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sobre El Molar
Pueblo minero y vinícola con un centro de interpretación sobre la mina l'Eugenia cercano
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¿Sabes cuando llegas a un pueblo y lo primero que oyes no es tráfico sino un tractor arrancando a lo lejos? El Molar tiene un poco de eso. Este pequeño municipio del Priorat, con alrededor de 300 vecinos, se asienta en una ladera desde la que se abre el paisaje hacia el valle del Ebro. Aquí no hay museos modernos ni centros de interpretación llenos de pantallas. Lo que hay es campo: viñedos en terraza, caminos de tierra y casas de piedra que llevan aquí más tiempo del que cualquiera recuerda.
Cómo es el pueblo
Lo que suele sorprender a quien llega por primera vez es lo sencillo que resulta todo. La vida gira alrededor de las fincas, los tractores y las temporadas del campo. No verás escaparates pensados para turistas ni calles llenas de tiendas; lo normal es cruzarte con vecinos que van y vienen de trabajar o que charlan un rato en la puerta de casa.
El casco urbano es compacto, de esos que se recorren sin mapa. Calles estrechas, algunas con pendiente suave, giros que aparecen sin avisar. De vez en cuando se abre algún punto desde el que se ve el paisaje alrededor, y es fácil acabar apoyado en un muro mirando las viñas unos minutos más de lo previsto.
Viñedos y paisaje del Priorat
El paisaje que rodea El Molar es el típico del Priorat: seco, pedregoso y lleno de viñas plantadas en “costers”, esas terrazas que recortan las laderas. No es el tipo de viñedo que parece diseñado para una foto bonita. Más bien transmite la sensación de trabajo constante, de terreno difícil que alguien decidió domar hace siglos.
En otoño el color cambia bastante. Los tonos marrones y cobrizos se mezclan con la tierra oscura y durante unas semanas todo el valle parece más tranquilo, justo después del ajetreo de la vendimia. Al atardecer la luz suele suavizar un poco la dureza del terreno y marca muy bien las líneas de los bancales.
Un paseo por el casco antiguo
La iglesia parroquial de San Juan Bautista ocupa uno de los puntos visibles del pueblo. Ha tenido reformas a lo largo del tiempo, y se nota en los detalles, pero mantiene ese aire sobrio de muchas iglesias rurales de la zona.
Pasear por el centro también sirve para entender cómo se ha vivido aquí durante generaciones: casas bajas, patios pequeños, muros gruesos que ayudan a mantener el fresco en verano. No es un lugar de grandes monumentos; más bien de fijarse en los detalles.
Caminos entre viñas
Alrededor del pueblo todo es tierra trabajada. Caminos estrechos que pasan entre filas de viña, muros de piedra seca que sostienen las terrazas y parcelas donde todavía se ve trabajo manual. Durante la vendimia —normalmente a finales de verano— es habitual encontrarse cuadrillas cortando uva y remolques cargados hasta arriba.
Desde algunos puntos algo más altos se abren vistas amplias del Priorat. No son miradores preparados con barandillas y paneles: a veces basta con un cruce de caminos o un margen de piedra para parar un momento y mirar alrededor.
Senderismo y bici por el Priorat
Hay senderos señalizados que conectan El Molar con otros pueblos de la comarca, como Gratallops o Porrera. Son recorridos rurales bastante expuestos al sol, así que conviene llevar agua y no confiarse con el calor, sobre todo en verano.
La bici también encaja bien en esta zona. Las carreteras secundarias que enlazan pueblos como Bellmunt del Priorat o Poboleda tienen ese perfil típico del Priorat: subes, bajas… y vuelves a subir. No son tramos suaves precisamente, pero el paisaje compensa el esfuerzo.
Vino y comida de pueblo
Aquí el vino no aparece como reclamo turístico moderno. Forma parte del día a día desde hace generaciones. En el propio pueblo se pueden encontrar botellas de la Denominación d’Origen Qualificada Priorat y, si tienes un poco de conversación, alguien suele acabar explicando cómo funcionan esas viñas en pendiente o qué variedades se plantan por la zona, como la garnacha o la cariñena.
En la mesa manda lo que siempre ha habido por aquí: aceite de oliva de la zona, embutidos, cocas saladas con samfaina —ese sofrito de verduras tan mediterráneo— y guisos contundentes que encajan bien con los inviernos del interior.
Las fiestas mayores suelen celebrarse alrededor de San Juan Bautista, a finales de junio. Son días en los que el pueblo se llena un poco más de movimiento: música, bailes y encuentros entre vecinos y gente que vuelve al pueblo esos días.
El Molar no es un sitio para tachar cosas de una lista. Es más bien ese tipo de pueblo donde das un paseo, te sientas un rato a mirar el paisaje y, cuando te das cuenta, llevas más tiempo del que habías planeado. Y en el Priorat eso suele ser buena señal.