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sobre Molló
Pueblo de montaña en el Valle de Camprodon; destaca su iglesia románica y el Molló Parc
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A más de 1.180 metros de altitud, entre valles pirenaicos y bosques de hayedos centenarios, Molló emerge como uno de esos rincones del Ripollès donde el tiempo parece haberse detenido. Este pequeño municipio de apenas 376 habitantes se extiende por la vertiente sur del Puigmal, guardando celosamente la esencia de la alta montaña catalana. Sus masías de piedra dispersas por el territorio y sus prados verdes salpicados de ganado componen una estampa que bien podría ilustrar un libro sobre la vida tradicional pirenaica.
El término municipal de Molló abarca diversos núcleos y masías diseminadas por un paisaje de notable belleza natural, donde las cumbres pirenaicas dibujan un horizonte imponente. La proximidad con la frontera francesa y su situación estratégica en pleno Pirineo Oriental han marcado su historia y carácter. Aquí, la tranquilidad no es una promesa turística, sino una realidad palpable en cada camino rural y en cada conversación con los lugareños.
Para quienes buscan desconexión auténtica, lejos de aglomeraciones y ruidos urbanos, Molló ofrece ese contacto genuino con la montaña que cada vez resulta más difícil de encontrar. Es un destino para perderse en la naturaleza, respirar aire puro y descubrir el legado de siglos de vida en las alturas.
Qué ver en Molló
La iglesia parroquial de Sant Cebrià constituye el principal elemento patrimonial del municipio. Este templo de origen románico, aunque reformado a lo largo de los siglos, conserva elementos arquitectónicos que testimonian su larga historia. Su campanario se alza como referencia visual en el paisaje disperso de Molló, y su interior guarda ese ambiente recogido característico de las iglesias de montaña.
El verdadero protagonista de Molló es, sin embargo, su entorno natural. Los hayedos que rodean el municipio ofrecen uno de los espectáculos cromáticos más hermosos del Pirineo, especialmente en otoño cuando las hojas adquieren tonalidades doradas y ocres. Estos bosques, bien conservados y accesibles mediante diversas rutas, albergan una rica biodiversidad y proporcionan sombra fresca en verano.
Las masías tradicionales dispersas por el territorio son auténticas joyas etnográficas. Con sus construcciones de piedra, tejados de pizarra y balconadas de madera, representan la arquitectura adaptada al clima pirenaico. Aunque muchas son privadas, pueden admirarse desde los caminos y senderos que atraviesan el municipio.
Desde varios puntos de Molló se obtienen magníficas vistas hacia el macizo del Puigmal y los picos circundantes. En días despejados, la panorámica abarca buena parte del Pirineo catalán y permite comprender la magnitud del paisaje montañoso que rodea la población.
Qué hacer
El senderismo constituye la actividad estrella en Molló. La red de caminos y senderos permite diseñar rutas de diferente dificultad y duración, desde paseos suaves por el valle hasta ascensiones más exigentes hacia las cumbres cercanas. Los itinerarios que discurren por los hayedos resultan especialmente recomendables, con rutas señalizadas que permiten adentrarse en estos ecosistemas forestales.
Para los más preparados, desde Molló pueden iniciarse rutas hacia el Puigmal, una de las montañas más emblemáticas del Pirineo Oriental. Aunque la ascensión requiere buena forma física y experiencia montañera, las vistas desde las alturas compensan el esfuerzo.
La observación de fauna es otra actividad interesante en la zona. Los bosques y prados albergan diversas especies, y con paciencia y discreción es posible avistar aves rapaces, corzos y otros animales propios del hábitat pirenaico.
En cuanto a gastronomía, la cocina local se basa en productos de montaña: carnes de ganado criado en la zona, embutidos artesanales, setas en temporada y platos de cuchara reconfortantes para el clima de altura. Los establecimientos de la zona suelen trabajar con productores locales, ofreciendo una experiencia gastronómica auténtica.
Fiestas y tradiciones
La fiesta mayor de Molló se celebra en torno al 18 de septiembre, festividad de Sant Cebrià, patrón del municipio. Durante estos días, el pueblo cobra vida especial con actividades tradicionales, actos religiosos y encuentros que reúnen tanto a residentes como a antiguos habitantes que regresan para la ocasión.
En invierno, coincidiendo con el ciclo navideño, se mantienen algunas tradiciones propias de la zona del Ripollès, aunque con la discreción característica de un núcleo pequeño donde las celebraciones suelen tener un carácter más familiar e íntimo.
Información práctica
Cómo llegar: Desde Girona (a unos 120 kilómetros), se accede por la N-260 dirección Camprodon y posteriormente por carreteras comarcales que suben hacia el valle. El trayecto dura aproximadamente dos horas. Desde Barcelona, son unos 150 kilómetros que requieren unas dos horas y media de conducción. Es importante consultar el estado de las carreteras en invierno, cuando pueden verse afectadas por nieve o hielo.
Mejor época: El otoño (septiembre-noviembre) ofrece los paisajes más espectaculares por los colores del bosque y temperaturas agradables para caminar. La primavera (mayo-junio) muestra el valle en su máximo verdor. El verano es ideal para escapar del calor, con temperaturas suaves en altura. El invierno requiere precauciones por nieve, pero ofrece paisajes de gran belleza para quienes disfrutan del ambiente invernal de montaña.
Consejos: Lleva calzado apropiado para caminar, ropa de abrigo incluso en verano (la altitud refresca las noches) y provisiones, ya que los servicios son limitados. Respeta las propiedades privadas y sigue las normas de los espacios naturales.