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sobre Campdevànol
Pueblo industrial con gran patrimonio natural; famoso por la ruta de los 7 gorgs
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El agua del Torrent de la Cabana huele a musgo y a piedra mojada. Es una de las imágenes que suele aparecer cuando se habla de turismo en Campdevànol: el sendero entrando en el hayedo, la humedad pegada a las rocas y, de repente, los gorgs encadenándose valle arriba como charcos profundos de color verde oscuro. A primera hora el sol apenas toca el fondo del barranco y el agua, fría como el acero, te deja la piel roja en pocos segundos. No es un baño distraído.
Campdevànol no es un pueblo que se entienda deprisa. Está a pocos kilómetros de Ripoll, pero la sensación es otra cuando el Freser se oye todo el tiempo, ese rumor constante que acompaña incluso cuando caminas por las calles más interiores. Las casas, bajas y de tejado a dos aguas, se agrupan cerca del río mientras las montañas cierran el valle: el Taga hacia el sur, la Serra Cavallera alargando la línea del horizonte. El pueblo vive con esa pared de bosque alrededor.
El olor a hierro y la memoria del agua
En el Molí Gros el agua sigue siendo la protagonista. El edificio, robusto, con muros gruesos y madera oscura en el interior, recuerda hasta qué punto el río marcaba el trabajo diario. Allí se explica la relación entre el agua y el hierro, dos cosas que aquí siempre han ido juntas. Campdevànol formó parte de la red europea de municipios vinculados a la tradición metalúrgica, y ese pasado todavía se percibe en detalles pequeños: nombres de calles, antiguas instalaciones junto al río, piezas de hierro en balcones y fuentes.
Hay una ruta corta por el núcleo urbano que recorre algunos de esos puntos. No llega a los dos kilómetros y suele hacerse en una hora larga si uno se para a leer los paneles o a mirar con calma las acequias y canales que todavía atraviesan el pueblo. Sirve para entender algo sencillo: durante siglos el agua no era paisaje, era energía.
La iglesia que cayó y volvió a levantarse
La parroquia de Sant Cristòfol se ve desde casi cualquier punto del pueblo. La torre, clara y vertical, sobresale entre los tejados y marca el centro del valle. La iglesia actual se levantó a mediados del siglo XX, después de que el edificio anterior se derrumbara tras años complicados y daños estructurales. La reconstrucción mantuvo el volumen y la presencia del templo original.
Dentro todo es sobrio: bancos de madera, luz filtrándose por los ventanales altos y ese olor a cera que tienen muchas iglesias de montaña. Durante buena parte del día el lugar está en silencio.
A poca distancia se encuentra la pinacoteca dedicada a Josep Coll i Bardolet, pintor nacido aquí a principios del siglo XX. Sus cuadros —muchos paisajes— vuelven una y otra vez al Ripollès: inviernos grises, prados apagados, cielos pesados. Vivió muchos años fuera, pero siguió pintando estas montañas.
El trueno de los gorgs y lo que apetece después
La ruta dels 7 Gorgs es el recorrido más conocido de los alrededores. Son varios kilómetros siguiendo el Torrent de la Cabana entre bosque y roca húmeda, con subidas y bajadas constantes. No es un paseo llano. En temporada con más afluencia el acceso suele regularse para evitar que el barranco se llene demasiado, así que conviene mirarlo antes de ir.
Los gorgs están numerados, aunque cada uno acaba teniendo su favorito. Algunos son abiertos y con pequeñas playas de piedra; otros, más encajonados, parecen pozos verdes. El agua rara vez está templada, incluso en verano.
Al volver al pueblo suele apetecer algo sencillo y contundente. En las panaderías es fácil encontrar coca de sucre, fina y crujiente, con azúcar y piñones. También aparecen platos de montaña como el trinxat —col, patata y tocino— o guisos de caza cuando llega el frío. Los quesos que circulan por la zona suelen venir de pequeñas explotaciones del valle o de las montañas cercanas, y tienen ese punto fuerte de la leche cruda.
Cuándo ir y cuándo evitar las horas punta
Mayo y principios de junio suelen ser buenos momentos para caminar por el Torrent de la Cabana: el agua baja con fuerza por el deshielo y el bosque está muy verde. En pleno verano el lugar sigue siendo atractivo, pero los fines de semana se nota mucho más movimiento.
En el calendario local hay celebraciones tradicionales —entre ellas la conocida dansa de la Gala— que llenan las calles durante un par de días. El ambiente es animado, aunque también cambia el ritmo del pueblo.
Entre el puente antiguo y el más reciente, el Freser pasa rápido y con ruido constante. Al atardecer, cuando baja la luz y se apagan los coches de la carretera cercana, lo que queda es ese sonido del agua golpeando la piedra. En Campdevànol muchas veces el paisaje empieza ahí. Y se queda.