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sobre Linyola
Pueblo agrícola con una iglesia gótica notable y conocido pesebre viviente
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A media tarde, cuando el sol empieza a bajar, las huertas alrededor de Linyola se vuelven de un verde muy denso. El Canal de Urgell corre despacio junto al camino y apenas hace ruido, solo un chapoteo breve cuando algún pato se aparta hacia la orilla. En una plaza pequeña alguien rompe almendras con los dedos y las cáscaras caen sobre el banco de piedra. El pueblo no levanta la voz. Todo aquí parece ocurrir en tono bajo.
El agua que cambió una llanura
Antes de que llegara el Canal de Urgell, a mediados del siglo XIX, estos campos eran secanos. Linyola era poco más que un grupo de casas alrededor de un castillo que ya estaba medio perdido. El canal cambió el ritmo del lugar. Llegaron los cultivos de regadío y el verde empezó a dominar una llanura que hasta entonces había sido ocre.
En una depresión del terreno que en los mapas aparece como les Basses se formaron varias balsas. Al amanecer suele haber movimiento de aves y algún fotógrafo esperando con el trípode abierto. El paseo que rodea la zona ronda los cuatro kilómetros. Es un recorrido fácil y muy plano. A primera hora se ven chorlitejos y otras aves pequeñas moviéndose rápido entre los bordes del agua.
Un palacio que terminó siendo ayuntamiento
En la calle Major aparece de pronto el antiguo palacio de los barones de Linyola. No es un edificio que busque imponerse. La fachada tiene ese color arena tostada típico de muchas piedras de la plana de Lleida, con vetas oscuras que la lluvia ha ido marcando con los años.
Desde comienzos del siglo XX el edificio funciona como ayuntamiento. Si coincide que está abierto por la mañana, se puede asomar uno al interior. Cuando se abren las contraventanas entra una luz muy blanca y el aire huele a madera vieja, a cera y a papeles guardados mucho tiempo.
La iglesia y su campanario vigilante
El campanario de Santa María se reconoce enseguida. Es ochavado y en la parte alta aparecen cuatro torres cilíndricas pequeñas, casi como si vigilaran la llanura. Esa forma tiene que ver con una función antigua de vigilancia además de la religiosa.
La iglesia actual se levantó entre los siglos XV y XVI sobre una anterior más antigua. Dentro la luz entra baja, filtrada por las ventanas altas. La piedra mantiene siempre una humedad ligera que se nota en el olor. Cuando el aire está muy limpio, desde lo alto del campanario a veces se adivina la silueta lejana de Montserrat en el horizonte.
Días en que el pueblo se reúne en la calle
El último fin de semana de agosto suele celebrarse la fiesta mayor de verano. Durante esos días aparecen sillas en medio de la calle, suenan las bandas y la plaza se llena al caer la noche. Hay partidas de cartas, música y conversaciones largas que se alargan hasta tarde.
En otoño también se organiza una jornada alrededor de la butifarra y la cerveza artesana. El olor a carne a la brasa se queda flotando entre las calles cercanas a la plaza. Si el tiempo se estropea, muchas veces la actividad se traslada a un espacio cubierto del pueblo.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
El otoño suele ser un buen momento para caminar por los caminos agrícolas que rodean Linyola. Los campos todavía están activos y el aire huele a fruta madura y a tierra húmeda. A principios de enero el pueblo celebra su fiesta mayor de invierno. Hace frío en la llanura, pero al mediodía las calles tienen bastante movimiento.
En agosto conviene evitar las horas centrales de la tarde. El sol cae de frente sobre la plana y la sombra escasea. Si te acercas a caminar por los caminos que salen hacia Bellpuig o por los senderos que siguen el canal, lleva agua. Son tramos largos y rectos, con pocos lugares donde parar.
Antes de marcharte, si bajas la ventanilla del coche, probablemente oigas lo mismo que al llegar: el motor lejano de un tractor y el golpe seco de las campanas marcando la hora. En Linyola el paisaje cambia despacio, casi siempre al ritmo del agua que corre por el canal.