Artículo completo
sobre Riells i Viabrea
Municipio disperso a los pies del Montseny; entorno natural boscoso
Ocultar artículo Leer artículo completo
El olor a pinos calentados por el sol de agosto llega antes que el pueblo. Lo notas todavía en la carretera, cuando bajas la ventanilla y entra ese aire seco que huele a resina y a polvo del arcén. Luego aparece el cartel: Riells i Viabrea. Aquí la entrada no tiene nada de solemne. Un par de naves, alguna gasolinera de carretera, coches aparcados a la sombra y el silencio de los lugares donde la gente va y viene sin demasiada ceremonia.
La Plaça de Can Salvà es un rectángulo de piedra donde el ruido se comporta de otra manera. Las conversaciones bajan de volumen casi sin querer, quizá por la presencia de la masía grande que domina la plaza. Tiene muros gruesos, de los que guardan el fresco incluso cuando fuera el termómetro se acerca a los treinta y tantos. A mediodía, las sombras de los plátanos dibujan rombos en el suelo. Es la hora en que algunos vecinos cruzan la plaza con la compra o se paran un momento a hablar, casi siempre mirando hacia la montaña, comentando si el Montseny traerá lluvia o si este año el otoño llegará pronto.
Desde el extremo norte del municipio, donde las últimas casas empiezan a espaciarse, la montaña aparece de golpe. El Montseny ocupa buena parte del término municipal y se nota enseguida: los campos y las parcelas residenciales terminan y, sin transición suave, empiezan los castaños, las encinas y los pinos. Basta meterse unos metros en el bosque para notar el cambio de temperatura. El suelo se vuelve oscuro y húmedo, cubierto de hojas y musgo que amortiguan las pisadas.
El camino que separa Riells y Viabrea
Hay pistas de tierra que ayudan a entender el municipio mejor que cualquier mapa. Una de ellas sale hacia la zona de Can Bosc y atraviesa esa frontera difusa entre Riells del Montseny —más pegado a la montaña— y Viabrea, que se abre hacia la llanura de la Selva.
En la parte de Riells aparecen masías dispersas, algunas muy antiguas, otras rehabilitadas en las últimas décadas. Los nombres suelen empezar por el clásico “Can”: Can Cama, Can Falguera, Can Bruguera. Casas separadas por campos, muros de piedra seca y caminos que suben hacia el bosque.
Al bajar hacia Viabrea el paisaje cambia. El terreno se aplana, aparecen más urbanizaciones y parcelas, y todavía sobreviven algunos olivares que tiñen el paisaje de un verde grisáceo muy particular. No hay cartel que marque el paso de un lado a otro; simplemente lo notas en cómo se ordena el territorio.
En otoño, a primera hora, la diferencia se ve todavía más. La niebla suele quedarse atrapada en la depresión de la Selva mientras la parte más cercana al Montseny queda algo más despejada. Desde ciertos caminos altos se ve esa capa blanca cubriendo la llanura mientras las casas asoman por encima durante un rato corto, hasta que el sol termina deshaciéndola.
Senderos que usan los vecinos
Más allá de las rutas señalizadas del parque natural, por Riells i Viabrea hay muchos caminos pequeños que apenas aparecen en los mapas turísticos. Son senderos que conectaban masías, pasos entre parcelas o atajos hacia el bosque.
Uno de ellos sale cerca del cementerio y se adentra en el pinar durante un buen rato de subida constante. El terreno está cubierto de agujas secas que crujen bajo las botas y desprenden ese olor fuerte a resina que se queda pegado en la ropa. En algún claro aparecen restos de construcciones de piedra relacionadas con antiguos usos del monte; en la zona todavía se recuerdan historias de cuando la nieve y el hielo se aprovechaban en la sierra, aunque muchas de esas estructuras hoy están medio derruidas.
Conviene bajar con cuidado si el suelo está húmedo. El musgo cubre algunas piedras y el camino se estrecha en ciertos tramos, con ramas de castaño formando una especie de túnel verde. Al salir del bosque, ya al atardecer, el pueblo aparece abajo con las primeras luces encendidas y el contraste con la oscuridad del monte se nota mucho más.
Lo que se cuece en las cocinas
En Riells i Viabrea la cocina doméstica sigue teniendo mucho peso. Los domingos, en muchas casas, la mañana empieza temprano con una olla al fuego y el olor a sofrito extendiéndose por la cocina.
Platos como el fricandó siguen apareciendo en la mesa familiar cuando hay tiempo para cocinar despacio. También es habitual que el pescado llegue de la costa cercana —Blanes queda relativamente cerca— y acabe convertido en un suquet casero con patatas, hecho más por costumbre que por seguir una receta estricta.
El pan con tomate se prepara todavía en la mesa, sin demasiadas complicaciones: pan abierto, tomate restregado directamente, aceite y algo de sal. En esta parte de la Selva aún quedan fincas con olivos, así que no es raro que el aceite venga de la zona o de cooperativas cercanas.
Cuándo venir y cuándo irte
Febrero puede hacerse largo aquí. El cielo se queda gris durante días y la niebla tarda en levantarse. Los caminos están embarrados y las botas entran en casa con media montaña pegada a la suela. Aun así, entre los campos empiezan a verse los primeros almendros en flor, pequeños puntos blancos que anuncian que el invierno afloja.
Mayo cambia por completo el paisaje. Los días se alargan y el Montseny se vuelve de un verde muy intenso. Es una buena época para caminar porque todavía no hace el calor pesado del verano y muchas sendas están en su mejor momento.
Los fines de semana largos traen bastante movimiento desde Barcelona y el Vallès. Entre semana, en cambio, el ambiente vuelve a ser tranquilo y los caminos del monte se recorren casi en silencio.
Agosto transforma el municipio durante unas semanas. Llegan más coches, más gente en las segundas residencias y otro ritmo en las calles. Si buscas calma, mejor escoger primavera u otoño y venir un día laborable.
Y al marcharte, merece la pena salir hacia la zona del Montseny si tienes tiempo. La carretera empieza a ganar altura poco a poco y, en uno de esos giros, el pueblo queda abajo por última vez antes de que el bosque lo oculte.