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sobre Banyoles
Capital comarcal famosa por su gran lago natural; centro deportivo y ecológico de primer orden
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El lago se ve desde el aire antes que el pueblo. Un ocho azul encajonado entre colinas suaves que explica por qué Banyoles existe donde existe. El origen del lago de Banyoles es cárstico: el agua llega desde el subsuelo, filtrada durante kilómetros desde las sierras de la Alta Garrotxa. Ese sistema de surgencias empezó a formar el lago hace cientos de miles de años, mucho antes de que hubiera asentamientos humanos en la zona. Cuando llegaron, el agua ya estaba allí marcando el paisaje.
Las huellas más antiguas aparecen en los alrededores: en el Cingle de les Heures se encontró una mandíbula atribuida a neandertales. Mucho después, comunidades del Neolítico levantaron una aldea junto a la orilla, en La Draga, sobre postes de madera. El lago no era solo un recurso; organizaba la vida entera del lugar.
El agua que lo explica todo
Recorrer Banyoles sin mirar el lago es quedarse con media historia. El Estany —así lo llaman aquí, sin artículo— es el mayor lago natural de Cataluña. No recibe ríos visibles: el agua surge desde el fondo a través de manantiales subterráneos y vuelve a salir por canales y recs que atraviesan el pueblo.
Esa circulación constante explica su transparencia. También condicionó muchos usos tradicionales: pesca, pequeñas huertas alimentadas por acequias y, más tarde, el remo. A finales del siglo XX el lago empezó a utilizarse como campo de entrenamiento internacional y desde entonces es habitual ver equipos entrenando al amanecer. Los fines de semana el sonido rítmico de los remos forma parte del paisaje.
La vuelta completa al lago ronda los seis kilómetros. Se puede hacer caminando con calma en algo más de una hora, aunque merece la pena detenerse. En el extremo norte, donde el agua se estrecha, una pasarela de madera cruza el paso entre orillas. Desde ahí se entiende bien la relación entre el lago y la villa: al fondo aparece la torre de Santa Maria dels Turers y la ligera elevación donde creció el núcleo medieval.
Cuando los monjes de Sant Esteve se instalaron aquí a comienzos del siglo IX, el lago era reserva de pescado y agua; la colina cercana permitía controlar el territorio.
De monjes y tejedores
El monasterio de Sant Esteve fue durante siglos el centro de poder local. El conjunto desapareció tras las desamortizaciones del siglo XIX, pero el trazado del casco antiguo todavía refleja su presencia. La plaza de la Fontana ocupa el espacio donde estuvo el claustro, y varias calles cercanas siguen la disposición de las antiguas dependencias monásticas.
El actual ayuntamiento se levanta sobre la antigua residencia abacial, un edificio gótico muy transformado en el siglo XVIII. En la Edad Media los abades ejercían autoridad señorial y promovieron el crecimiento de la villa dentro de una muralla.
En ese contexto se desarrolló la producción textil. Durante siglos Banyoles trabajó la lana en pequeños talleres domésticos. Los paños conocidos como draps banyolesos circularon por ferias castellanas y mercados catalanes. El sistema era sencillo: casas de planta baja donde se instalaba el telar, con el entresuelo destinado a vivienda. El agua del lago servía para lavar y preparar la lana, y los bosques cercanos aportaban combustible para los tintes.
Cuando la industria textil se concentró en fábricas de mayor tamaño a lo largo de los ríos, Banyoles mantuvo sobre todo funciones comerciales. El mercado semanal y las ferias ganaderas siguieron siendo una referencia comarcal durante mucho tiempo.
El Neolítico al aire libre
A unos dos kilómetros del centro está el parque arqueológico de La Draga, uno de los yacimientos neolíticos más conocidos de la península. Las excavaciones comenzaron a finales del siglo XX y sacaron a la luz postes de roble, herramientas y restos orgánicos conservados gracias a la humedad del terreno.
Parte del asentamiento se ha reconstruido siguiendo las evidencias arqueológicas: cabañas de madera y barro, techos vegetales y plataformas elevadas. No es una recreación libre; intenta mostrar cómo pudo ser una aldea hacia el 5200 a. C. en el mismo lugar donde se encontró.
Durante ciertas jornadas se organizan demostraciones de técnicas prehistóricas —encendido de fuego, molienda de grano, trabajo con piedra— que ayudan a entender cómo se habitaba este paisaje mucho antes de la villa medieval.
Si interesa ir más atrás en el tiempo, las cuevas de Serinyà quedan a pocos kilómetros. En ese conjunto de cavidades se documentan ocupaciones humanas muy antiguas y niveles asociados a neandertales. El recorrido por pasarelas es corto, pero permite ver bien la estratigrafía y cómo se han interpretado los distintos niveles de ocupación.
Fiesta, mercado y tortada
El calendario festivo mantiene tradiciones antiguas mezcladas con celebraciones más recientes. En enero se celebra la feria de Sant Antoni, vinculada históricamente al mundo del caballo. En primavera suele organizarse el Aplec de Santa Quiteria, una jornada popular alrededor del lago donde no faltan las cocas dulces y el moscatel.
La Fiesta Mayor de Sant Martià, en octubre, combina actos religiosos, feria ganadera y actividades culturales repartidas entre el casco antiguo y las plazas más amplias del ensanche.
En las pastelerías locales es fácil encontrar la tortada, un bizcocho de almendra con forma de corona. La receta se asocia tradicionalmente a un convento de clarisas que hubo en la villa, donde se elaboraban dulces sin mantequilla en tiempos de Cuaresma.
Cómo llegar y qué tener en cuenta
Banyoles está a unos 15 minutos en coche de Girona y algo más de una hora de Barcelona por autopista. También hay autobuses que conectan ambas ciudades con el municipio.
El lago tiene varios accesos señalizados y zonas de aparcamiento alrededor del perímetro, aunque en fines de semana y verano conviene llegar pronto. La vuelta a pie no tiene dificultad, pero algunos tramos combinan tierra y roca pulida; un calzado cerrado evita resbalones.
El lago y su entorno están protegidos desde los años setenta como espacio natural. La normativa limita ciertas actividades y pide algo sencillo: no salirse de los senderos señalizados ni llevarse nada del entorno.