticamente en la última casa
Aquí lo importante está alrededor. Viladrau se encuentra dentro del Parque Natural del Montseny, y eso se nota en cuanto sales un poco del núcleo urbano. En pocos minutos estás rodeado de robles, hayas y castaños.
En otoño el paisaje cambia bastante: los bosques se llenan de tonos rojizos y dorados y hay bastante movimiento de gente buscando setas. Algunos años hay más suerte que otros, pero la tradición sigue muy viva.
También hay miradores naturales desde los que, si el día está claro, se alcanza a ver la plana de Vic y, a lo lejos, la silueta del Pirineo. No hace falta un gran mirador señalizado: muchas veces basta un claro en el bosque o un tramo de pista forestal.
Por cierto, la zona arrastra desde hace tiempo historias sobre brujas del Montseny. No es raro ver rutas o paneles que mencionan esas leyendas. Forma parte del imaginario local desde hace generaciones.
Rutas y caminos por el Montseny
Si te gusta caminar, Viladrau es un buen punto de partida. Hay senderos cortos que se pueden hacer en una mañana tranquila y otros que ya piden piernas.
Desde aquí salen rutas hacia cumbres conocidas del macizo, como el Matagalls o el Turó de l’Home. No son paseos cortos: requieren tiempo, desnivel y algo de costumbre en montaña. Pero en días claros las vistas compensan el esfuerzo.
También hay muchos caminos más sencillos: pistas forestales, senderos entre hayas o recorridos que pasan por fuentes y pequeñas ermitas rurales. Son rutas de esas en las que vas más pendiente del bosque que del reloj.
En bicicleta ocurre algo parecido. Las cuestas del Montseny pueden ser duras —más de un ciclista se acuerda de ellas—, pero también hay pistas donde pedalear sin tanta exigencia.
Cuando nieva, cosa que algunos inviernos ocurre, el paisaje cambia completamente. El bosque se vuelve silencioso y el pueblo queda mucho más tranquilo que el resto del año.
Comida de montaña y calendario del pueblo
En Viladrau la cocina suele ir muy ligada a lo que da la zona: platos de montaña, guisos calientes cuando hace frío y bastante protagonismo para las setas cuando llega el otoño. Después de una caminata por el Montseny, ese tipo de comida entra sola.
Las fiestas del pueblo mantienen un ambiente bastante cercano. A finales de agosto suelen celebrar la fiesta mayor dedicada a Sant Julià, con actividades populares que llenan las calles durante unos días.
El otoño gira mucho alrededor del bosque: temporada de setas, castañas y excursiones por los hayedos. En invierno hay menos movimiento, pero cuando llega la nieve el paisaje tiene algo especial.
Viladrau no es un sitio para tachar cosas de una lista. Es más bien ese tipo de pueblo al que subes para caminar un rato, respirar aire de montaña y volver a casa con la sensación de haber parado un poco el reloj. Y a veces, con eso, ya vale.