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sobre Palamós
Villa pesquera famosa por su gamba roja; puerto comercial y playas extensas
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Las gambas rojas llegan cuando aún es de noche. A eso de las cinco de la mañana empiezan a aparecer las primeras cajas de plástico azul en el muelle, todavía húmedas, con los tentáculos moviéndose despacio como si no entendieran que ya no están en el agua. En ese momento del día el turismo en Palamós todavía no existe: solo están los pescadores, el café caliente que circula de mano en mano y el cielo aclarando por detrás de los mástiles. El puerto huele a mar y a gasoil, una mezcla que se te queda pegada en la ropa durante horas.
Nadie habla demasiado. Solo se oye el golpe seco de las cajas contra el suelo y alguna gaviota que llega antes que el sol.
El sabor que no se inventa
La primera vez que pruebas una gamba de Palamós entiendes por qué aquí el marisco se trata con tanta cautela. El sabor es profundo, mineral, de fondo marino frío. Viene de faenar a bastante profundidad, donde el agua cambia de color y las redes arrastran lentamente por el lecho.
En la lonja se separan por tamaños con una rapidez que impresiona. Las más grandes suelen viajar lejos; otras se quedan en la zona y acaban en cocinas domésticas o en bares del puerto, apenas pasadas por la sartén con aceite y sal gruesa.
La temporada buena suele arrancar en otoño y se alarga hasta bien entrada la primavera. Si vienes en invierno lo notarás enseguida: el aire es más limpio, el puerto trabaja a otro ritmo y en muchos bares aún se cocina como en casa. Un suquet caliente, servido en cazuela, con pan para empapar el caldo, tiene bastante sentido cuando fuera llueve y el muelle está casi vacío.
Caminar sin prisa
El Camí de Ronda empieza detrás del Museu de la Pesca, entre redes colgadas para secar y gatos que dormitan encima de cajas de plástico. Desde ahí la senda avanza pegada a la costa en dirección a Calella de Palafrugell. Son varios kilómetros de roca, pinos y subidas cortas que obligan a parar de vez en cuando.
En algunos tramos el mar queda tan cerca que el viento trae gotas saladas. Después de pasar por S'Alguer —las casitas de pescadores pintadas de blanco y ocre— el camino se empina un poco y aparecen raíces gruesas atravesando la tierra. Conviene llevar calzado que agarre bien, sobre todo si el suelo está húmedo.
A media tarde la luz cambia. El agua se vuelve plateada y desde algunos puntos altos se abre todo el golfo: hacia un lado el castillo de Sant Esteve de Mar, hacia el otro los acantilados que continúan hacia Calella. Si bajas a la Cala del Crit lleva agua contigo; allí abajo no hay servicios, solo roca caliente, pinos inclinados y el sonido constante del mar entrando en la cala.
Lo que queda del castillo
El Castell de Vila-romà queda a un par de kilómetros del centro, hacia el interior, en la carretera que sube hacia Vall-llobrega. No queda mucho en pie: tramos de muralla, un arco y parte de la torre que todavía resiste. El resto lo han ido ocupando las hierbas altas y las ortigas.
La fortificación sufrió daños durante la retirada de las tropas napoleónicas a comienzos del siglo XIX, y con el tiempo dejó de tener función defensiva. Lo curioso es que dentro del recinto se levantó más tarde una masía, como si el lugar hubiese pasado de vigilar el territorio a simplemente habitarlo.
Desde la parte más alta se ve el Empordà extendiéndose hacia las Gavarres y, entre dos colinas, una franja azul del Mediterráneo. El viento suele correr con fuerza. A ratos trae olor de campos cultivados; a ratos, el rumor lejano de la carretera.
El museo que huele a mar
El Museu de la Pesca ocupa un antiguo espacio ligado a la actividad portuaria. Las losas de piedra del suelo todavía tienen ese brillo pulido de décadas de agua salada y cajas arrastradas de un lado a otro.
En la planta baja hay una reconstrucción del interior de un arrastrero: redes gruesas colgando del techo, cajas para el hielo, cuadernos donde se anotaban capturas con letra apretada. Todo tiene ese olor mezcla de cuerda, metal y aceite de motor.
Arriba explican cómo funciona la pesca de arrastre, cómo se clasifican las capturas o cómo se subastaba el pescado siguiendo un sistema tradicional que aún marca el ritmo del puerto. Uno de los vídeos recoge el testimonio de una mujer mayor que cuenta cómo aprendió a limpiar pescado siendo niña: “Tres movimientos y listo. Si te cortas, sal y seguir”.
No hay épica en el relato. Solo trabajo cotidiano.
Cuándo ir y qué evitar
Palamós tiene vida todo el año, pero cambia mucho según el mes. A comienzos del verano, alrededor de Sant Pere, el puerto se llena de movimiento y hay celebraciones vinculadas al mundo marinero. Son días animados y el pueblo recibe a mucha gente que vuelve a pasar unos días aquí.
En pleno agosto la situación es distinta. Las playas del centro se llenan desde media mañana y el paseo marítimo se vuelve ruidoso, con colas para aparcar y terrazas muy concurridas.
Si puedes elegir, septiembre suele ser un buen momento. El agua mantiene el calor del verano, la luz se vuelve más suave y el puerto recupera algo de su ritmo normal. Por la mañana, en los bares cercanos al muelle, aún se oye a los pescadores comentar la faena del día en catalán mientras el café humea sobre la barra.