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sobre El Palau d'Anglesola
Pueblo dinámico conocido por su fiesta de quesos; iglesia barroca
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A las seis de la tarde, la luz del Pla d'Urgell es tan plana y dorada que parece líquida. Se derrama sobre los campos de alfalfa y sobre el canal que atraviesa El Palau d'Anglesola como un bisturí. Desde el puente de la carretera que cruza el pueblo se ve el agua quieta, el verde intenso y, más allá, las casas bajas con teja roja. El campanario sobresale justo lo necesario para orientar la mirada cuando vienes por los campos.
El Palau d'Anglesola es uno de esos pueblos del Pla d'Urgell que no se entiende sin el agua. Todo lo que hoy se ve —los cultivos, las hileras de árboles, el ritmo del paisaje— empezó a cambiar cuando llegó el canal.
El agua que lo cambió todo
El Canal d'Urgell es la arteria del lugar. No está ahí para adornar: riega, divide parcelas, marca caminos. A su lado crecen chopos que en verano proyectan sombras densas y alargadas; al pasar, el aire se vuelve unos grados más fresco y huele a humedad y a hierba cortada.
Las casas del centro guardan señales de un pasado agrícola bastante próspero. Portales de piedra con las esquinas suavizadas por décadas de uso, balcones de hierro forjado, patios interiores donde todavía se apilan herramientas o sacos de grano. Cal Massot —una casa señorial que suele fecharse en el siglo XVI— conserva en la fachada un escudo bastante desgastado. Hay que fijarse para verlo: la piedra ha perdido definición, como si el tiempo hubiera ido borrando los contornos.
La iglesia parroquial se levantó entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Desde fuera es sobria, casi austera. Dentro, los muros gruesos guardan bien el silencio y el olor a madera y cera aparece sobre todo en invierno, cuando las puertas se abren poco y el frío se queda pegado a las baldosas.
Comer como se come aquí
En El Palau se come sin ceremonias. Menú del día, platos que cambian según la temporada y raciones generosas.
La escudella con pelotas aparece en muchas mesas cuando llega el frío. Las pelotas —mezcla de carne, pan y especias— flotan en el caldo junto a verduras y pasta. Es comida de domingo, de familia reunida y sobremesa larga.
La coca de recapte es otra constante: masa fina, escalivada por encima y, a veces, anchoas o sardina. Se compra entera y se corta en trozos irregulares. El borde suele salir un poco tostado, que es justo lo que la hace buena.
En muchas casas aún se curan embutidos. Butifarra negra, secallona, llonganissa. Cuelgan de vigas o de despensas frescas. Si te ofrecen pan con tomate y un trozo de butifarra, lo normal es sentarse y comer. Aquí ese gesto todavía funciona como bienvenida.
Caminos entre campos y agua
Desde el pueblo salen pistas agrícolas largas y rectas que atraviesan el Pla d'Urgell sin apenas desnivel. Algunas coinciden con variantes locales de caminos históricos que cruzan la comarca, utilizados hoy por ciclistas o caminantes que van enlazando pueblos.
Hacia Ivars d'Urgell el paisaje es muy abierto: maíz en verano, frutales más cerca de los núcleos habitados, acequias que acompañan el camino. El canal se oye antes de verlo, con ese murmullo constante que termina marcando el paso.
Al llegar a la laguna de Ivars —recuperada a principios de los años 2000 tras décadas desecada— el paisaje cambia de golpe. El agua ocupa una depresión amplia y poco profunda, y alrededor crecen carrizos y juncos donde paran muchas aves. Un sendero rodea la laguna; caminarlo entero lleva algo más de una hora si se hace sin prisa.
En época de vendimia, por la zona a veces se organizan pequeñas celebraciones relacionadas con el mosto o la recogida de la uva. No suelen ser eventos pensados para atraer multitudes: más bien encuentros locales que terminan con mesas largas y conversaciones que se alargan hasta que cae la tarde.
Cuándo acercarse
Mayo suele ser buen momento. Los campos están en su punto más verde y el aire todavía no pesa como en pleno verano. Al atardecer el canal huele a vegetación húmeda y las acequias llevan bastante agua.
Los domingos por la mañana suele montarse un pequeño mercadillo. Nada espectacular: puestos sencillos, fruta de temporada, herramientas, ropa. Aun así, es cuando más movimiento hay en las calles.
A finales de junio llega la Fiesta Mayor y el ambiente cambia bastante. Hay atracciones, música y mucha gente que vuelve esos días al pueblo. Si prefieres verlo con calma, conviene venir cualquier otra semana del año, cuando el sonido más constante vuelve a ser el del agua corriendo por el canal.